|

La
blanca cruz que corona el Cementerio de Andinistas de Puente del Inca

Imagen
estival del Cementerio

Imagen
invernal del Cementerio

Una
placa: Eric Dean Bender fallece en su intento de ascenso al Aconcagua
en Marzo de 1990.
|
|
En el año 1928
el oficial británico Bazil Marden enfrentó al Aconcagua
en la temporada invernal. Fue durante el mes de julio a través
de la ruta normal. Pero nunca logro su objetivo. Al año siguiente
su cuerpo congelado fue rescatado y al no haber sido reclamado se decidió
sepultarlo en lo que era en ese momento el cementerio ferroviario de Puente
del Inca. De esta forma, Bazil Marden, la segunda víctima del Aconcagua,
se convirtió en el primer montañista enterrado en el «Cementerio
de los andinistas» de Puente del Inca.
Pero el primer infortunado
andinista, víctima del Coloso de América, falleció
dos años antes que Marden. El fue el austríaco Juan Stepanek
quien fallece en 1926 pero recién su cuerpo fue rescatado de la
montaña veinte años después. Hoy también descansa
en el cementerio de Alta montaña tras varios años en el
cementerio de la capital de la provincia.
En un primer momento
eran sepultados allí los montañistas que morían y
no eran reclamados, pero ahora son los propios amantes de los cerros los
que eligen ese lugar para ser sepultados, cargándolo aún
más de significado. Entre las placas de conocidos aventureros como
Bernardo Razquin, Nicolás Plantamura y Adriana Bance, hay otros
de viejos trabajadores del tren y una cantidad no precisada de tumbas
sin nombre que le dan la cuota de misterio a Puente del Inca. Además
hay placas homenaje de personas que no fueron sepultadas en el cementerio.
En el Aconcagua han muerto mas de 120 montañistas intentando llegar
a la cumbre.
El Teniente Nicolás
Plantamura, del Ejército Argentino, fue el primer argentino en alcanzar
la cima del Aconcagua, el 8 de marzo de 1934, siguiendo la ruta normal
y en compañía de los alpinistas italianos P. Ceresa, P. Ghigliole, R.
Chabod y el arriero chileno Mariano Pastén.
Adriana Bance, por
su parte, fue la primera mujer en conseguirlo. Eso sucedió el 7
de marzo de 1940. En 1944, Bance junto con su esposo Hans George Link,
quien había logrado su cumbre en solitario en 1936, fallecen en
un nuevo intento. Adriana Bance descansa hoy en el cementerio de andinistas.
En la misma expedición murieron Walter Schiller, que fue encontrado
con medio cuerpo fuera de la carpa, y Albert Kneid.
Aunque es un lugar
destacado por todos, no hay cuidadores oficiales ni tiene presupuesto
para su mantenimiento. Está en jurisdicción municipal, pero
no tiene responsable y ni siquiera hay un registro de quienes son sepultados
en el lugar (nadie sabe con precisión cuántos cuerpos hay).
Por eso, muchas lápidas han sido destruidas y robadas, igual que
placas de bronce y ofrendas dejadas a los andinistas. Hace unos años
se logró ampliar el predio y se terminó el cierre perimetral.
Los oficiales del Comando de Montaña y algunos operadores del Aconcagua
son los protectores «ad honorem».
Aunque la zona de
alta montaña por donde hoy pasa la ruta 7 es lugar de tránsito
desde hace centenares de años, con la llegada del ferrocarril vivió
su época de apogeo. Para hacer llegar las vías hasta el
lugar y montar la infraestructura se necesitaban miles de obreros, muchos
de los cuales eran extranjeros. La crueldad del clima, las pestes y la
dureza del trabajo hicieron que muchos murieran y como no eran reclamados
ni había tiempo de bajarlos a la ciudad, eran enterrados en el
lugar.
«Todos necesitan
su lugar santo y por eso se levantó el cementerio ferroviario en
Puente del Inca. Se pueden marcar tres etapas en su desarrollo. La primera
es la ferroviaria, luego la de los andinistas muertos en la montaña
y ahora la voluntaria, porque muchos piden ser sepultados allí»,
dice el experto andinista Alfredo Magnani, quien ha realizado la más
precisa descripción de las montañas argentinas en una impresionante
enciclopedia.
«Nadie lo cuida.
Al cementerio va mucha gente por día. Si estuviera en otro país
sería parte de los circuitos turísticos y se protegería»,
asegura el andinista y operador del Aconcagua Rudy Parra. La preocupación
llega al punto de que hay familiares de grandes hombres de la montaña
que no llevan los restos allí por temor a los saqueos.
De igual manera, la
mayoría de los amantes de la montaña ya dejaron comunicado
su último deseo. «En mi caso la montaña es mi vida
y quiero estar allí», confiesa Rudy, que heredó la
pasión de la montaña de su padre, que también descansa
en Puente del Inca.
Cada tumba del cementerio
esconde una historia, de aventuras que terminaron mal, de trabajadores
que nunca fueron reclamados y hasta de epidemias que vivió la zona.
Una de las tumbas
más antiguas que se reconocen en Puente del Inca data de 1908.
No es ni de un andinista ni de un ferroviario, sino de un médico.
Se trata del doctor Eduard J. Cotton, inglés. El hombre estaba
en el lugar tratando de combatir una epidemia de difteria que se había
desatado. Según se cuenta en el libro de Magnani, una mujer le
tosió en la cara y así contrajo la enfermedad que le costó
la vida.
Los arrieros y baqueanos
fueron los primeros guías y rescatistas del Aconcagua, y algunos
murieron allí. Es el caso de Miguel Lucero y Carlos Lobo. Ambos
eran compañeros y están enterrados en Puente del Inca.
La cruz más
grande del cementerio corresponde a Juan Fiorini y data de 1903. Entre
otros objetos de valor, hay una cruz tallada por el artista Chipo Céspedes
que fue donada en el aniversario del Club de Andinistas.
El viento, el frío,
el silencio y el tiempo, que parece haberse detenido en aquél lugar,
son los únicos testigos de cientos de historias que descansan a
2600m de altura. Y esas piedras que cobijan aquellos cuerpos tan preciados
por el Coloso de América, celosas de lo que resguardan y conscientes
que nunca nadie va a reclamar su preciado tesoro. Esos cuerpos, fieles
reflejos de una dura batalla ganada, lejos, hace tiempo, por la montaña
mas alta de América de la cual ahora ellos también forman
parte.
Si pasas por la ruta
internacional 7, alla, cerca de Puente del Inca, sobre la margen del río
Las Cuevas, detente unos minutos y ríndeles el merecido homenaje
tan solo con tu silencio.
Fuentes: Diario
Los Andes, Alfredo Magnani.
|