Las conclusiones de una misión que ya ha entrado en la historia de los grandes logros de la Agencia Espacial
Se llegó a esta misión con muchísima incertidumbre. Los retrasos provocados por el cohete SLS, que llevó un mes antes del lanzamiento a retornar al edificio de ensamblaje, plantearon algunos interrogantes, en general para el público, para la gente. Para los expertos estaba todo bastante claro.
No obstante, estábamos retornando a la Luna cincuenta y cuatro años después. Quienes recordamos aquellos tiempos, por ejemplo, quien escribe, que por entonces tenía no más de diez años, esos recuerdos eran, en un principio, muy tibios. Con el tiempo, el hecho de interesarme en estas cuestiones espaciales, me llevaron a profundizar un poco en estos temas -tiempo para ello hubo- que me permitieron comprender la relevancia e importancia de lo que estaba por suceder ahora, en 2026, cincuenta y tres años y cuatro meses después de aquel día en que Eugene Cernan y Harrison Schmitt, pisaran por última vez la superficie de nuestro satélite, el 13 de diciembre de 1972, como tripulantes del Apollo 17.
En definitiva, luego de 54 años, estábamos volviendo a la Luna, repitiendo casi con exactitud, la misión Apollo 10, que cumpliera con un objetivo similar al de Artemis II, tres meses antes de la histórica Apollo 11. Pero muchas cosas habían cambiado, y más allá de los avances tecnológicos que entran en primera escena, como es de imaginarse, otros elementos empezaron a jugar su papel en este retorno.

La humanidad, lógicamente, era otra. Esa misma tecnología influyó en esa humanidad, que pudo seguir cada avance de la misión, prácticamente como si estuviésemos dentro de la misma cápsula Orion. Y eso es fuertísimo, lo pudimos comprobar, y lo estamos comprobando día a día, con lo que vivimos durante esos diez días entre el 1 y el 10 de Abril. Las redes sociales viajaron a la Luna, la circundaron, y salvo muy pocas excepciones, estimo yo, se maravillaron con lo que vieron.
Y en ese océano de redes sociales, pudimos ver de todo. Cada perfil nos mostró su conocimiento del hecho de distintas formas. Los que lo habían vivido en los tiempos de Apollo, lo hacían con añoranza y asombro ante lo que estaban viendo. Entre los que no lo vivieron por entonces, en su mayoría asombro, e incredulidad en muchos casos, siguiendo aquella escuela de escepticismo, que siempre está presente en cada hecho de la vida cotidiana, no solo en los viajes a la Luna, que llega al punto de dudar de la mismísima redondez del planeta, y tantas cosas más.
Una pregunta que me cansé de escuchar en todos los medios, tanto nacionales como de todo el mundo, fue la clásica, porqué se tardó cincuenta años en volver a la Luna. Vamos esto entonces, repitiéndonos a nosotros mismos esa pregunta.
¿Porqué se tardó cincuenta años en volver a la Luna?
Y esa pregunta tiene un trasfondo muy amplio, trataremos de resumir la respuesta, en tres palabras, la mayor simplicidad posible: Por cuestiones políticas.
La Luna empezó a perder interés en el mismo momento en que Neil Armstrong y Buzz Aldrin, pusieron un pie en su superficie, aquel lejano 20 de Julio de 1969. El objetivo del gran sueño del Presidente Kennedy, estaba cumplido totalmente. Luego, las misiones que siguieron, hasta el Apollo 17, fueron prácticamente por inercia. Inclusive, todo estaba planificado para llegar hasta el Apollo 20, pero por aquel entonces, los objetivos fueron más terrenales. Por ejemplo, una guerra que se llevó adelante en Vietnam, subió al escenario. El costoso programa Apollo se fue apagando definitivamente.
Y luego surgió el programa de los transbordadores, que conocimos como Taxi Espacial, ese enorme programa que tuvo 135 misiones, con cinco orbitadores, el Columbia, Challenger, Discovery, Atlantis y Endeavour. Que se cargó a dos de ellos, el Columbia y Challenger, en tragedias por demás conocidas, y catorce vidas humanas, entre 1981 y 2011.

Luego, un vacío de grandes misiones tripuladas más allá de la estación espacial, aunque con un conjunto asombroso y admirable de otras misiones no tripuladas, que han llevado, por ejemplo hoy en día, a tener una nave terrestre a una distancia de un día luz, veinticinco mil millones de kilómetros, un número muy difícil de dimensionar. La Voyager 1 es esa maravilla creada por la NASA y lanzada solos unos años después del proyecto Apollo.
Pero hablamos de cuestiones políticas, y no fue ni más ni menos que eso, la razón del no regreso. El alto costo de estos tipos de misiones, que no conjugaron correctamente con los distintos perfiles de gobiernos que tuvo la administración de los Estados Unidos, que, al haberse cumplido el objetivo, el de llegar primero, y haber concluido satisfactoriamente la carrera espacial, todo fue perdiendo interés.
Pero el hecho de los distintos perfiles de los gobiernos, es quizás el factor preponderante. Uno venía, y hacía; el otro lo sucedía, y deshacía. Como suele suceder en todos los países democráticos y en todos los órdenes. Aquí potenciado por el alto costo del proyecto espacial.
Pero en los últimos años, más alla de esas idas y vueltas de las administraciones, fueron apareciendo otros intereses. Se empezó en la última década a hablar más de Marte, previo paso por la Luna, ya que ésta, constituye un disparador esencial para encarar un proyecto de mucha mayor magnitud al planeta vecino.
Entonces, con el advenimiento de mayor oferta privada para el desarrollo espacial, las cuestiones se fueron encarrilando. Fue necesaria decisión también, para el desarrollo de esta nueva etapa, decisión que suele se muy compleja de mantener en el tiempo. Es como si ahora, los «planetas» se estuviesen «alineando» para arrancar con un nuevo proyecto lunar.
El programa Artemis
El programa Artemis de la NASA surgió oficialmente en 2017, con el objetivo de devolver humanos a la Luna, incluyendo a la primera mujer y a la primera persona de color, bajo la primera presidencia de Donald Trump. La primera misión, Artemis I, se lanzó con éxito el 16 de noviembre de 2022, marcando el inicio de la exploración lunar sostenible y la futura presencia humana en el satélite.
O sea, aquí podemos ver que se conjuga nuevamente decisión política, de allí que el objetivo del presidente Donald Trump sea poner un pie nuevamente en la Luna en 2028, necesariamente, y casi como objetivo primordial, antes del final de su segunda, y última presidencia, para luego, desarrollar una presencia humana permanente en el satélite.
Todos estos fueron los antecedentes de esta misión Artemis II que acabamos de vivir. Ahora, veamos que nos ha dejado precisamente esta misión.
La misión más exitosa de la NASA en más de cincuenta años
Esto lo decimos sin miedo a equivocarnos. Si bien es algo prematuro sacar conclusiones, de hecho, las conclusiones más profundas las sacará la propia agencia, no un simple escritor, podemos decir que en lo visto durante los últimos cincuenta años, hay muy poco que se le acerque, por distintos motivos, que vamos a tratar de sacar a la luz.
Primero, me viene el recuerdo de las misiones Apollo, que llevó a doce hombres a la superficie lunar, dejando detrás un tendal de tres astronautas fallecidos, y tres, que volvieron a casa solo por obra y gracia de la alta capacidad del personal de la NASA, y las inquebrantables leyes de la física.
En el primero de los casos, los astronautas del Apollo 1, Virgil Ivan «Gus» Grissom, Edward Higgins White II, y Roger Bruce Chaffee, fallecieron el 27 de enero de 1967, dos años y medio antes del Apollo 11, sin siquiera haber abandonado la plataforma de lanzamiento, cuando unos días antes del lanzamiento, durante una prueba, un incendio en la cabina acabó con la vida de los tres tripulantes.

El segundo caso, fue el del Apollo 13, que un desperfecto en el módulo de servicio, cuando ya había cumplido más de la mitad del trayecto hacia la Luna, los dejó a los tres astronautas, Jim Lovell, Fred Haise, y Jack Swigert, a merced del módulo lunar como cápsula de supervivencia, y gracias a las mencionadas leyes de la física, pudieron volver a casa -no sin antes un sinfín de obstáculos salvados- en lo que se denomina «trayectoria de retorno libre». Aquí no hubo milagros, solo física. Recuerden, es el espacio, allí no hay lugar para milagros, como lo dice el actor Matt Damon en la película «The Martian», el espacio nunca coopera.
Si vamos a los números fríos, tanto el proyecto Apollo, como el proyecto de los Transbordadores, ofrecían de manera similar un coeficiente de probabilidad de pérdida de tripulación de 1:10, o sea, dicho en «criollo nativo», de diez viajes, en uno era muy probable de perder a toda la tripulación. De hecho, en ambos proyectos, esto sucedió; en el del transbordador, de forma concluyente.
Se llegó a este proyecto Artemis con un coeficiente de 1:30, lo cual nos dejaba mucho más tranquilos. Muchos factores lógicamente, influyen para que este proyecto llegue a esas cifras, el avance tecnológico, claramente, juega un papel fundamental.
Lo cierto es que después de la prueba realizada alla por el 21 de febrero, se detectó una interrupción del flujo de helio en la etapa de propulsión criogénica provisional del SLS. Eso hizo llevar la nave al edificio de ensamblaje, porque no podía repararse desde la plataforma de lanzamiento. Todas estas pruebas, idas y vueltas, hablan simplemente del compromiso de la Agencia con este proyecto, y la seriedad.
Inclusive, cuando se detectó en el escudo protector de la nave Artemis I, algunos daños inesperados, y que podrían afectar a la cápsula Orion, que ya estaba ensamblada con el mismo escudo. Se procedió, no a cambiarlo, porque eso ya no era posible, sino a modificar la trayectora de reingreso, para que no sufra los mismos efectos que en la primera de las misiones. Y esto funcionó tal lo planeado.
En síntesis, absolutamente todo funcionó tal lo planeado en Artemis II. Como se dije en la jerga y, nunca mejor aplicado para este caso, se alinearon todos los planetas, y la «ley de Murphy» se quedó orbitando en otro satélite, no en el nuestro.

Todos en uno, el abrazo que nos conmovió. (Crédito NASA)
Artemis II fue un ejemplo de las cosas bien hechas. Desde el primer tornillo, hasta la selección de la misma tripulación, para muchos, desconocida antes del pasado 1 de abril, pero que luego del 10 de Abril, todos empezamos a mirar con respeto y admiración, y a quererlos, demostrando toda nuestra preocupación y nerviosismo en la la fase tan riesgosa del reingreso, que salió más que a la perfección.
Y nos deleitamos con sus movimientos trasmitidos en vivo, desde la cápsula donde vivieron durante diez días, cumpliendo con todos los pasos pactados, devolviéndonos como fiel legado una colección inimaginable de imágenes de nuestro satélite, que logró -a mi humilde entender- la máxima expresión, en esa fotografía del eclipse solar, nunca antes tomada desde las inmediaciones de la Luna.
Ahora, ya pasados unos días, nos seguimos deleitando cada vez que los vemos a ellos, a Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch, y Jeremy Hansen, en las redes sociales, viendo por ejemplo, como quedó «su nave» después del amerizaje, viendo a Christina abrazándose a la «Orion», en agradecimiento por haberla traído nuevamente a casa, o el reencuentro con su perrita «Sadie» al llegar a su casa, con su familia, luego de haber ido a dar una vueltita por la Luna.
La misión Artemis II pasará a la historia, no solo por haber roto un record de distancia a la que llegó el ser humano en el espacio profundo, después del Apollo 13 hace cincuenta y seis años, o por haber «simplemente vuelto».
Pasará a la historia por el simple hecho de haberle recordado a la humanidad que hay algo muy grande allá afuera, que las futuras generaciones sabrán explorar, ya que es la propia esencia humana la que lleva a esa exploración. Y pasará a la historia, por haber hecho un llamado de atención a toda esa humanidad, de que existe ese algo y merece ser atendido porque puede ser importante para toda esa misma humanidad en las décadas por venir.

La misión Artemis II unió a mucha gente en ese interés, para muchos inexistente, en algo que está más allá de nuestra atmósfera. Y en la Luna, nuestro satélite, esa Luna, nuestra cómplice silenciosa de tantos hechos de nuestra vida, la que nos acompaña siempre, a la que miramos por la ventana en una noche clara, trasmitiéndole nuestros pensamientos, y esperando una respuesta, que muchas veces llega.
Hace unos días, podíamos mirar hacia la Luna llena -de hecho yo lo hice- y pensar que hay persona «allí», cerca de ella, y asombrarnos por eso; y hasta recuerdo haberlo hecho hace más de cincuenta años cuando, por entonces, la miraba en una noche clara pensando que tres personas estaban por allí. En poco tiempo más, esa sensación, sin dudas, será permanente.
No sabemos aún quienes serán los primeros que pongan nuevamente un pie en su superficie. ¿Pueden ser Reid, Victor, Christina, o Jeremy alguno de ellos? Por supuesto, pueden ser, lo veremos en algunos meses. Ahora solo resta esperar lo que viene, que es muy grande.
Primero un Artemis III para probar el módulo lunar, sea de SpaceX o Blue Origin, el que llegue primero. Una misión Artemis III, que sorprendentemente no existía para este fin antes de febrero de este año, y muchos no entendíamos porqué. Había que probar el módulo lunar en la orbita baja terrestre si o si, como lo hizo el proyecto Apollo.
Pero sean quienes sean los que vayan, eso será otra historia. Lo importante ahora, es lo que nos dejó Artemis II, que fue simplemente, maravilloso.

