Foto de portada, cortesía de Nevalia Guías de Montaña. El Mulhacén desde la Caldera.
1906-18
Mulhacén y de vuelta a la realidad. No recuerdo qué hora era. Pero la peña, sobre excitada empezó a montar las mochilas horas antes del desayuno que era a las ocho de la mañana. ¿Pero qué les pasa a estos? Yo le dije a Alex, «oye que les pasó anoche a estos». Claro entendí rápido. ¡Fue el cumpleaños de Lorenzo! En fin. Yo a lo mío. Todos en pié y ya con las mochilas listas, bajamos al desayuno. Otra vez con parsimonia, pero claro esta vez no era un día de hacer decenas de kilómetros, ese día la meta estaba a 3480 metros de altura. Y eso era todo. Aunque suene así de radical. Nosotros José, Alex, Felipe y yo, montamos las mochilas acordes con el día que nos esperaba, es decir, esta vez no habría que montar tiendas, nos quedábamos en el refugio de la Caldera. Esto significaba menos peso, pero más comida. Empezamos el camino hacia la cumbre de la península ibérica con un paso tranquilo, a sabiendas que el sendero sería un paseo de camino a la laguna de la Caldera. Creo que fue uno de los mejores momentos de la integral. El barranco del Río Mulhacén era un auténtico espectáculo. El deshielo nos daba todo un recital de los que la naturaleza nos puede ofrecer en estas latitudes.
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No había porqué frenar, la subida con un desnivel de consideración, más de 560 metros, se hizo muy llevadero. Era lógico. Ya estaban muy aclimatados, dos días por encima de los 2800 metros es lo que tiene. Por fin los vi con la ilusión en la cara. Eran conscientes de que esto se acababa, ya que al haber perdido muchas horas los días anteriores, Alex y Felipe decidieron que la travesía finalizaría ese mismo día en el Mulha y no en el Pico del Caballo. Pico donde se finaliza casi todos los programas que Nevalia ofrece cada temporada en la integral. Después de pasar un buen rato subiendo hasta los 3060 metros del refugio de la Caldera, sin las prisas de los días anteriores, pude hablar con Alex largo y tendido de muchos temas. Pero sobre todo, de su trabajo. Aprovechó para contarme una serie de historias relacionadas con el mundo de los guías de montaña en este país. No se quedó ahí, me dejó muy mal sabor de boca todo lo que me contó de este mundillo y de las empresas de turismo de montaña y naturaleza. De vuelta a casa, me puse a investigar y… ¡sorpresa! ¿Por qué nadie habla claro de estos trabajadores? ¿Qué se ocultan entre las empresas de este tipo? Así hasta decenas de preguntas que incluso apunté en mi agenda de viajes. ¿Habrá artículo? Claro que habrá.
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Dejamos lastre dentro del refugio, bueno, dejaron. Yo con una mochila vacía no me gusta andar, y bueno era el Mulhacén, que en un segundo te puede dar un susto y pillarte en bragas. Emprendimos la subida con todos ya muy preparados, no sé si de verdad eran conscientes donde iban a subir. Creo que no. Sinceramente. Pero me dio un poco igual, yo sí que lo sabía, y bueno aunque creáis que ya subí, pues no. Fue mi primera ascensión y la disfruté mucho. Me quedé atrás una vez más con la señora que hizo toda la integral a su ritmo, lento pero demoledor. Nos turnamos Alex y yo. Visité el collado de la Mosca. Un balcón brutal a las caras norte del Mulha y de la Alcazaba. La cantidad de nieve que aún tenían daba un aspecto muy alpino a estas vertientes, sabemos que este macizo es muy alomado, pero señores, tenemos caras muy alpinas aquí abajo también. La subida cada vez se hacía más vertical, pero una vez que miré el reloj GPS y vi que estábamos por encima de los 3350 empecé a disfrutar de los últimos 130 metros. Atrás a los lejos, el Veleta y el Cerro de los Machos, eran tapados por unas nubes que daban impresión de que podían ser de tormentas. Por fin veo gente de bajar, algunos con una sonrisa en la cara y otros con caras de cansados.
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Esta cima es sin duda, de las más deseadas de España, aunque no sea la cima más alta del país, es la más alta de la península, dejando el Aneto unos metros por debajo.No quise hacer cima con nadie, aunque sea efímero, a mi manera hice mi Mulhacén. Nos dimos las felicitaciones pertinentes entre todos, nos merecíamos haber llegado aquí después de unos días muy duros. Felicité uno por uno a cada cliente de Nevalia, se lo merecían, lo trabajaron. No sé, y me repito, si se dieron cuenta de lo que habían conseguido, ni si sabían dónde estaban, este es nuestro Mont Blanc, es nuestro Everest, es nuestro Mulhacén y los españoles y andaluces, nos sentimos muy orgullosos de subirlo. Comieron con mucha niebla, ya lo vimos desde lejos. Las nubes harían acto de presencia y subían por la norte con una velocidad increíble. Yo me hice varias fotos, no soy muy de fotos, pero no sé cuándo volveré aquí, así que me aproveché de la cima.
Saqué mi bandera andaluza como siempre, y Alex me sacó la foto que por fin dicta mi ascensión al gigante ibérico. Bajamos entre la niebla. ¡Qué disfrute de situación! Me quedé atrás una vez más, pero no para guiar a nadie, bajé disfrutando de esta cima, de este pequeño paso para mí. Borré mentalmente de la lista esta cima, pero no borraré de mi memoria, este momento… eso sí, volveré en invierno. Ya en el refugio todos contentos, todos. Por fin algo de relax, era hora de dejar la mochila, las botas al sol para que se secaran de la humedad recogida durante tres días de neveros y arroyos, y de anotar en mi diario todos los datos que me valdrían para realizar este reportaje. Almorzamos, bueno almorzaron. Yo di buena cuenta de una ensalada de pasta y verduras, que me supo a gloria. El resto, bueno… ya sabéis.
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Una vez que recogimos las sobras y dejamos el refugio limpio la tarde la aprovecho para seguir tomando notas. Y así se me pasó el día muy rápido. Ya sabía qué sería del día siguiente. Bajaríamos muy temprano. Felipe consiguió un bus que nos llevaría a Granada justo a las 4 de la tarde. El motín dio sus frutos. Al final no se logró el objetivo de completar la integral, no daban más de sí y algunos por las pintas que tenían ya, sabíamos que no lograrían pasar por algunos de los pasos más complicados por le zona del Veleta y la Carihuela. Bueno, de todas formas llegar aquí para más de la mitad del grupo creo que fue un logro. Con los días, supe que algunos de ellos hacen excursiones por Alpes con bastante asiduidad. Luis uno de los más fuertes del grupo, me contó sus aventuras en la zona media montaña de la cordillera centro europea. Me contaba que allí todo es diferente, todo está señalado, las coberturas de los teléfonos son del 80%. Los refugios están por todos lados y bien acondicionados, que esta ruta para ellos fue muy dura por una sencilla razón. Creían que aquí no habría tanta dureza y desniveles como en los Alpes. «Son contrastes y macizos diferentes». Le dije. Es como comparar Picos con Gredos. O Gredos con Pirineos. Luis, una de las preguntas que me hacía, y que yo en cierto sentido me daba algo de pena responder un «no lo sé» era, ¿por qué no hay balizas señalando los lugares? ¿Cómo sabéis donde estáis? Esa pregunta tenía mucha lógica. Directores del Parque, eso mismo pregunto yo ¿Por qué? Esto da para mucho así que le dije lo que se me vino a la cabeza, y zanjé el tema.
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20:10 h de la tarde, casi cenado con la pasta de 4 quesos. Lo poco que un vegetariano como yo puede acceder en un refugio vivac. Veo desde dentro del refugio la Caldera a 3065 metros de altura, unas cabras mirando hacia dentro. No debería, pero les eché pan del que sobró. Me miran con esos ojos tan penetrantes imaginando qué, me dan las gracias. Entre tanto recojo las sobras y desperdicios que sobre la mesa quedaron después de la cena. Salgo fuera. Veo como los neveros se van tornando oscuros a esa hora. A 3065 metros, no se está todos los días. No me podía permitir, no conectar con ese momento en ese espacio. Más de 40 min con la mente en blanco sobre una piedra a kilómetros de la civilización. Miré hacia las crestas, el Puntal de la Laguna Larga con sus 3153 metros, hacía de muro contra el Sol. Sentimientos difíciles de explicar.
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El Mulhacén a la espalda. La laguna de la Caldera aún helada y el Sol diciendo adiós acariciando mi rostro. Era el momento perfecto de soledad. Mi momento. Fue el momento de desconexión total. Un momento que no olvidaré, ni por la conexión ni por la ubicación. Esta es, Mi Montaña. Es lo que estaba esperando durante las tres jornadas que llevábamos en la alta montaña de Sierra Nevada. Y justo fue el día antes de irnos de nuevo al mundo cotidiano. La noche se echó, y por fin las caras de los turistas de montaña, decían que era la última noche. A mí me dio pena, y tengo que reconocerlo abiertamente, los días fueron duros, pero la experiencia de colaborar para Nevalia fue increíblemente gratificante. Hacía calor dentro del refugio, ya lo vaticinó Felipe. Algunos roncaban como si llevaran días sin dormir o semanas, pero mi sensación era la misma, creo que no se dieron cuenta lo que habían logrado.
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