Por Guillermo Almaraz
Su indomable figura se recorta en el cielo de Atacama solitario entre gigantes, con vecinos de superan en algún caso los 6500 metros pero sin embargo no logran opacarlo. No solo cuatrocientos metros lo separan de las moles adyacentes sino su rica historia que lo ha transformado en un mito de roca y hielo para reemplazar a la enorme montaña que supo ser antes que los andinistas escribieran su historia.
Para Chile es su techo y muchos argentinos han querido con extrañas mediciones que supere al mismísimo Aconcagua. Nadie a puesto en duda su protagonismo en el paramo de altura mas duro del mundo pero fue a mi entender el escritor argentino Jorge González quien mejor lo definió: el rey del Desierto.
Partimos de Mar del Plata el mismo grupo con quienes venimos escalando desde hace años: Eduardo Namur, Daniel Pontin y Guillermo Almaraz. En Catamarca se nos unió el cuarto integrante del equipo, el salteño Nicolás Pantaleón.
Durante la primera parte del viaje nos instalamos la primer noche en Cazadero Grande (3460 metros) y desde allí ascendimos el poco conocido cerro Morocho Chico de 4582 metros, llamado simplemente Morocho por el Instituto Geográfico Nacional argentino. En su cumbre encontramos el hito topográfico erigido por el geógrafo alemán Walther Penck en 1912 durante sus viajes científicos. Al parecer éramos los segundos en hollar esa cumbre tras 98 años.
La travesía continuó en Las Grutas y el 20 de marzo alcanzamos la ladera oeste de un cerro de 5412 metros llamado por algunos Pabellón Grande y quizás uno de los ascendidos por Penck en 1913. Por un cono de deyección ascendimos en unas 5 horas, no encontrando señal alguna de Penck ni de ningún otro escalador. Habida cuenta que éramos los primeros erigimos una apacheta y nominamos la cumbre virgen como Janajman en honor al 25 aniversario del club de montaña del cual somos socios y que en quechua significa «hacia lo alto».
Luego de completar la aclimatación trasladamos nuestro campo base a la Laguna de los Aparejos (4250 metros) y preparamos la travesía al Ojos del Salado.
Nuestra intención era intentar el cerro desde el sur por un itinerario novedoso. Al día siguiente avanzamos con la 4×4 hasta la Laguna Celeste (4400 metros) e ingresamos por el Campo Negro, una vasta extensión de arena volcánica que se desarrolla hasta los pies del cerro del Nacimiento (6436 metros). Hasta este punto habíamos recorrido 38 kilómetros y luego de cargar nuestros bultos instalamos el primer campamento a 4950 metros. Luego de la primer noche comenzamos la aproximación que dividimos en dos jornadas en las que tuvimos que salvar dos filos paralelos que llegaban a 5600 metros. La cuarta noche instalamos el campo cuatro en la ladera sur del Ojos del Salado a 5630 metros. Al otro día comenzamos a escalar el glaciar sur con una inclinación de 40 a 45 º y por él alcanzamos el emplazamiento del último campamento que haríamos a 6100 metros. En la madrugada del 28 de marzo partimos por los altos neveros que desembocan en el glaciar alcanzando en las primeras horas de la tarde los 6800 metros donde encontramos los restos del helicóptero Lama que se accidentó en 1984 y donde perdieron la vida el director de la Minera Anglo American Louis Murray y el piloto César Tejos. Cuarenta minutos después, a las 16 horas pisamos finalmente la cumbre principal del Ojos del Salado donde encontramos la pirámide que recuerda a las víctimas del accidente de 1984.
Observamos el paisaje impactante con las paredes que caen a pique hacia la cara norte del Ojos del Salado y el torreón oeste de igual altura del que estábamos parados. Vimos las fumarolas en el cráter inferior y la senda que llega desde el refugio Tejos en territorio chileno. En el horizonte se recortaban altivos el Tres Cruces (6749 m) con sus glaciares, el Muerto (6488 m) con su imponente cara sur y al sur el Walter Penck (6658 m).
Dejamos nuestro testimonio entre las rocas de la cumbre y denominamos la nueva ruta «Bicentenario» en homenaje a los 200 años de las revoluciones americanas, primeros gritos hacia la emancipación de España en 1810.
Habíamos recorrido el Ojos del Salado durante cinco días para alcanzar esta cumbre mítica y pronto emprendimos el regreso. No son las cumbres las que nos cambian como montañeros, pero si son los días de esfuerzo que nos llevan a ellas.
