En una actividad donde el riesgo se impone por sobre todas las cosas, es inevitable
que de tanto en tanto nos toque escribir acerca de estos personajes que nos
van dejando, pero que van al mismo tiempo, creando historia en el montañismo
mundial.
Los grandes montañistas, en muchos casos, suelen pagar con su vida su
propia grandeza. Es la cuota que indefectiblemente les cobra la montaña.
Cualquiera de ellas, pueden estar subiendo alguna, la más compleja y
regresar con su logro bajo el brazo. Luego, en el momento menos pensado, en
el escenario menos pensado, se lo cobran.
Ser impertinente en la montaña, acrecienta esos riesgos. Impertinente,
en el buen sentido, siempre bajo el ambiente de respeto y humildad que todo
montañista sabe, tiene que tener.
Ueli Steck era indefectiblemente un impertinente de la montaña, un atrevido,
si se quiere. Poseedor de un estilo distinto a lo que estamos acostumbrados.
Consiguió logros, en muchos casos impensados. Poseedor de una velocidad
incomparable al momento de resolver vías, y estamos hablando de vías
que no cualquiera puede resolver.
Esa era su forma de ser al momento de actuar. Objetable para algunos, algo excesiva
para otros, demasiado riesgosa para la gran mayoría. Pero él era
así, era su forma de interactuar con la montaña.
Y tal como dijimos, en el escenario menos pensado, ese atrevimiento, puede que
se lo cobren. Y eso es lo que pasó esta vez con Ueli. Estaba entrenando
para resolver una vía que nadie antes había resuelto, y apareció
el escenario menos pensado, la montaña menos protagonista de las tres
que coronan el collado sur: El Nupse. Si, un sietemil. fue el Nupse esta
vez el encargado de cobrar la cuota.
Volvamos un poquito en el tiempo, justo casi nueve años. Para entonces,
recuerdo, estaba por nacer Alpinismonline, nuestra publicación. En uno
de nuestros primeros artículos hablamos de Ueli Steck. Paradógicamente,
la nota estaba referida a la desaparición de otro de los grandes himalayistas
de aquél entonces: Iñaki Ochoa de Olza. Nos ubicamos entonces
en la máquina del tiempo. Por aquél entonces decíamos:
Ueli nunca había visto a Iñaki antes del Annapurna: «Le
conocí este año, en el campo base», cuenta en una conversación
telefónica. Ueli alcanzó el campo base, a unos 4000m, con Simon
Anthamatten, el 5 de mayo de 2008. Allí se encontró con Iñaki.
El alpinista navarro perseguía las cumbres del Annapurna (8091m) y del
Kanchenjunga (8598m), las dos últimas que le faltaban para sumarse a
la lista de los 14×8000. Ueli reconoce que «había oído
hablar de él, pero nunca lo ví en persona». Cuando lo
volvió a ver, a 7400m, Iñaki todavía estaba consciente,
aunque duda que le reconociera. «Sabía que había llegado
alguien para ayudarle, pero ya no tenía la mente clara» -decía
Ueli por aquél entonces.
Y lo que siguió de ahí en más, fue el desenlace. De hecho,
fue Ueli quien lo vio con vida por última vez:
«Llegaron los sherpas de Iñaki y ellos nos enseñaron por
dónde subir». En el ascenso iban cuatro guías, otro montañero,
Simon y Ueli. El mal tiempo y el riesgo de avalancha complicaron las cosas,
y el grupo tardó dos días en llegar hasta Iñaki. Los siete
llegaron al campo 3, a 6.900 m, pero al día siguiente sólo Ueli
logró alcanzar la tienda de Iñaki, 500 metros más arriba.
En el ascenso se topó con Horia Colibasanu, el compañero rumano
que durante cuatro noches cuidó de Iñaki. Decidió bajar
cuando se enteró de que Ueli estaba en camino, y con su descenso abrió
la ruta por la que ascendió el suizo. «Estaba cansado y enfermo.
Si él se hubiera quedado, también habría muerto»
razona Ueli la decisión de Horia, quien también presentaba síntomas
de un edema pulmonar.
«Quizá con el oxígeno habría aguantado dos días
más, pero ¿Cómo hubiesemos podido bajarlo?».
Ueli era la persona adecuada para el rescate. En febrero había derribado
el récord de velocidad -que ostentaba él mismo- en la subida por
la pared norte del Eiger (en los Alpes suizos), completando los 3.970 m en 2
horas 47 minutos. En octubre de 2006, intentó ascender el Annapurna en
solitario y sin oxígeno, pero tuvo que abandonar su objetivo en mayo
de 2007, cuando una roca le golpeó en la cabeza.
Ueli no pudo evitar la muerte de Iñaki. Llegó el jueves y durante
la noche el estado del himalayista navarro se fue deteriorando hasta no aguantar
más. Desde Pamplona se había establecido un dispositivo para coordinar
la atención que debía recibir el navarro y asesorar a Ueli en
el tratamiento médico. Cuando Iñaki entró en paro cardiaco,
el suizo intentó reanimarle con masaje cardiorrespiratorio, pero fue
inútil. ¿Cuándo perdiste la esperanza de que sobreviviera?:
«Cuando dejó de respirar, no antes».
Esta es una historia, que en mi caso la recuerdo, porque sobrevino en un momento
especial, como dije antes, cuando empezamos a escribir Alpinismonline. El día
de la muerte de Ueli, me vino de inmediato a la memoria esta historia.
Y también me vino a la memoria otra muerte absurda que sucedió
un año después que la de Iñaki. De la misma forma,
la montaña menos pensada, se llevó la vida de otro «impertinente»
de la montaña: El esloveno Tomaz Humar. En su caso fue el Langtang
Lirung, otro sietemil.
Pareciera que los sietemiles son los encargados, en algunos casos, de cobrar
la cuota. Hay más casos, de famosos, les guardamos otro para el final.
Pero más allá de eso, el caso de Tomaz guarda muchas similitudes
con el de Ueli. Sietemil, caída y ambos con la misma edad, 40 años.
La caída de Tomaz no fue tan estrepitosa, pero si mortal:
«Este es mi final», fue lo último que se le escuchó
decir por radio. Según manifestaron miembros de su equipo dos días
después al encontrarlo ya sin vida, tenía una pierna y su columna
vertebral fracturadas.
En el año 2012 Ueli Steck corona el Everest sin oxígeno suplementario.
Por aquél entonces, el propio Ueli escribía una crónica
sobre dicho ascenso. Mejor lo dejo a él para que se los explique:
«Hay pocas cosas en la vida de un alpinista que deberían ser
hechas. Para mí, una de estas era el ascenso del monte Everest. Era uno
de los objetivos que quería conseguir como escalador y alpinista.
El monte Everest es el punto más alto del planeta. En ningún lugar
el aire es tan leve como en el Everest. Es el tercer Polo. Ascender una vez
al techo del mundo ha sido siempre una idea que rondaba mi cabeza.
Sin embargo, estaba asustado. Desde el punto de vista comercial, esta montaña
está literalmente masacrada. En ella se ha desarrollado un gran negocio
en los últimos años. Un negocio enfocado principalmente para aquellos
clientes que alcanzan la cima por cuerdas fijas y con oxígeno. Sin oxígeno,
se han registrado 142 ascensiones. Un pequeño porcentaje, considerando
que casi 6000 cumbres han sido realizadas.
Desde Loretan y Troillet (1986), ningún otro suizo ha alcanzado la cima
del Everest sin oxígeno, regresando al campo base. Esto me fascinaba.
Muchos alpinistas potentes necesitaron diferentes intentos para conseguir la
cumbre, sin usar ese magnífico doping que sale de la botella.»
Muy buena esa frase: «sin usar ese magnífico doping que sale
de la botella«. Algo impensado para su nivel de montañismo.
Sigamos:
«Esto no debería de preocuparme demasiado. Es la decisión
personal de cada cual cómo ascender el Everest. Para mí, una escalada
con oxígeno suplementario nunca ha sido una opción. Desde el principio
tenía muy claro que quería estar en la cumbre de verdad, sin aire
falso.
El camino a cima era largo y parecía no tener fin. De repente, el ritmo
ya no era lento. Miraba hacia arriba y la cima sur parecía no acercarse.
Finalmente, no vi al líder. Eso significaba que había alcanzado
esa cima. Así que nos quedaban 100 metros hasta cumbre. Desde la cima
sur desciendes 20 metros, y continúas por la arista hasta el techo del
mundo. Consulté mi reloj. Era tarde. Sería después del
mediodía cuando alcanzáramos la cima. El tiempo todavía
era perfecto. Pero, ¿y si cambiaba? Una tormenta era improbable. Y para
el 19 aún era bueno. Confiaba en los sherpas. Han estado muchas veces
ahí arriba, y saben lo que hacen. Sabía que yo podía bajar
muy rápido. En 1 hora y media podía bajar al collado sur si descendía
desde la cima sur en la que me encontraba. Decidí correr el riesgo y
continuar.
En el escalón Hillary tuve que esperar más rato. Al menos 40 minutos.
Comencé a temblar. La temperatura no era muy baja, quizás -20ºC.
Sin embargo, temblaba. Me alegré cuando continuamos. Estaba desilusionado
con el escalón Hillary. Lo esperaba más impresionante. Ni siquiera
es vertical. De repente me parecía que los otros se movían rápido.
No podía seguirles. A partir de ahí, tocaba luchar, me dije a
mi mismo. Y quería alcanzar la cima. Tenji venía por detrás,
no podía verlo. Vendría. Me concentré en mis pasos. Cada
uno me llevaba a la cima. Pero, ¿dónde estaba la cima? Finalmente,
acepté que los otros marcaran el ritmo. Mientras pudiera seguirles, todo
iría bien. Podía pensar claramente, controlaba mis pasos. Pero,
debía de ser por la altitud, me sentía sin potencia. No exhausto.
Sólo lento, terriblemente lento. Por fin llegué a la cima. Las
banderas de oración ondeaban al viento. Algunos sherpas ya estaban allí.
No más cuerdas fijas. Era la 1.15 pm.»
Este fue su modo de ver su ascenso al techo del mundo, con el propio relato
de Ueli. Un documento valiosísimo, mucho más ahora.
El 9 de octubre de 2013, Ueli consigue uno de sus logros más importantes,
que le valió el Piolet de oro 2013: su ascenso a la cara sur del Annapurna
en solitario. Después de 20 horas de escalada solo, trepando una pared
de hielo de mas de 3000 metros y de sobrevivir a una avalancha que casi lo dejó
fuera de la montaña , llegó a la cumbre a través de la
cara sur del Annapurna. Ocho horas más tarde, estaba entrando en el campamento
base. Al hacerlo , se convirtió en la primera persona en escalar con
éxito la cara sur del Annapurna , tal vez el ascenso técnicamente
más difícil en el mundo, y anotó una de las conquistas
más impresionantes de la historia del alpinismo.
Y fue en el Annapurna, la montaña en con la cual comenzamos este relato,
si, con el fallido rescate de Iñaki Ochoa. El Annapurna. La «Diosa
de las cosechas».
Me quedo para ir finalizando, con la despedida de Simone Moro, su amigo, que
refleja plenamente el sentido de esta nota:
«No hay muerte noble o muerte miserable. Ueli no estaba buscando la
aprobación o la comprensión, sólo estaba buscando hacer
las cosas de la mejor manera, según su deseo y motivación. Tenía
el «defecto» de estar por delante de las cosas, tal vez demasiado,
y por eso muchos de sus colegas en lugar de reverenciar silenciosamente su destreza,
preferian dudar de él y plantearse preguntas. Era un campeón,
en el deporte y en la vida. La vida me ha dado el regalo de haber experimentado
y compartido con él partes de su existencia y planes. Y eso ahora para
mi es un tesoro, un regalo, con todo este dolor que tengo ahora por haberlo
perdido . Adiós Ueli, nos vemos más tarde».
Y es como dice Simone, seguro, no buscaba la aprobación de nadie, solo
la de el mismo, buscando hacer las cosas a su manera, ese era su estilo, objetable
para algunos, satisfactorio para él, atrevido para la montaña.
Al comienzo hablábamos de este tema de los sietemiles que se cobran la
vida grandes alpinistas de manera absurda. Sucedió ahora con Ueli
Steck, caso similar, rozando con lo idéntico con Tomaz Humar en
2009 y guardamos uno muy especial para el final, recordando al Chogolisa,
ese magestuoso sietemil que se cobró la vida del gran conquistador de
ochomiles allá por Junio de 1957: Hermann Buhl.
Ueli Steck escribió gran parte de la historia del montañismo contemporáneo
dejando el legado de un estilo muy particular y extremadamente difícil
de ejecutar, allí reside la esencia misma de esta pérdida: no
hay nadie hoy por hoy que pueda igualar este estilo y alcanzar sus logros.
Y ese estilo, tan particular, desplegado en los últimos tiempos en toda
montaña que se le presentase adelante, un paso, y otro mas, buscando
la cima, buscando desplegar su presencia en la montaña. Fue el Nupse,
silencioso protagonista de esta historia; trágica para nosotros los amantes
del montañismo y de las grandes hazañas; regocijante para la montaña
en sí, que va nutriéndose de estos espíritus aventureros
forjando su propio espíritu, que luego estará presente en cada
ascenso e intento por conquistarla, otorgándole la sabiduría para
decidir finalmente, quien podrá y quién no hacerlo.
Más allá de lo que nos toque vivir año tras año
en las primaveras del Himalaya, es sin lugar a dudas ésta, que nos toca
vivir ahora, una importante protagonista de la historia del himalayismo, por
lo que se ha cobrado. Y es el Nupse, casi ajeno a lo que sucede a su
alrededor, quien dictó presencia para que todos recordemos de ahora en
más a ésta primavera, como la primavera del Nupse.
