Donde vive el espíritu del Trasandino
La tierna luz del sol de la mañana, que se cuela entre uno y otro hueco que ya nunca más será reparado. Un techo que huele a piedra, a frescor de Cordillera.
Y de aquellos rieles sanguíneos que añoran el frío crepitar de alguna formación ahora fantasmagórica, que a diario emerge bajando desde Río Blanco.
Así, ya todo es silencio. Es entonces cuando despierta la imaginación, esa fantástica y salvadora virtud de nuestra mente, que nos permite seguir jugando con el tiempo, como si fuésemos amos y señores de su existencia.

El viento juega de esta forma su papel protagónico. Baja desde las nacientes circundando toda la quebrada y golpea seco y frío sobre una pared de caliza y misterios, que lo devuelve hacia la otra vertiente con un ruido casi desapercibido. A su paso, sacude el suelo qué, despertando de su siesta inquebrantable, denota su presencia dando nombre al paraje, a la villa, al recuerdo: Polvaredas.



Corría el año 1843. Allí salta a la vida este pequeño rincón del Trasandino, que hoy, a casi dos siglos de distancia resiste hábilmente al tiempo, aunque no a los caprichos del hombre.
Y fue Zanjón Amarillo, aquella estación desaparecida la que sufrió allá por 1934 los duros embates de la montaña, aquella que de tanto en tanto se molesta, se subleva y marca territorio para que nos quede siempre bien claro, a nosotros, los hombres, quién es la que manda por aquellos lugares.


«Fui testigo presencial de aquel espectáculo. En momentos en que se recibió en Mendoza el primer aviso transmitido por los telegrafistas del Ferrocarril Trasandino, las autoridades provinciales movilizaron de inmediato todos los recursos, para acudir en auxilio y evitar que el dique Cipolletti pudiera ser destruido y que el alud se precipitara sobre la zona adyacente a la margen Norte del río, lo cual implicaba la destrucción de la región más poblada y rica de la provincia, incluyendo la ciudad capital. Durante tres horas, pude presenciar el paso de este aluvión fantástico que llevaba una suspensión de despojos de toda naturaleza». – Diputado Raúl Godoy (Partido Demócrata-Mendoza). Cámara de Diputados, (Buenos Aires, 23 de agosto de 1938). Diario de Sesiones: IV, 90.
En su lugar se levantó una nueva estación: Polvaredas, a unos cuatro kilómetros de distancia, pero del otro lado del río, sobre su margen izquierda.



«El aluvión del 10 de enero de 1934 fue devastador. Dejó fuera de servicio unos 100 kms de vías, deterioró instalaciones y cobró la vida de varias personas a su paso. La reparación de estos daños demandaría una década completa. Tal como se estima había sucedido en 1788, el origen de la catástrofe fue el endicamiento que se produjo por el bloqueo del río Plomo por parte de un glaciar. Como resultado se generó una presa natural, de 70 metros de alto y 1.000 metros de ancho en su base. Se acumuló un volumen de agua equivalente al de un cubo de 360 metros de lado. La masa líquida presionó sobre el glaciar y éste cedió el 10 de enero de 1934. Como resultado, la enorme masa de agua, barro y rocas llegó al cajón del río Mendoza y avanzó aguas abajo, arrasando todo a su paso. A las 22 el aluvión llegó a Punta de Vacas y a la 1.35 a Cacheuta. En este lugar se encuentra el principal encajonamiento del río. El aluvión alcanzó una altura de 20 metros, y avanzó hacia el este con fuerza incontenible.» – El Ferrocarril Trasandino, Pablo Lacoste.

El Ferrocarril Trasandino utilizaba locomotoras de adherencia para el tramo Mendoza-Zanjón Amarillo y de cremallera de allí hasta el límite internacional. Inclusive, en algunas oportunidades, los trenes empleaban dos o hasta tres locomotoras para trepar las duras pendientes. Además, en esta zona comenzaba el tramo mas complicado de la travesía, un sector muy vulnerable a la nieve y derrumbes.


Fue precisamente, Zanjón Amarillo en una primera instancia y Polvaredas luego, los puntos donde estaba montada toda la infraestructura para llevar adelante toda esta tarea complicada, desde depósito de carbón y locomotoras, mesas giratorias e implementos necesarios para luchar contra las adversidades del medio ambiente, como ser maquinas barrenieve, tren arado y cuadrillas de personal de mantenimiento.
Hoy quedan testigos de todo ese tiempo de prosperidad ferroviaria. Están dormidos eso sí. En un sueño eterno del que algún día quizás, alguien pueda despertarlos.
Allí están esos rieles, esperando vanamente el paso de aquellas barrenieves, que, paradójicamente, están también durmiendo en otro rincón del playón, a la espera quizás de una de esas tormentas descomunales que hoy, a la distancia, conforman la misma esencia de su propia existencia.


Quizás, en su imaginación, ellas piensen que el tiempo se ha detenido de forma imprevista. Que el clima solamente está dormido y que solo es cuestión de tiempo, para que alguien acuda a su ayuda, que repentinamente llene sus tanques con diésel y que de un soplido las despierte de aquél sopor de infierno.



Y así me veo yo, ahora, quién escribe estas líneas, caminando nuevamente por esas vías, con estos, los únicos habitantes que el tiempo ha dejado como testigos y guardianes de una época que ya no está.

Ellos que ni siquiera imaginan que en el pasado, hace ya mucho mucho tiempo, esos habitantes silenciosos que hoy solo marcan la existencia de un tiempo ya que se fue, tenían vida. Que vagaban por esos rieles ahora sanguíneos y crepitaban en cada amanecer, bajo el cálido sol del verano, o bajo una copiosa nevada de invierno.

Ellos, los únicos testigos vivientes de la Estación Polvaredas. Los otros, están dormidos. Si pasas por allí, haz silencio, camina, recórrelos, pero callado, sin pronunciar paralabra

.El perrito que inspiró un cuento, dedicado a este escenario, silencioso, y único testigo de un tiempo que quedará por siempre guardado en el recuerdo.
Cuando visitamos la estación, para esta nota, en el año 2017, él estaba allí. Me siguió en todo momento. No supe nada de él, ni su nombre, tendría algún dueño, seguramente, por allí. Pero fue necesario dejar plasmada su presencia en un cuento, que surgió años después. Aquí se los dejo, a continuación, para que quede también su recuerdo en esta nota. Para mi, fue simplemente, «el negro».
Extraído del libro «El Coleccionista de cuentos», Carlos Eduardo González, Alpinismonline Ediciones, 2024
Polvaredas
Mendoza
“Fui testigo presencial de aquel espectáculo. En momentos en que se recibió en Mendoza el primer aviso, trasmitido por los telegrafistas del Ferrocarril Trasandino, las autoridades provinciales movilizaron todos los recursos, para acudir en auxilio, y evitar que el dique Cipolletti cediera y que el alud se precipitara sobre la zona adyacente a la margen norte del río, lo que implicaba la destrucción de la región más poblada y productiva de la provincia, incluida la ciudad capital. Durante tres horas pude presenciar el paso del aluvión, que llevó una suspensión de despojos de toda naturaleza.” Diputado Raúl Godoy, Partido demócrata de Mendoza, Cámara de Diputados de la Nación, Buenos Aires, 23 de agosto de 1938. Diario de Sesiones IV, 90.
La tenue luz de la mañana, que se cuela entre uno y otro hueco, que ya nunca más será reparado. Un techo que huele a piedra, a frescor de Cordillera. Y de aquellos rieles sanguíneos, que añoran el frío crepitar de alguna formación, ahora fantasmagórica, que a diario emerge, bajando desde Río Blanco, o quizás desde San Felipe, o Los Andes.
Así, ya todo es silencio. Es entonces cuando despierta la imaginación, esa fantástica y salvadora virtud de nuestra mente, que nos permite seguir jugando con el tiempo, como si fuésemos amos y señores de su existencia.
El viento juega de esta forma su papel. Baja desde las nacientes, circundando toda la quebrada, y golpea seco, y a veces cálido, sobre una pared de caliza y misterios, que lo devuelve hacia la otra vertiente, con un ruido casi desapercibido. A su paso sacude el suelo, que despertando de la siesta inquebrantable, denota su presencia dando nombre al sitio.
Y allí, del otro lado del río, brotan los recuerdos de Zanjón Amarillo, lo que fue por aquél entonces, y qué, por esos caprichos de la propia naturaleza, se fue en un aluvión.
“El aluvión del 11 de enero de 1934 fue devastador. Dejó fuera de servicio unos cien kilómetros de vías, deterioró instalaciones y cobró la vida de varias personas a su paso. La reparación de estos daños demandó una década completa. Tal como se estima, había sucedido con el anterior aluvión de 1788, el origen de la catástrofe fue el endicamiento que se produjo por el bloqueo del río Plomo por parte de un glaciar en su alta cumbre. Como resultado se generó una presa natural, de setenta metros de alto y un kilómetro de ancho en su base. Se acumuló un volumen de agua equivalente al de un cubo de trescientos sesenta metros de lado. La masa líquida presionó sobre el glaciar y éste quebró. Como resultado, la enorme masa de agua, barro y rocas bajó por el río Plomo a su encuentro, con el Río Tupungato, alcanzando, a través de este, al río Mendoza en Punta de Vacas, y por este último avanzó aguas abajo, arrasando todo a su paso. A las veintidós y treinta, el aluvión llegó a Zanjón Amarillo, y tres horas después, a Cacheuta. En este lugar se encuentra el principal encajonamiento del río. El aluvión alcanzó allí una altura de veinte metros, y avanzó hacia el este con fuerza incontenible, habiendo descendido desde los casi cinco mil metros de altura.” – El ferrocarril trasandino, Pablo Lacoste, 1998.
Era noviembre, un día casi rozando lo templado, cuando llegué a Polvaredas, imaginando una estación de tren, desde donde brotan sin sentido los recuerdos de un crepitar misterioso, que, por esas cosas del pensamiento, intentó mágicamente, volver a la vida.
Fui a documentar un tren que ya no estaba, en un sitio mágico, desbordante de energía, rico en historias y espíritus de montaña.
Me detuve en la estación Polvaredas, solo acompañado por el silencio, y un perro, que me siguió todo el tiempo, quizás buscando el mismo, alguna respuesta, por tanta quietud abrumadora.
Allí encontré un edificio de piedra, una construcción sólida, pero vandalizada. Con escrituras en sus paredes, y sin ningún tipo de mobiliario, ni vestigio, que nos revelara que, en algún momento, fue una estación ferroviaria.
Recorrí sus rieles atormentados por la herrumbre. En dirección ascendente. Sobre la margen derecha, como resignadas al implacable destino, las vagonetas barrenieves, todas rendidas al óxido eterno de lo irreversible.
Dentro del edificio de la estación, un conjunto de varillas para el cambio de vías, dormitaba desafiante, con sus ojos entreabiertos, aguardando el momento para entrar en acción. Lógicamente, ese momento, jamás llegaría.
Caminé entonces por los rieles, hasta salir de la estación, siempre acompañado por la nostalgia, y el perro. Sobre la margen derecha, un cruce de vías que lleva al pequeño caserío, donde un hombre sentado sobre un tronco, luchaba denodadamente con la herradura de su caballo.
Le pregunté acerca de cómo cruzar el río, para poder bajar al sitio, donde alguna vez había estado Zanjón Amarillo. Me señalo en dirección a Punta de Vacas, diciéndome que, al salir del pueblo, debía cruzar la ruta, y sobre la margen del río, que en ese sitio está a un desnivel de no menos de treinta a cuarenta metros por debajo, había un sendero que bajaba. Una vez abajo, debía seguir dos kilómetros, y encontraría un pequeño puente colgante, a través del cual podría cruzar a la otra margen, donde estaba el sitio que buscaba.
Hice lo que me dijo. Salí a la ruta, y la crucé, luego seguí el camino, pasando junto al destacamento policial. Sorprendentemente, el perro, iba a mi lado, como presintiendo que algo mágico estaba por suceder.
Bajé por el sendero, bastante pronunciado, guiado ahora por el can, que de inmediato se puso al frente de la gesta. Al llegar a nivel del río, emprendí el camino señalado por aquel hombre. A lo lejos, después de una hora de marcha, pude divisar el puente, que literalmente, llevaba hacia la nada.
Solo un río, suficientemente caudaloso como para sembrar temor, y del otro lado, parte del lecho seco y una explanada, donde hacía ya noventa años, había estado emplazada una de las más importantes estaciones del Ferrocarril Trasandino. Pero ahora, nada. Absolutamente nada.
Era un día brillante, completamente despejado, y con un sol radiante que daba por tierra con cualquier tipo de sensación de frío, a pesar de que la temperatura no superaba los cinco grados centígrados.
Al llegar al puente, lo miré al perro, y le hice señas con la cabeza para que me siga. Allí fuimos. El puente, parecía muy firme, sólido, y los tablones tenían una separación de unos cinco centímetros entre sí, que le daban mayor solidez.
Al llegar a la mitad del puente, algo sucedió. No puedo llegar a saber qué es lo que fue, para describirlo con exactitud. Lo más aproximado que puedo relatarles es que sentí algo así como una ráfaga, repentina, tibia, hasta ardiente, en un momento, que duró unos diez a quince segundos, levantando polvo y obligándome a cerrar mis ojos.
Al abrirlos, se había consumado la magia. Mis ojos iban en dirección diametralmente opuesta al pensamiento, al sentido común, a toda lógica.
Sobre mi izquierda, una estación de tren, con sus galpones, varios vagones, operarios y personas en el andén, se desenvolvían con absoluta normalidad. No podía creer lo que estaba viendo. Empecé a caminar más rápido, para salir del puente y dirigirme al sitio. Allí estaba ahora, sobre los rieles, que brillaban ante la luz, relucientes, como si acabaran de ser pulidos.
Paradójicamente, y sin intentar entender ese hecho, dentro de toda aquella avalancha de irracionalidad, estaba anocheciendo, mientras que dos segundos antes, el sol brillaba casi en el mediodía.
Empecé a apurar el paso, hacia la absurda estación de tren, mientras el perro, se me adelanto, acelerando el paso, como si el mismo tampoco pudiese estar entendiendo aquella incoherencia.
Dos minutos después llegamos, caminando por las vías, a la estación. Sobre la derecha dos construcciones, ambas con techo a dos aguas. Una de las casas era de dos plantas, la otra solo una. Tenían ventanas de vidrio repartido, grandes, verticales, con sus marcos blancos. Un puente de acceso desde las casas, que estaban unos metros por encima del nivel del riel, que era uno solo, a esa altura, y con cremallera central. Al frente, una señal, que estaba con el paso habilitado. Sobre la margen izquierda de la vía, un galpón, no de material sino de chapa. Hacia adelante se veía, que la única vía se dividía en varias, y algunas ingresaban a otros galpones.
Pero me acerqué al centro de la estación, que solo tenía un pequeño anden sobre la margen lindante con el galpón, enfrentando a las casas. Un pequeño cartel donde claramente se podía distinguir: “Zanjón amarillo”.
Pude ver más adelante, una pequeña casilla, donde se agolpaban dos personas, que parecían estar conversando con alguien que estaba adentro. Fui de inmediato a su encuentro.
Esta gente me miró, sorprendida por mi vestimenta, lógicamente. No mucho más que mi propia sorpresa. Al acercarme, uno de los señores, que vestía un sombrero, me saludo, levantando levemente su sombrero en señal de respeto. La señora a su lado, inclinó su cabeza con el mismo objetivo.
Dentro de la casilla, que tendría unos dos metros de lado por cuatro de largo, había un empleado del ferrocarril, con su gorra, que estaba haciendo alguna anotación sobre una planilla. Me acerqué, empezando ya a entender un poco de que se trataba todo esto, e inventando lo que me salió en ese momento, les dije que venía de la montaña, donde había estado acampando con un grupo de expedicionarios, y necesitaba saber los horarios del tren.
El empleado me dijo que a las 19.30, o sea en no más de media hora, pasaría uno, con destino a la ciudad de Mendoza. Le agradecí, y ya cuando estaba por retirarme, se me ocurrió preguntarle la fecha, ya que le dije, que había estado varios días en la montaña. Su respuesta fue tajante, y al mismo tiempo aterradora: 11 de enero de 1934.
Me quedé por unos instantes petrificado. Sin pronunciar palabra. La escena se cortaba con cuchillo. Las tres personas se quedaron fijas mirándome, tal vez sorprendidas, o igualmente aterradas, por lo que pudieron haber visto en mi rostro.
Un aluvión (nunca mejor empleado este término) de pensamientos empezaron a brotar de mi mente. Discurrían entre lo irracional y el entendimiento. El sentido común, tiraba para un lado, y lo que mis ojos dictaban, absolutamente en sentido opuesto.
En ese preciso instante entendí, que ese lugar, iba a ser totalmente arrasado por un aluvión, en no mucho más de tres horas. Que todas esas personas, si seguían allí, junto con muchas otras que estaban en distintos sitios de aquel lugar, iban a morir ese mismo día.
Pensé también, y eso sí, con absoluta certeza, que el tiempo me estaba jugando una mala pasada. No era un sueño lo que estaba viviendo. De ninguna manera. Todo era tangible, las casas, los rieles, la estación, el perro, y yo mismo.
¿Cuál era el sentido de todo esto? Bueno, esa respuesta no está precisamente en nuestro espacio de entendimiento, en nuestra dimensión, si se quiere. Era algo sobre lo cual no podía conjeturar, ni siquiera intentar buscar alguna explicación coherente. Era simplemente una situación que solo tenía camino: aceptarla.
Pero si sabía, o al menos estaba casi seguro, que podía controlarla. No me pregunten porqué, pero estaba convencido, que podía salir de ese escenario, con el simple hecho de volver al cruzar el puente.
No obstante, ante la seguridad que me daba ese hecho, pude tranquilizarme, al menos lo suficiente como para poder pensar como seguir, fijando un límite máximo de tres horas, tras lo cual debería indefectiblemente, estar sobre ese puente.
Habiéndome informado debidamente con antelación sobre los hechos que sucedieron aquel día, en Zanjón Amarillo, sabía con exactitud lo que iba a suceder. Entre otras cosas, la certeza era que ese tren, que estaba por arribar, nunca iba a llegar a la ciudad de Mendoza.
Entonces el pensamiento, se trasladó a otro nivel. ¿Qué hago yo con estas personas? Sé qué si no hago nada, todos van a morir. Pero también se, qué si siquiera insinúo algo, como mínimo, van a reírse de mí sin lograr ningún resultado.
En definitiva, si hacemos un análisis racional, nada podía yo hacer para disuadirlos de que abandonen inmediatamente ese sitio, y busquen resguardo en otro lado, primero por lo antes detallado, y segundo porque no había mucho lugar donde ir.
Debía entonces hacerme a la idea, que estaba interactuando con personas que estaban transitando los últimos instantes de su vida, y yo no podía, y hasta quizás no debía, hacer algo por ellos.
Y lo de quizás no debía, es algo muy consistente. Estamos hablando de las paradojas del tiempo. Todo ya estaba escrito, nada podía cambiar en ese sentido. Si alguna persona que ese día debía morir, y no lo hacía por mi intervención, bueno, parece algo simple, pero estaba generando sin dudas, algún tipo de problema, que como las otras cosas que venían sucediéndose, no estaba a mi alcance el entendimiento.
La encrucijada, entonces, era perfecta. En este sentido, lo más simple, fácil y hasta saludable, era no intervenir, disfrutar, por así decirlo de la situación, y salir de allí en tiempo y forma.
Bueno, todo esto corrió por mi pensamiento en esos breves segundos en que nos quedamos mirándonos con esas otras tres personas.
Dicho esto, acto seguido, los saludé, inclinando la cabeza, y seguí camino, hacia el frente, no hacia atrás, desde donde había venido, ya que el ultimo pensamiento, ese de disfrutar de aquella situación mágica, empezó a ganar la batalla.
El perro, que, a esta altura, ya estaba compenetrado con mi locura, siguió a mi lado, marcando el ritmo, mientras caminaba hacia el final del andén.
Ahora bien, ustedes, lectores, ¿Se piensan que todo terminó allí, que me dediqué a disfrutar de mi viaje al pasado en Zanjón Amarillo? De ninguna manera. Lo mejor está por venir, y es mucho más racional que todo lo que acabamos de leer.
Sucedió que estuve caminando, por el lugar, esperando la llegada del tren, pues, lógicamente, quería verlo antes de tomar rumbo del puente, y dejar atrás toda esta locura, si es que mi teoría era acertada.
Pues bien, luego de unos minutos, veo que dos personas se me acercan, desde una distancia de unos cincuenta metros. Eran dos uniformados, probablemente del ejército, pues vestían uniformes verdes, que pude comprobar, recién cuando estaban a corta distancia.
Allí me sometieron a un profundo interrogatorio, debido a que algunas de mis respuestas, no eran satisfactorias, ya que no podía revelar de ninguna manera, el lugar de donde yo había venido. Claramente, mis respuestas, no hubiesen dejado satisfecho a nadie, ni siquiera a mí mismo. En un momento, me pidieron que los siguiera hasta su destacamento. Me hicieron sentar allí, en una silla, no en calidad de detenido, pero se le asemejaba bastante.
Conversaron entre ellos, de otros temas. Luego se sumó otro hombre, mientras yo, a esa altura, eché un vistazo a mi reloj. Recordé que no lo había hecho desde el momento en que ingresé a todo ese escenario absurdo. El reloj marcaba las 19.20, y la fecha marcaba el mensaje “#error”.
Ya era de noche, por lo tanto, la hora era correcta. Faltaban, en teoría, solo diez minutos para la llegada del tren, y unas tres horas para el aluvión. Pero ahora, antes que eso, debía ocuparme de otro problema.
Desafortunadamente, mi problema, empezaba a empeorar. El oficial que acababa de entrar, llegó diciendo que el tren estaba con retraso, estimativamente de una hora y media, a dos horas. Mientras tanto, mis pensamientos, a esta altura, eran ya un verdadero remolino.
Empecé a estudiar el lugar, para ver cómo podía, en un caso extremo, que cada vez se iba haciendo como el más probable, escabullirme de manera rápida, y alcanzar el puente, sin ocasionar mayores problemas a esta gente, del que ya tenían, con lo que se venía.
Todas las ideas cruzaron por mi cabeza. Hasta la más descabellada, de confesarles cual era la realidad, y que era lo que iba a suceder en poco tiempo. Rápidamente, comprendí que esa, era la peor de las alternativas.
Decidí entonces esperar. Llegado el momento, cuando el tren llegara, quizás tendría alguna oportunidad de distracción, y ya vería en el momento, como aprovecharla.
Lo único que rogaba, era que el tren no se retrasara más. También esperaba que no sucedieran otras cosas, como ser, que hicieran una revisión de todo lo que llevaba, porque allí aparecería un documento de identidad, fechado dentro de setenta años, un teléfono celular, que afortunada, y lógicamente, en ese momento, estaba sin señal y sin posibilidad de que sonara, y un reloj pulsera, para el cual todavía faltaba casi un siglo, para contar con tal tecnología. Dentro de mi mochila, más allá del pantalón de lino que vestía, y la campera de plumas que para aquella época ya de por sí era incomprensible, había ropa que hubiese sido otro problema, para el momento de explicarle a esta gente, su origen.
O sea, lo único racional que estaba conmigo, era el perro, que estaría por el lugar, pegando vueltas, y esperando mi presencia, para disparar raudamente de aquel sitio incomprensible.
Estuve allí en silencio, junto con ellos, que se iban turnando para entrar y salir del edificio, durante casi dos horas. En un momento, uno regresa, diciendo que el tren estaba ahora llegando a Punta de Vacas, donde haría una parada, y luego, cerca de las diez menos cuarto, llegaría a Zanjón Amarillo.
“Diez menos cuarto”, esa frase me estremeció. Solo faltarían para entonces, unos cuarenta y cinco minutos, para la llegada del aluvión. Empecé entonces a hacer planes, mentalmente, y calcular cuánto me llevaría, desde ese punto, llegar hasta el puente.
Pude recordar todo el terreno circundante. En algún momento, debía transitar por la vía, pero para entonces, el tren ya debería estar en la estación, con lo cual, eso no sería un problema. El único problema, era salir de esa escena aterradora donde me encontraba, con tres militares, que vivieron noventa años antes que yo, en un sitio que les pertenecía a ellos, en un escenario incomprensible, por donde se lo mire.
De tanto en tanto miraba el reloj, mientras mi cabeza no paraba ni por un instante de funcionar a pleno. A las diez menos veinte, se escuchó el silbato de la locomotora, muy a lo lejos, para mi gusto.
Uno de los hombres salió, diciendo que iba hacia la estación. Me quedé entonces con los otros dos. En ningún momento, durante esas dos horas, se me ocurrió preguntar cuáles eran sus planes, para conmigo. Pensé que no sería necesario en ese momento hacerlo, ya que podría empeorar la situación.
En un caso extremo, ya tenía mi plan elaborado. En algún momento de distracción, saldría corriendo hacia la puerta, y correría, como alma que se le escapa al diablo. Pero aún guardaba alguna esperanza, sin tener que llegar a tal extremo.
Cinco minutos más tarde de lo planeado, el tren arribó a la estación. El reloj marcaba entonces, las diez menos diez. Solo me quedaban cuarenta minutos.
En ese instante, uno de los dos hombres que estaban en la habitación, tomó un paquete, firmó, o al menos es lo que me pareció, una planilla sobre el escritorio, y salió de la sala. El otro, siguió abocado a su tarea, que era escribir en un libro, vaya a saber uno que cosa.
Para entonces, bajo esas circunstancias, ya tenía dos problemas menos. Si tenía que poner en marcha el plan B, debía hacerlo antes que los otros hombres regresaran, era la única opción.
Afortunadamente, yo estaba sentado, con un ángulo de visión, que me permitía contemplar por la ventana, todo el movimiento de la estación. Pude ver que los dos oficiales que habían salido anteriormente, no estaban a la vista.
Mi acompañante, por su parte, se puso de pie, fue hacia un armario, lo abrió, y se puso a buscar algo. Estuvo revisando, sin éxito, y siguió entonces con los cajones del escritorio.
Ahora habían transcurrido diez minutos más. El tren seguía en la estación, y ya eran las diez de la noche.
La desesperación empezó, como una ráfaga de viento, salida del rincón más increíble de toda esa incompresible escena, a invadir mi cuerpo y espíritu. Puse la mirada en el sujeto, pensando inclusive en inmovilizarlo de alguna manera, mientras echaba ojo al reloj, cada treinta segundos. El tren seguía inmóvil. El hombre buscando vaya a saber qué cosa, y mi corazón, galopando a un ritmo descontrolado.
No tenía opción. Si no hacía algo, iba a morir en menos de media hora. No creía que estos sujetos fuesen a dispararme, pero si lo hacían, ¡que más!, ¡algo debía intentar!
Por eso, cuando ya estaba por pegar un salto, casi como caído del cielo, el hombre me mira, y me dice que me quedara allí, que volvería en un minuto. Abrió la puerta de la habitación contigua, e ingresó, cerrándola luego con un golpe seco.
Fueron solo dos segundos, lo que demoré en pegar un salto, llegar a la puerta de salida, e intentando hacer el menor ruido posible, abrir el picaporte, salir, y volver a cerrarla.
Estando afuera, empecé a correr, cruzando la vía, para no tener que cruzarme con ningún otro personaje de aquella puesta en escena alucinante. Después de un breve trecho, pude divisar al perro, a unos treinta metros. Le pegué un silbido, y de inmediato, saltó a mi encuentro, y ambos, empezamos con la carrera interminable de cruzar por el otro lado de la estación, en busca del puente. Mal cálculo.
Había algo que impedía el paso, un alambrado. Por lo tanto, el único paso posible, era por la estación, o en su defecto, por la vía. Pero todavía, allí, estaba el tren.
Le hice señas al perro para que me siguiera, y nos escondimos detrás de unos tambores, quizás de diesel, u otro combustible, mientras mi atención se centraba en tres objetivos: el reloj, el tren, y la casilla, desde donde había huido, que estaba a unos doscientos metros del lugar donde me encontraba.
Esto último era lo menos visible, pero no dejé en ningún momento de prestarle atención, porque era lo más conflictivo, lo que podría dejarme fuera de juego en un solo instante.
A las diez y cuarto, el tren, finalmente, se puso en marcha. Respiré por un instante, sin dejar de prestar la más mínima atención a todo el escenario. Me encontraba a unos veinte metros de los rieles. Una vez que la formación abandonó la estación, miré el reloj, que marcaba veintidós diecisiete, y me despreocupé absolutamente por los oficiales. Entendí que sería mucho más rápido que ellos.
Entonces me abalancé hacia las vías, con la intención de seguir sobre ellas, sin pisar la estación. Ya no había nadie allí, lo que favoreció mi huida.
Corrí, como si el mismísimo espíritu maligno estuviese sobre mis pasos. El perro se me adelantó, como si comprendiera toda la situación.
Al mirar el reloj, que ahora marcaba las veintidós y veinte, acababa de dejar atrás la estación. Salí entonces de los rieles, y seguí por el terreno plano. El puente estaba a unos cuatrocientos metros, aproximadamente.
El perro se me adelantó, de tanto en tanto se detenía, para esperarme. Intuía que algo importante, estaba por suceder. Avanzaba unos pasos, se detenía y me ladraba, como diciéndome: ¡Apúrate!
Mire el reloj y marcaba ahora las veintidós con veintiséis minutos, cuando llegamos al extremo del puente. En ese mismo momento, el silencio avasallador de la cordillera, se vio interrumpido por un estruendo, que venía por la quebrada, en dirección del Tupungato. Allí, apuré la marcha. El perro, cruzó a zancadas el puente, hasta llegar al otro lado. En el momento en que terminé de atravesar el puente, y ya estaba a una buena altura, veo llegar el aluvión, como a unos quinientos metros río arriba, apenas visible en penumbras, porque no había demasiada luz en el ambiente.
Allí empecé a correr, y de pronto, todo se volvió blanco, se esfumó, y me quedé sumido en un sopor inconmensurable.
Cuando desperté era de día, el sol estaba sobre mi cabeza, y junto a mí, recostado, mi fiel compañía, que no se había separado ni un momento de mi lado. Miré entonces el reloj, por centésima vez, y marcaba las doce y treinta, pero la fecha mostraba un dato extraño: “#error”. Doy media vuelta entonces, mirando hacia el lecho del río, y el puente ya no estaba. Hacia la izquierda, ante mi asombro y desesperación, el horror: un sitio totalmente arrasado, casas y galpones arrancados de cuajo, y rieles retorcidos, con escombros esparcidos por doquier. Lo miré a mi compañero y le dije: “Todo estaba fuera de control, hasta mis cálculos”.
Pasaron diez años. Ahora, sentado en la puerta de mi cabaña, con mi viejo compañero recostado a mi lado, viendo pasar la formación del Trasandino, que desciende desde Las Cuevas, antes desde Río Blanco, San Felipe o Los Andes, recuerdo todo aquello.
El reloj, bueno, nunca pude lograr que volviera a funcionar correctamente. Mi celular, sigue sin señal. Y yo, ahora envío esta historia al periódico, para que alguien, en algún tiempo lejano, muy lejano, pueda comprender lo que estoy diciendo. Solo espero que lo publiquen, y no me tomen por loco.
PUBLICADO EN EL DIARIO LA NACION, CARTA DE LECTORES, DOMINGO 5 DE MARZO DE 1944. AUTOR ANÓNIMO.
