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La única expedición
que en estos momentos se encuentra trabajando en la región del
collado sur del Monte Everest, la de la brasileña Cleo Weidlich,
debe luchar contra los embates de la montaña y también contra
otros tipos de embates.
"Mi
ascenso en el macizo del Everest seguirá con o sin escaleras. He
subido algunas de las montañas más peligrosas del mundo
sin ellas y esta montaña es mucho más tranquila si la comparamos
con el Nanga Parbat, Annapurna o Kangchenjunga.
Me niego
a ceder ante la "mafia del Everest", me gustaría decidir
por mi misma cuando he llegado al límite. Gracias a ustedes por
toda la energía positiva, puedo sentirlo."
El Monte Everest, dos perfiles
para una misma montaña
Por más que el gobierno de
Nepal lo anuncie oficialmente, hecho que seguramente no sucederá,
la temporada desde el lado de Nepal está terminada. Salvo -por
supuesto- algunos casos aislados como el de Cleo Weidlich que acabamos
de enunciar.
El Monte Everest cuenta con dos
perfiles para acceder a su cumbre, dos lados, dos vertientes distintas,
diferentes por donde se las mire.
Esos dos perfiles responden a dos
culturas distintas también. Por un lado, un país, Nepal,
más cercano al montañista occidental que durante dos épocas
del año llena los bolsillos de un gobierno que explota sus gigantes
del Himalaya hasta donde puede. Por el otro, un gobierno chino que poco
le importa acerca de los objetivos de esos mismos montañistas.
Inclusive dos maneras diferentes
de acceder a una montaña. Por un lado, una cascada de hielo que
se lleva la vida de quien permanezca demasiado tiempo en ella, con un
escalón Hillary que quita el sueño hasta al más experimentado
alpinista. Por otro un acceso completamente diferente, sin cascada de
hielo pero con un cuello de botella donde se requiere estar en el momento
preciso para poder superarlo.
Un lado Nepalí por asi decirlo
más "humanamente" amigable, con una cultura sherpa que
vive prácticamente del montañismo occidental. Por el otro,
sin sherpas, debiendo atravesar un terreno de gran altitud (la meseta
del Tibet) para llegar al campo base, donde el montañista debe
invertir mucho más estado físico que en el lado sur, y donde
el escalador tal vez no muere por una avalancha o desprendimiento de hielo,
pero si, puede llegar a sentarse y no volver a levantarse más debido
al agotamiento.
Dos perfiles para una misma montaña.
Muy cercanos, pero totalmente distinto, que, cuando ya se encuentra todo
conquistado, hace pensar por ejemplo a las empresas comerciales de montañismo,
que llevan sus clientes desde occidente por encima de los ocho mil metros
de altura, si vale la pena seguir llevándolo a tales peligros.
A los peligros tradicionales que
los occidentales pueden estar expuestos por estas latitudes y no me refiero
solamente a los que emergen de la montaña, más precisamente
a los que emergen de la gente que puebla aquellos lugares (algunas gentes),
me estoy refiriendo por ejemplo a algún que otro grupo extremista
que mata de un golpe a diez montañistas occidentales como sucedió
en el verano del 2013 en el Nanga Parbat, o bajo un clima de tensión
extrema originado en las desavenencias entre un pueblo sherpa y un gobierno
ciego, sordo y mudo, debemos sumarle ahora los peligros emergentes de
la inacción de ese mismo gobierno en regular una actividad que
desde hace tiempo está sobrecargada, por el lado sur de Nepal,
y un gobierno donde poco importa -como dijimos antes- la actividad que
realice el montañista siempre y cuando ella no vaya contra los
propios intereses de la nación China.
Bajo estos dos perfiles, encontramos,
al menos en el Monte Everest, que salvo rarísimas excepciones como
la de Cleo Weidlich, o las cuatro o cinco expediciones que están
trabajando ahora en el lado norte, el montañismo, el alpinismo
o como quiera llamárselo, se ha convertido hoy por hoy en cualquier
otra cosa.
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