Su nombre fue Felicia Antonia Guadalupe Guerrero y Cueto, hija de español Carlos José Guerrero y Reissig, nacido a su vez en Málaga en 1817, quien se casó con Felicita Cueto y Montes de Oca. El padre de Felicia, fue hijo de Antonia Reissig Ruano, quién a su vez era descendiente del linaje Reissig de Hamburgo, perteneciente al imperio germánico que se instaló en Andalucía a partir del siglo XVIII. Por parte de su madre, Felicita Cueto y Montes de Oca, nacida en 1822, hija de Manuel Cueto de la Mata y Catalina Montes de Oca, distinguidos miembros de la aristocracia de aquél entonces.
Todo un linaje destacable, para esta joven, que fue la primogénita del matrimonio, y que tuvo además diez hermanos: Carlos Francisco Guerrero Cueto, Antonia Manuela Agustina Guerrero Cueto, María Guerrero Cueto, Catalina Gerarda Guerrero Cueto, Luis Gonzaga Juan Antonio Guerrero Cueto, Antonio Tomás Saturnino Guerrero Cueto, Manuel Justo Guerrero Cueto, Enrique Teodoro Rosa Guerrero, Jorge Segundo Guerrero Cueto, y el menor de ellos, José Manuel Guerrero Cueto.
Al momento de su nacimiento en Buenos Aires, acontecido el 26 de febrero de 1846, capital de la provincia homónima y el centro de la Confederación Argentina, su familia, perteneciente a la gran aristocracia de la época, contaba con importantes propiedades en distintos sitios de la provincia.
Una de ellas era la casa familiar, conocida por entonces como «La quinta de los Guerrero«, localizada en el actual barrio de Barracas, en la ciudad de Buenos Aires, que para la época, constituía la zona de «quintas«, en los suburbios alejados del centro de la ciudad.
Actualmente, lo que fue la Quinta de los Guerrero, se encuentra la plaza Colombia, entre las calles Pinzón, Isabel la Católica, Brandsen y la Avenida Montes de Oca. Precisamente, parte de la quinta es donde hoy se encuentra dicha plaza.
Tras atravesar una infancia llena de lujos, propios del estilo de vida de una clásica familia aristocrática de la época, Felicitas Guerrero, contrae -pese a su voluntad como podrán imaginarse- matrimonio el 2 de junio de 1864, con 18 años de edad, con otro importante aristócrata, Martín Gregorio de Álzaga y Pérez Llorente, de 50 años de edad, hermano de Angela Isaura, casada en segundas nupcias con el hacendado José Gregorio de Lezama.
Y aquí hacemos un pequeño paréntesis, porque empezamos a ver nombres a través de los cuales posteriormente podremos atar algunos cabos, y vincular con alguna historia derivada de estos grandes nombres que deambulaban por la aristocracia de mediados del siglo XIX en Buenos Aires, y que posteriormente fueron dando el nombre a distintas localidades de la provincia. Pero aún no llegamos a eso.
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Volvamos un paso atrás ahora. El flamante marido de Felicitas, Martín Gregorio de Álzaga y Pérez Llorente, no fue otro que el primogénito del general Félix de Álzaga, militar, político y hacendado, que tuvo participación en el proceso que llevó al poder a Juan Manuel de Rosas en la provincia de Buenos Aires. Con posterioridad a esto, Félix terminó distanciado con el propio Rosas, y perseguido por sus partidarios. Félix de Álzaga también fue hijo de Martín de Álzaga, comerciante y político español nacido en el valle de Aramoya, Álava, España, héroe de la resistencia en las invasiones inglesas, de una importante participación en la Revolución de Mayo, que finalmente fue acusado de conspiración contra el Primer Triunvirato conformado por Pueyrredón, Chiclana y Sarratea, y ejecutado públicamente el 6 de Julio de 1812 en la Plaza de la Victoria. Sus restos fueron sepultados en el Cementerio de la Recoleta, donde veremos posteriormente, será el destino final y definitivo de gran parte de esta familia.
Dijimos que Felicitas no estaba muy feliz por su matrimonio con Martín Gregorio de Álzaga y Pérez Llorente. De hecho, la joven había rogado a su padre, para que no la obligara a casarse, pero este se opuso firmemente a sus súplicas, argumentando que su futuro esposo poseía una gran riqueza y grandes extensiones de tierra, de las que luego hablaremos.
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Del matrimonio entre Felicitas y Martín Gregorio, nacieron dos hijos. Félix Francisco Solano de Álzaga Guerrero y Martín de Álzaga Guerrero, que no tuvieron lamentablemente un buen final. El primero murió a los tres años de edad como consecuencia de la epidemia de fiebre amarilla que azotó la ciudad en 1869. El segundo falleció al nacer.
Pero solo unos meses después, la tragedia volvió a tocar a la familia. El 1 de Junio de 1870 fallecía Martín Gregorio y Felicitas se convertía en una joven viuda de 24 años, con una fortuna incalculable, ya que su marido la nombró heredera de todos sus bienes.
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Felicitas entonces participaba de fiestas reuniones de la alta sociedad, donde era vista y admirada por una fila incalculable de pretendientes. Se la consideraba por entonces, dentro del círculo de Buenos Aires, como la mujer más hermosa de la república. La joven mujer, y la joven república.
Bajo este escenario, muchos eran los candidatos a conquistar el corazón de la joven. Pero había uno que contaba con una buena ventaja. Se trataba de Enrique Ocampo Regueira, un joven de 31 años, quien fue posteriormente tío abuelo de la escritora Victoria Ocampo. El joven comenzó a visitar a Felicitas mucho más asiduamente, creyéndose con el tiempo, con algún otro derecho, por delante de otros pretendientes.
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Corría el mes de noviembre de 1871, cuando Felicitas, junto con amigos, viajaron al sudeste de la provincia de Buenos Aires, a una estancia familiar llamada «Laguna de Juancho«, que contaba con salida al mar en el actual partido de General Madariaga.
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Todas esas tierras pertenecieron a Martín Gregorio de Álzaga y Pérez Llorente, heredadas de su padre, Félix de Álzaga, quien las recibió del propio Juan Manuel de Rosas. Al morir Martín Gregorio, como dijimos anteriormente, la propiedad pasó a Felicitas, quien hereda las estancias Bella Vista, La Postrera y Laguna de Juancho.
Es uno de los establecimientos de campo más antiguos del Partido del Tuyú. Juancho Viejo tiene origen en la adjudicación de 33 leguas tierras al general Félix de Alzaga en 1835. Su hijo Martín de Alzaga mandó a construir un importante casco que aún se encuentra en perfectas condiciones. Los rodeos de Juancho viejo, eran famosos en tiempo de marcación y señalamiento por la enorme cantidad de animales. Pero el gobierno, para cumplir sus pactos con los indios, sacaba a los hacendados dos tropas de 200 cabezas de vacunos y yeguarizos por mes, lo que ocasionaba una gran merma.
Hoy gran parte de la estancia se encuentra aún en manos de los descendientes de los hermanos de Felicitas Guerrero. Luego del fallecimiento de sus padres, el casco y Laguna de Juancho fuen heredado por Luís Guerrero, con 6871 has. de campo.
Estaba casado con María Lavalleja, hija del famoso general uruguayo Juan Antonio de Lavalleja, integrante de la expedición de los Treinta y Tres Orientales. Tuvieron una hija, Cristina Guerrero y Lavalleja. A la muerte de su madre, Cristina heredó la mitad de la tierra. El padre quedó con el casco y el resto de la estancia.
En 1907, al fundarse la cabeza de partido, Juancho estaba arrendado a Federico Martínez de Hoz. Luís Guerrero volvió a casarse más adelante con Adela Pérez del Cerro, pero falleció el flamante esposo a los tres días de la boda. Su viuda heredó Juancho que a su muerte quedó en manos de su hermana Elisa Pérez del Cerro de Dihel. Lo administraban Jorge y Ricardo Díaz Herrera, hijos de otra hermana, Manuela Pérez del Cerro de Díaz Herrera. A la muerte de Elisa, en 1968, heredaron los sobrinos que habían administrado Juancho. Con poco tiempo de diferencia fallecieron estos dos hermanos y Juancho Viejo fue heredado por los hijos de Jorge – José Manuel y Jorge Díaz Herrera – y los hijos de Ricardo – Elizabeth y Ricardo Díaz Herrera.
En junio de 1980 los Díaz Herrera vendieron las 1000 ha. y el casco a Enrique Fraga y su señora madre. Dos años después Fraga hace traspaso de la propiedad a Carlos Picardo y Juan Carlos Bidou. Desde 1986 pertenece a Eduardo Louge, su actual dueño.
Fue precisamente, durante esa estancia que mencionamos, que Felicitas y sus amigos deciden dejar «Laguna de Juancho» y viajar a «La Postrera«. Partieron en sus carruajes por la tarde, pero una tormenta los sorprendió en el camino, provocando que el cochero perdiera el rumbo. Fueron a dar a una estancia, donde su dueño se ofreció gentilmente a resguardarlo. El dueño de la propiedad era Samuel Saenz Valiente, que con su amabilidad y caballerosidad logró cautivar a la joven, quien se enamoró del joven, que pasó, de forma inmediata, al primer lugar de la lista de pretendientes.
Mientras tanto, pocas semanas después, dentro del círculo de la alta sociedad, empezó a correr la versión que Felicitas estaba enamorada y muy pronto anunciaría su compromiso. De hecho, mandó a comprar un vestido a París, especial para la ocasión.
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Pero esa no era la única tarea de Felicitas. Entre otras tantas cosas, se encontraba ocupada en la inauguración de un puente de hierro para el Ferrocarril del sud, que cruzaba el Río Salado, al sur de la ciudad de Buenos Aires, en proximidad de su estancia «La Postrera«, en lo que luego, con el correr de los años, se convirtió en la estación del Ferrocarril General Roca, que lleva el nombre de «Guerrero«, hoy a la vera de la autovía 2, en la ruta que une Buenos Aires y Mar del Plata.
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La idea era concluir con el puente para poder realizar en la estancia su boda con el joven Saenz Valiente. La empresa ferroviaria por aquél entonces, pertenecía a capitales ingleses, y el propietario era el británico Edward Lumb, siendo el gerente general otro inglés, Edward Banfield, quien cumplió esa función entre los años 1865 y 1872. Banfield enfermó en ese año, debiendo regresar a Inglaterra donde falleció en el mes de julio. Un año después de su muerte, se puso el nombre «Banfield» a la parada del ferrocarril del sud, localizada en el partido de Lomas de Zamora, que luego daría origen a la actual ciudad de Banfield. El 21 de enero de 1896 fue fundado el Club Atlético Banfield, por habitantes de la localidad, de origen británico, en homenaje al pionero ferroviario.
Antes de retomar con la boda de Felicitas, una mención importante. La hermana del esposo de Felicitas, Angela Isaura, estaba esposada con José Gregorio de Lezama, un importantísimo personaje de la época en la cual vivió Felicitas. Lezama era un comerciante y hacendado importantísimo, enemistado en un primer momento con Rosas, pero luego muy cercano a él. Lezama tuvo, entre otras tantas cosas, una importante participación en el Ferrocarril del sud. En realidad, la vida de José Gregorio de Lezama, merece ciertamente una nota aparte, pero para el caso que nos ocupa, participó asiduamente en la constitución del Ferrocarril del sud.
El grupo que conformó el ferrocarril, estaba formado por capitales argentinos y británicos, como la mayoría de los proyectos de aquél entonces. Lezama era salteño y en agosto de 1863, el gobierno provincial aceptó la propuesta de los empresarios José Gregorio de Lezama, Martín Álzaga, Juan Nepomuceno Fernández, Thomas Armstrong, George Drabble, John Fair, Ambrosio Plácido de Lezica, Henry Green, Federico Elortondo y Henry Harratt, quienes eran los garantes y algunos de ellos, directores también. La creación de este ferrocarril estuvo vinculada al desarrollo de la producción lanera para la exportación en la zona rural ubicada al sur de la ciudad de Buenos Aires.
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Hoy, como muchos sabrán, la ciudad de Lezama, antes Manuel J. Cobo, recibe su nombre en homenaje a José Gregorio Lezama. Es la cabecera del partido de Lezama, en la provincia de Buenos Aires. Se encuentra ubicada a 157 km al sur del centro de la ciudad de Buenos Aires, con la cual está comunicada principalmente por la Autovía 2 en el kilómetro 157 y un importante ramal ferroviario, y a 38 kilómetros de la ciudad de Chascomús, partido del cual logró la autonomía en 2009.
Bien esta era una mención importante que debíamos encarar antes de entrar en la boda de Felicitas. Bueno, en realidad de la frustrada boda de Felicitas, porque los hechos acontecidos el 29 de enero de 1872, impidieron este matrimonio tan deseado por la joven aristócrata. Vamos a los hechos.
El 29 de enero de 1872, Felicitas volvía de hacer compras en el centro de la ciudad a la «Quinta de los Guerrero» en el barrio de Barracas. Al llegar, su tía, Tránsito Cueto de dijo que el señor Enrique Ocampo estaba esperándola. Felicita le dijo a su tía que se encargara de despedirlo con cualquier excusa. Ante la insistencia del joven, finalmente accedió verlo en la sala de invitados de la mansión.
Mientras tanto, subió al piso superior a dejar sus compras y se cambió de ropa, ya que parte de su familia la estaba esperando en un salón de la planta baja. Separado del comedor por un pasillo y escritorio, en la sala de visitas, estaba esperándola Ocampo. Una de sus amigas, Albina Águeda Casares y Rodríguez Seguí, se ofreció a acompañarla, pero Felicitas se negó. Mientras tanto, su hermano Antonio Guerrero, de 14 años por aquél entonces, y su primo Cristián Demaría de 22 años, se quedaron escuchando atentos detrás de la puerta de la sala donde Felicitas recibió al frustrado amante.
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La pregunta fue muy directa: «¿Te casas con Samuel o conmigo?», como preámbulo de una acalorada discusión, que empezó a ser escuchada en los distintos recintos de la mansión. Ante la insistente negativa, Ocampo saca un revólver Le Forcher, calibre 48 al mismo tiempo que le gritó: «O te casas conmigo o con nadie más«.
Felicita trató de escapar de la escena de forma inmediata, recibiendo un disparo en el omóplato derecho, que luego de penetrar en su cuerpo se desvía, causándole daños fatales en la columna vertebral.
Los doctores Manuel Blancas y Mauricio González Catán, fueron los que la socorrieron. Tras varias horas agonizando, Felicitas falleció finalmente en la mañana del 30 de enero de 1972.
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Los registros dicen que Enrique Ocampo se disparó, provocando su propia muerte. Eso es lo que mencionan las versiones oficiales. Extraoficialmente se piensa que sus hermanos mataron de forma inmediata al frustrado amante.
La sociedad porteña, como podrán imaginarse, quedo revolucionada con semejante crimen. Hoy en día, existen muchas versiones, como podrán ver en muchas notas y artículos referidos a Felicitas Guerrero, que se trató del primer femicidio registrado en nuestro país. Indudablemente esto suena demasiado absurdo. Tal vez habrá sido el primero oficialmente registrado.
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La historia de Felicitas Guerrero no termina allí. Es más, empieza en ese momento, ya que de no haber sucedido lo que sucedió, quizás hubiese pasado desapercibida a lo largo de la historia de los más célebres pobladores de nuestra ciudad.
Felicitas fue enterrada en el cementerio de la Recoleta. Si, en el mausoleo de los Álzaga, donde reposa toda la familia. La anécdota nos recuerda que el cortejo de Felicitas, se cruzó el mismo día del entierro, con el de Enrique Ocampo. De hecho, ambos reposan a muy poca distancia en el prestigioso cementerio de la capital de Argentina.
Los herederos de Felicitas, o sea su propio padre Don Carlos Guerrero, manda a construir una Basílica en los mismos terrenos de la «Quinta de los Guerrero» en Barracas. La misma se encuentra hoy en día en la calle Isabel la Católica 520 entre Brandsen y Pinzón, frente a la plaza Colombia: la Iglesia de Santa Felicitas.
El fantasma de Felicitas Guerrero
Los que conocen la historia no se sorprenderán. Los que no la conocen, después de haber leído toda su historia, tal vez si, o tal vez no. Según hasta donde alcance su propia creencia.
El tema es que nadie quiere casarse en la Iglesia de Santa Felicitas. ¿Porqué? Muy simple, trae mala suerte.
El mito urbano dice que los fantasmas, en especial los de mujeres, suelen aparecerse vestidos de blanco, y que esto no se trata de un mero capricho del más allá. Se debe a la antigua costumbre de vestir o amortajar a las mujeres con vestidos blancos, como símbolo de pureza terrenal.
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Por ello, Felicitas Guerrero, según manifiestan los innumerables testimonios, viste un vestido de época blanco cada vez que se deja ver, en alguno de los rincones de su iglesia. Algunos afirman que se trata de jirones de un vestido. Otros de una túnica mortuoria. Pero todos coinciden que han visto algo que traspasa los límites de lo normal.
El inicio de los avistamientos, apunta al año 1930. También indican que todos los 30 de enero, ella se pasea por los pasillos de su iglesia, que lleva el nombre en realidad de Santa Felicitas, una mártir del siglo II.
Los vecinos también suelen indicar que en ocasiones, las campanas empiezan a agitarse solas, sin nadie que las impulse. Otra parte del mito dice que la gente se acerca a la iglesia cada 30 de enero y ata un pañuelo blanco a su reja. Si ese pañuelo aparece húmedo, son las lágrimas de Felicitas que te ha tocado e indican que tu amor llegará y se quedará para siempre.
Más allá del mito y las creencias, hay un misterio que puede verificarse apenas uno se acerca a la reja. Decenas de gatos se detienen a mirar a quien se acerque. Sostienen la mirada y parecen en guardia como si estuvieran protegiendo algo que no entendemos. Varias veces se ha tratado de erradicarlos y siempre vuelven, están allí, mirando en silencio a quien se detenga frente a las rejas.
La revelación final
Los descendientes de los Guerrero recibieron al periodista Federico Andahazi, de radio Mitre en diciembre de 2019 en su quinta de San Vicente.
«Me recibieron Josefina Guerrero, de 88 años, y su hijo Guillermo. Cuando entré en el caserón, juro que sentí la presencia de la niña muerta. Sobre la que habría de ser su cama estaba el retrato de Felicitas mirándome con sus ojos tristes y esa boca que jamás pudo contar la verdad.
Guillermo, que conserva el gesto de los Guerrero, me hizo ver la trágica historia. De acuerdo con el relato de Victoria Ocampo, sobrina nieta de Enrique, Felicitas cayó muerta sobre un charco de sangre después de recibir dos tiros. Ante el ruido de los disparos, los hombres de la casa corrieron a la sala y se encontraron con una escena desoladora: Felicitas tirada en el suelo y el hombre arrodillado sobre el cadáver.
Cristian Demaría, primo de Felicitas, llegó a ver cómo Enrique Ocampo se llevó el arma a la sien y, reservándose la última bala, se descerrajó un tiro en la cabeza. Sin embargo, Guillermo me contó una historia diferente: Ocampo no se suicido: Cristian forcejeo con él, consiguió desarmarlo y fue él quien le disparó. Luego, un pacto de silencio y la desaparición del arma.
– Por supuesto, el arma jamás apareció?-le pregunté a Guillermo.
El dueño de casa miró hacia uno y otro lado y en un susurro me dijo:
– Sígame.
Lo acompañé hacia el escritorio y ahí me dio una caja de madera:
-Ábrala- me dijo.
Las bisagras rechinaron y al abrir la tapa, pude ver el revólver a tambor de cuyo caño salió la bala que mató a Felicitas. Con una mezcla de emoción, vergüenza y una profunda tristeza sostuve en mi mano el frío metal del arma que produjo el primer femicidio argentino. Un metal tan frío como el corazón de los asesinos que han intentado justificar sus crímenes bajo el disfraz de la pasión.»
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