Quince de agosto de 1965: Dos grandes aludes, separados por apenas ocho horas, golpearon la Alta Montaña mendocina.
FOTO DE PORTADA: EL DESPLIEGUE DURANTE EL RESCATE Y RECUPERO DE VÍCTIMAS EN LAS CUEVAS EL 16 DE AGOSTO DE 1965 (Crédito Mendoza Antigua – Restaurada por AOL)
El primero destruyó el histórico Hotel Termal de Puente del Inca. El segundo arrasó el barrio ferroviario de Las Cuevas y dejó familias enteras sepultadas bajo la nieve. Una tragedia que todavía permanece en la memoria de la cordillera.
Durante más de una semana, la nieve había caído prácticamente sin interrupción sobre la cordillera mendocina.
En las localidades de la Alta Montaña, acostumbradas al invierno y a las condiciones extremas, aquella sucesión de nevadas comenzaba a generar preocupación. Había enormes acumulaciones sobre las laderas y los desprendimientos menores se sucedían en distintos puntos de la cordillera.
Pero nadie podía imaginar todavía la dimensión de lo que estaba a punto de ocurrir.
El domingo 15 de agosto, en apenas unas horas, dos enormes masas de nieve, hielo, piedras y escombros descendieron sobre Puente del Inca y Las Cuevas, dos localidades vinculadas estrechamente con el Ferrocarril Trasandino y con la vida de la frontera argentino-chilena.
La primera avalancha cayó durante la tarde sobre Puente del Inca. La segunda, ya entrada la noche, se precipitó sobre Las Cuevas. Entre ambas destruyeron edificios, viviendas, instalaciones ferroviarias y, sobre todo, vidas humanas. La tragedia se convirtió en una de las mayores catástrofes provocadas por aludes en la historia de la Alta Montaña mendocina.

Una cordillera atravesada por el ferrocarril
Para comprender la dimensión de aquella tragedia hay que retroceder varias décadas.
A comienzos del siglo XX, la cordillera de Mendoza era atravesada por una de las grandes obras de ingeniería de su tiempo: el Ferrocarril Trasandino, que comunicaba Mendoza con Chile a través de la cordillera.
Las vías llegaron a Las Cuevas en 1903 y el recorrido internacional fue inaugurado oficialmente en 1910. El ferrocarril convirtió a las pequeñas poblaciones cordilleranas en puntos estratégicos de una ruta internacional que comunicaba ambos países.
Las Cuevas, situada a unos 3.500 metros de altitud, era esencialmente una población ferroviaria. Allí vivían trabajadores del ferrocarril y sus familias, en un ambiente donde la nieve, los fuertes vientos y los desprendimientos formaban parte de la vida cotidiana.
Puente del Inca, algunos kilómetros más abajo, tenía una personalidad diferente. La espectacular formación natural sobre el río Las Cuevas había convertido al lugar en un destino turístico desde mucho antes. A su lado se desarrolló un complejo termal que alcanzó gran fama durante la primera mitad del siglo XX.
El hotel, construido y ampliado durante las primeras décadas del siglo, llegó a disponer de unas 70 habitaciones y capacidad para aproximadamente 140 huéspedes. Su comedor podía recibir hasta 500 personas y un sistema de túneles comunicaba las habitaciones con los baños termales.
Era un lugar singular: lujo, aguas termales y alta montaña en uno de los ambientes más extremos de los Andes. Y sería precisamente aquel hotel el primero en recibir el impacto de la tragedia.

La montaña comenzó a moverse
Los primeros días de agosto habían sido extraordinariamente nivosos. La nieve se acumulaba sobre las laderas mientras los habitantes de la cordillera observaban con creciente preocupación las condiciones del terreno. Según las reconstrucciones posteriores, durante aquella semana se produjeron numerosos desprendimientos menores.
La situación era particularmente peligrosa porque la nieve nueva se había acumulado sobre capas anteriores, creando condiciones inestables. Décadas después, las explicaciones sobre el origen de los aludes también fueron objeto de discusión.
Una crónica publicada por la revista Primera Plana pocos días después de la tragedia recogía las opiniones de especialistas que analizaban dos posibilidades: por un lado, la enorme cantidad de nieve acumulada; por otro, la eventual influencia de movimientos de roca asociados al fuerte sismo ocurrido en la cordillera el 28 de marzo de 1965. El ingeniero Juan Barbera, de Vialidad Nacional, se inclinaba por una explicación mucho más directa: demasiada nieve sobre las laderas.
La montaña estaba cargada. Solo faltaba el desencadenante.

14:00 horas: Puente del Inca
La tarde del domingo 15 de agosto comenzó a escribirse la tragedia. Aproximadamente a las 14:00, una gigantesca masa de nieve se desprendió de las laderas del cerro Banderita Sur. El alud descendió violentamente hacia el valle. Su trayectoria coincidió prácticamente con el lugar donde se encontraba el Hotel Termal de Puente del Inca.
El edificio, que durante décadas había recibido turistas, viajeros, personalidades y montañistas, quedó directamente en el camino de la avalancha. La fuerza fue suficiente para destruir una parte considerable del complejo.
El comedor, el bar, las oficinas administrativas y sectores de las habitaciones quedaron arrasados. Una crónica de La Nación publicada al día siguiente describía la violencia del fenómeno y señalaba que el alud había destruido sectores esenciales del hotel. La nieve y los escombros penetraron en las instalaciones y arrastraron estructuras enteras. El magnífico hotel que había simbolizado durante décadas el esplendor turístico de Puente del Inca dejó de existir.
Hoy solamente sobreviven las ruinas de los antiguos baños termales, protegidas como parte del patrimonio natural e histórico del lugar. El Gobierno de Mendoza señala que el hotel funcionó hasta el día mismo del alud y que sus restos forman parte del Monumento Natural Puente del Inca.
Una capilla en el camino de la avalancha
Pero en medio de aquella destrucción ocurrió algo que durante décadas sería recordado como un verdadero milagro. A pocos metros del hotel se encontraba la capilla de Nuestra Señora de las Nieves, inaugurada en 1929.
El alud pasó prácticamente por encima del templo. Sin embargo, la pequeña construcción de piedra resistió. La masa de nieve y escombros dañó algunos vidrios, abrió las puertas y produjo daños en parte del techo y de la cruz, pero la estructura principal quedó en pie.
La Biblioteca Nacional Digital de Chile conserva una fotografía histórica del lugar y registra expresamente que el alud del 15 de agosto de 1965 no pudo destruir la pequeña capilla. El propio Gobierno de Mendoza documenta que el desprendimiento pasó sobre la capilla y que los daños se limitaron principalmente al techo y los vidrios.
La montaña había destruido prácticamente todo lo que encontraba a su paso, pero había dejado intacto aquel pequeño edificio.

Las primeras víctimas
El primer alud produjo varias víctimas. Las cifras difieren según las fuentes y según el momento en que fueron elaboradas las listas de muertos y desaparecidos.
Una reconstrucción publicada por Los Andes señala que tres personas murieron en el primer episodio: un empleado del hotel y dos soldados del Ejército que habían llegado al lugar en busca de provisiones.
La información disponible en los días inmediatamente posteriores era, sin embargo, mucho más incierta. El temporal impedía establecer rápidamente cuántas personas habían quedado sepultadas.
Y mientras en Puente del Inca todavía se intentaba comprender la magnitud de la catástrofe, unos kilómetros más al oeste la situación comenzaba a transformarse en una tragedia todavía mayor.
22:10 horas: Las Cuevas
Habían pasado unas ocho horas. En Las Cuevas, la vida cotidiana continuaba dentro de las viviendas del barrio ferroviario. Era de noche. Muchas familias estaban cenando o preparándose para dormir. Las luces estaban encendidas. Entonces, alrededor de las 22:10, la montaña volvió a moverse.
Esta vez el desprendimiento se originó en el cerro Santa Elena. Y el objetivo de la enorme masa de nieve fue directamente la población. El alud descendió hacia Las Cuevas y golpeó el sector donde se encontraban las viviendas ferroviarias.
Las casas fueron literalmente sepultadas. Familias enteras quedaron atrapadas bajo varios metros de nieve. La violencia del fenómeno fue tal que en algunos sectores desaparecieron completamente las construcciones. Las Cuevas dejó de ser, en pocos minutos, una pequeña villa ferroviaria para convertirse en un gigantesco campo de rescate.
«Primero se apagaron las luces»
Uno de los testimonios más conmovedores de aquella noche fue el de Zulema Arias. Años después, la reconstrucción de la tragedia recuperó el relato que había publicado Los Andes apenas unos días después.
Arias se encontraba en su casa junto a su pequeña hija Angélica María. El alud llegó sin que los habitantes tuvieran tiempo suficiente para reaccionar. La mujer relató que no escucharon un ruido previo. Primero se apagaron las luces. Después llegó el golpe. Madre e hija quedaron atrapadas bajo la nieve.
Zulema permaneció aproximadamente 16 horas sepultada, sosteniendo a su hija en medio de la oscuridad y el frío. Dos perros de la familia, Troy y Terry, quedaron también atrapados y contribuyeron con su calor corporal a mantener con vida a ambas. Fue una de las historias de supervivencia que quedaron asociadas para siempre con aquella noche. Pero no todos tuvieron la misma suerte.

Familias enteras desaparecieron
El alud golpeó con especial violencia al barrio ferroviario. Los trabajadores del ferrocarril y sus familias vivían en construcciones próximas entre sí, y varias viviendas fueron sepultadas completamente.
La tragedia alcanzó a familias enteras. La familia Orrego, por ejemplo, desapareció prácticamente por completo. Según los testimonios recopilados posteriormente, solamente sobrevivió una hija de 15 años que se encontraba en Mendoza por un tratamiento odontológico.
En otro de los episodios que quedaron grabados en la memoria de los rescatistas, fue encontrado el cuerpo de un niño que todavía sostenía en una de sus manos el lápiz con el que estaba haciendo sus tareas escolares cuando la avalancha sepultó la vivienda.
Son detalles que permiten comprender la dimensión humana de la tragedia mucho más allá de las estadísticas. No eran simplemente «víctimas de un alud». Eran familias que hasta minutos antes estaban cenando, estudiando, conversando o preparándose para dormir.
Una noche sin comunicaciones
El rescate fue extraordinariamente complicado. La propia cordillera se encargaba de aislar a quienes intentaban llegar hasta los sobrevivientes. La tormenta continuaba. La nieve acumulada dificultaba los desplazamientos. Y numerosos desprendimientos secundarios afectaban las vías del Ferrocarril Trasandino.
Según una reconstrucción histórica, más de un centenar de pequeños desprendimientos se produjeron en la zona, dificultando el desplazamiento de los trenes de auxilio. Los primeros rescates fueron realizados por los propios sobrevivientes, vecinos y soldados de las unidades de montaña.
Con palas, herramientas improvisadas y sus propias manos comenzaron a buscar personas bajo la nieve. Cada grito podía significar que todavía había alguien con vida. Pero cada hora que pasaba reducía las posibilidades de encontrar sobrevivientes.
Los efectivos militares que se encontraban en la zona tuvieron un papel fundamental durante las tareas de rescate.
En aquella época la unidad de montaña era conocida como Compañía de Esquiadores de Alta Montaña; décadas después pasaría a ser la actual Compañía de Cazadores de Montaña 8 «Teniente 1.º Francisco Ibáñez».
Los soldados conocían el terreno, estaban preparados para desplazarse sobre nieve y contaban con experiencia en condiciones de alta montaña. Pero aquella situación superaba cualquier entrenamiento. Había viviendas enteras bajo toneladas de nieve. Las comunicaciones estaban interrumpidas. El temporal impedía utilizar normalmente los medios aéreos. Y cada nuevo desprendimiento podía convertir a los rescatistas en víctimas.

El rescate desde el aire
Cuando las condiciones meteorológicas comenzaron a mejorar, los helicópteros se transformaron en una herramienta fundamental.
Un despacho publicado por Le Monde el 20 de agosto de 1965, basado en información de AFP y Reuters, señalaba que dos helicópteros realizaban vuelos entre Polvaredas y Las Cuevas para llevar ayuda y evacuar heridos.
La misma información describía una situación todavía caótica: la vía ferroviaria hacia Santiago de Chile permanecía cortada y varios puentes habían sufrido daños. La cordillera continuaba aislada. La nieve no solo había sepultado casas. Había cortado las comunicaciones de toda una región.
¿Cuántos murieron?
Aquí aparece uno de los aspectos más interesantes de la investigación histórica. No existe una única cifra que todas las fuentes acepten. Las primeras informaciones publicadas durante los días posteriores hablaban de decenas de muertos y desaparecidos, pero las listas cambiaban a medida que avanzaban las tareas de rescate y se podían identificar los cuerpos.
El 19 de agosto, por ejemplo, Le Monde informaba oficialmente 24 muertos y 18 desaparecidos: 21 muertos en Las Cuevas y tres en Puente del Inca. La mayoría de las víctimas pertenecía al personal ferroviario. Sin embargo, las reconstrucciones posteriores realizadas en Mendoza sitúan el saldo final en torno a 40 muertos, con cifras diferentes según la fuente y el criterio utilizado.
Incluso documentos vinculados con la historia del Ferrocarril Trasandino presentan cifras distintas: una fuente ferroviaria menciona siete muertos en Puente del Inca y 31 en Las Cuevas, lo que llevaría el total a 38.
La explicación más probable es que durante los primeros días existió una gran cantidad de desaparecidos y que algunos cuerpos fueron encontrados mucho tiempo después, cuando la nieve comenzó a derretirse.
Por eso, para una reconstrucción histórica responsable, resulta más apropiado hablar de alrededor de 40 víctimas fatales y numerosos desaparecidos, dejando constancia de que las cifras históricas no son uniformes.

La búsqueda continuó durante días
La tragedia no terminó aquella noche. Las tareas de rescate continuaron durante jornadas enteras. Algunos cuerpos fueron encontrados mucho tiempo después, cuando las condiciones comenzaron a mejorar y la nieve empezó a ceder. La montaña había almacenado bajo su manto una parte de la historia de aquella comunidad.
El aislamiento también dificultaba la identificación de los desaparecidos y la reconstrucción exacta de lo ocurrido. Mientras tanto, en la zona ferroviaria continuaban los trabajos para despejar las vías. El Ferrocarril Trasandino había sido una de las grandes razones por las que aquellas poblaciones existían. Ahora sus propias instalaciones habían quedado seriamente afectadas.
Una pregunta que quedó flotando
Una vez superada la emergencia inicial apareció una pregunta inevitable: ¿Por qué habían ocurrido aquellos aludes? La enorme acumulación de nieve parecía la explicación más evidente. Pero los especialistas también analizaron otros factores.
La cordillera había sufrido un importante terremoto meses antes, el 28 de marzo de 1965, y algunos conocedores de la zona habían planteado que los movimientos de rocas producidos por aquel fenómeno podían haber contribuido a desestabilizar las laderas.
No todos coincidían. Los técnicos de Vialidad Nacional apuntaban principalmente a la extraordinaria cantidad de nieve acumulada. La discusión tenía además una consecuencia práctica inmediata. Si las condiciones se repetían, ¿podrían producirse nuevos aludes? La respuesta era inquietante. La nieve seguía allí.
El final de una época
El alud de Puente del Inca no solamente destruyó un edificio. Terminó con una época. El Hotel Termal había sido durante décadas uno de los establecimientos más singulares de los Andes. Había recibido turistas de distintas partes del mundo, personalidades, viajeros que atravesaban la cordillera y montañistas atraídos por el paisaje y las aguas termales.
Su desaparición dejó un vacío imposible de llenar. Nunca volvió a construirse. Las ruinas permanecieron como testimonio de aquella jornada. Los antiguos baños termales, con sus paredes cubiertas por las características incrustaciones minerales de las aguas, son hoy prácticamente todo lo que queda del antiguo complejo.
En 2005 el área fue incorporada al sistema provincial de áreas naturales protegidas como Monumento Natural Puente del Inca, y posteriormente se restringió el acceso directo al sector para preservar tanto la geoforma como las estructuras históricas.

La capilla que sobrevivió
Pero si existe una imagen capaz de resumir toda la historia del 15 de agosto de 1965, probablemente sea la de la pequeña capilla de Nuestra Señora de las Nieves. El hotel desapareció. Las instalaciones quedaron destruidas. La nieve y las piedras arrasaron el lugar. Pero la capilla quedó en pie.
La fotografía conservada por la Biblioteca Nacional Digital de Chile muestra precisamente esa escena: el antiguo hotel y, delante, el pequeño templo que sobrevivió al alud. Hoy, cuando se observa el lugar, resulta difícil imaginar el aspecto que tenía antes de 1965. Las ruinas del hotel parecen formar parte del paisaje. La capilla permanece. Y la montaña continúa dominándolo todo.

Las Cuevas, sesenta años después
Las Cuevas tampoco volvió a ser exactamente la misma. La localidad, que había llegado a tener una importante población vinculada al ferrocarril, sufrió un fuerte proceso de abandono después de la tragedia y de la posterior transformación de las comunicaciones entre Argentina y Chile.
La construcción del túnel internacional carretero, inaugurado décadas después, modificó definitivamente la relación de la zona con el antiguo sistema ferroviario. Las vías que durante décadas habían llevado personas, mercancías y trabajadores a través de la cordillera dejaron de tener la importancia que habían tenido durante la primera mitad del siglo XX.
Las Cuevas quedó como un pequeño asentamiento de montaña, en el extremo occidental de la provincia de Mendoza. Pero debajo de aquella aparente tranquilidad permanece una historia que muy pocos visitantes conocen.
Una montaña que no olvida
El 15 de agosto de 1965 no fue simplemente el día en que un alud destruyó un hotel. Fue el día en que dos avalanchas transformaron para siempre dos comunidades de la cordillera mendocina. A las dos de la tarde, Puente del Inca recibió el primer golpe.
Ocho horas después, Las Cuevas recibió el segundo. En medio quedaron trabajadores ferroviarios, soldados, empleados, mujeres, hombres y niños. Algunos sobrevivieron contra toda posibilidad. Otros quedaron para siempre bajo la nieve.
Y otros fueron encontrados mucho tiempo después. Hoy, más de seis décadas después, las ruinas del Hotel Termal continúan allí. La capilla continúa allí. El viejo paisaje ferroviario permanece en algunos sectores. Y los cerros Banderita Sur y Santa Elena siguen elevándose sobre el valle, aparentemente indiferentes al paso del tiempo.
Pero para quienes conocen la historia, aquella montaña ya no es solamente un paisaje. Es también un monumento natural a quienes perdieron la vida en una noche de agosto de 1965. Una noche en la que la cordillera recordó, de la manera más brutal, que en la Alta Montaña el ser humano puede construir caminos, pueblos, hoteles y estaciones. Pero nunca puede dejar de convivir con la montaña.
Bibliografía
- Biblioteca Nacional Digital de Chile, registro histórico y fotografía del Hotel y capilla de Puente del Inca.
- Gobierno de Mendoza, documentación del Plan de Manejo del Monumento Natural Puente del Inca.
- Gobierno de Mendoza, documentación patrimonial y estado de las ruinas del antiguo hotel.
- La Nación, crónica histórica sobre el Hotel Termal y el alud de 1965.
- Los Andes, reconstrucción histórica a 60 años de los aludes.
- Revista Primera Plana, 24 de agosto de 1965, reconstrucción contemporánea de la tragedia y análisis de sus posibles causas.
- Le Monde, 20 de agosto de 1965, despacho de AFP/Reuters sobre muertos, desaparecidos y operaciones de rescate.
- Centro Cultural Argentino de Montaña, recopilación de testimonios y documentación histórica sobre Puente del Inca y Las Cuevas.
- Documentación histórica del Ferrocarril Trasandino.

