HALLAZGO DE CORY RICHARDS Y DAVID GOTTLER

Encuentran los cuerpos de Alex Lowe y David Bridges en el Shisha Pangma

Recordamos a Alex Lowe no hablando de su muerte, sino como a él le hubiese gustado, con el histórico relato de una de sus mas grandes hazañas

Carlos Eduardo González | Redacción Alpinismonline Martes 3 de Mayo de 2016 - 13:49 2040 | 0




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Por Carlos Eduardo González | Redacción Alpinismonline

Transcurría el mes de octubre de 1999, cuando en la cara sur del Shisha Pangma, una avalancha barrió y mató al estadounidense Alex Lowe y el camarógrafo David Bridges, miembros de la expedición por entonces comandada por Conrad Aker, la cual también estaba compuesta por otros tres escaladores.
Los cuerpos, tanto de Lowe como Bridges, jamás fueron recuperados, hasta que hace unos pocos días, Ueli Steck y David Gottler, al cruzar un glaciar, divisaron lo que parecía ser dos cuerpos congelados. Inmediatamente los asociaron con los norteamericanos y se pusieron en contacto con Conrad Aker, para tratar de identificarlos debido a la vestimenta que llevaban.

Estaban cerca uno de otro, con mochilas azules y rojas, vistiendo botas amarillas, con equipos que claramente se remontaban a aquellas épocas. Si bien aún Aker no pudo divisar las fotografías, todo parece indicar que se trata de ambos escaladores, aunque Gottler y Steck lo dan totalmente por seguro. Éste, es solo el comienzo de una historia que ahora van a leer.

Alex Lowe

Stewart Alexander "Alex" Lowe, nació el 24 de diciembre de 1958. Fue un destacado escalador con importantes logros tanto en Norteamérica como en Asia.

Durante los años 50 a 70, el montañismo se centró en la época de conquista de los grandes ochomiles del Himalaya. A partir de los 70, con Reinhold Messner a la cabeza, comenzaron las grandes incursiones a los mismos "monstruos" ya conquistados pero sin la utilización de oxígeno suplementario y en particular, una carrera por completar la lista de los grandes catorce, que recién culminó en la década de 2010 con Edurne Pasaban y Gerlinde Kaltenbrunner, completando la hazaña entre las mujeres.

Para finales de los setenta, cuando Lowe entró en el juego, la mayoría de los trofeos ya estaban "ocupados". De hecho Lowe alcanzó el Everest en dos oportunidades, hasta que finalmente dijo que el Everest "le aburria". Una opinión que los grandes alpinistas sin lugar a dudas comparten.

Armado con un talento sin igual y una unidad metabólica que rayaba en lo extraño, Lowe mostró que un primer ascenso (el tenía unos pocos en su historia) no era uno de los desafíos más interesantes de una montaña. En los últimos tres años de actividad dirigió una serie de ascensos extremos en la Antártida, que incluyó al Rakekniven una cuchilla muy singular en los confines más remotos de la Tierra de la Reina Maud.

En una nota de 2009, graficamos aquél ascenso memorable del equipo también comandado por entonces por Conrad Aker y del cual Lowe formó parte.

Por estos días, encontraremos muchisímas notas acerca de la aparición de los cuerpos de Alex Lowe y David Bridges, pero aquí en Alpinismonline, lo vamos a recordar de la forma que este maravilloso montañista hubiese querido, no hablando de su muerte, sino de lo que hizo durante su vida en una de sus hazañas mas importantes: La expedición a la Tierra de la Reina Maud en la Antártida, en 1998. Los dejo con el relato.

 

 

Por Jon Krakauer - Para National Geographic - Febrero de 1998
Fotografías de Gordon Wiltsie

A doscientos metros, en lo alto dela pared limpiamente cortada de una montaña llamada La Navaja, el viento que soplaba desde la meseta polar depositaba escarcha sobre mi barba. Colgado de una cuerda de un centímetro de grosor, me detuve a mitad del ascenso e intenté mover mis brazos, doloridos y acalambrados. Muy abajo, como un blanco y fantasmagórico mar, el casquete glaciar antártico chocaba su vientre contra el pie de la ladera de roca.

En el horizonte, enormes picos recortados se erizaban como púas de granito desde la desierta vastedad de hielo. No logré vislumbrar señal alguna de vida en ese panorama gélido. Jamás había visto una región del mundo tan desolada, tan árida, o tan hermosa.
Era como soñar despierto. Hechizado por la inmensidad y austeridad del paisaje, me costó trabajo apartar la vista y continué escalando. Una lluvia de guijarros que caían con estrépito desde lo alto de la extensión vertical me volvió bruscamente a la realidad. Estiré el cuello y vi a Alex Lowe llegar a terreno inseguro -unos 100 metros más arriba- trepando osamente el borde de una enorme saliente, mientras Conrad Anker soltaba cuerda desde abajo.

Seis de nosotros intentábamos escalar una montaña a la que nadie había subido antes. Era una imponente cuchilla de granito en un rincón de la Antártida, conocido como tierra de Queen Maud. Después que una expedición noruega exploró la región entre 1956 y 1960, esa torre increiblemente delgada recibió el nombre de Rakekniven, que en la lengua materna de los exploradores significa "La Navaja". Se eleva 600 metros sobre el casquete polar a modo de un escarpado, impresionante corriemiento de piedra, el cual forma parte de una cumbre con una altura de 2.365 metros, si se incluye la porción que queda oculta bajo el hielo.


ALEX LOWE bivaquea cerca de la cumbre del Troll´s Castle (Gentileza Gordon Wiltsie)

¿Porqué habíamos recorrido una distancia tan grande para escalar una montaña totalmente desconocida de la cual sólo unas cuantas personas habían oído hablar?. A principios del siglo xx, el legendario aventurero irlandés Ernest Shackleton llamó a la exploración de la Antártida "la última gran odisea que le falta realizar al hombre". Ahora, al finalizar el siglo y el milenio, sus palabras parecen más verdaderas que nunca.

Al igual que Shackleton, mis compañeros y yo habíamos viajado a la Antártida en busca de un sitio virgen en el mapa. Por desgracia para nosotros, los aventureros modernos, los aviones a reacción, los satélites y las altamente desarrolladas imágenes de radar han cartografiado la última de las regiones inexploradas del planeta. Sin embargo, unos cuantos lugares siguen siendo lo suficientemente escabrosos y aislados para conservar una tonificante aura de tierra virgen: zonas de selva tropical en Africa central, remotas escarpas en el Tíbet y Sichuan, regiones del Ártico canadiense. En ninguna parte ha permanecido el planeta mas inexplorado que en la Antártida ... y tal vez en ningún sitio de la Antártida resulta esto más evidente que en las montañas de la tierra de Queen Maud. La ruta que esperábamos seguir hacia la cima del Rakekniven conducía hacia un páramo vertical del cual no se sabía casi nada, y explorarlo estaba muy lejos de ser una empresa segura.

Nuestra expedición fue idea del fotógrafo Gordon Wiltsie, un veterano con ocho viajes a este continente cercado por el hielo. Mike Graber y Rick Ridgeway se habían incorporado al grupo para filmar la escalada. Como yo era el único que nunca había estado en la Antártida, mi participación consistía en encargarme de una parte de los 225 kilos de equipo y provisiones que nos acompañarían durante la expedición, y documentar la hazaña para National Geographic.

No sabía muy bien si tomar parte o no en la escalada del Rakekniven. La última cumbre a la que había ascendido era el monte Everest. Siete meses antes me encontraba en la cima más alta del mundo, pero cinco amigos perecieron en medio de una violenta ventisca durante el descenso. Después de esa desgracia, no estaba seguro de si debería volver a escalar. Cuando Gordon me invitó a unirme a la expedición, acepté, pero con bastante inseguridad y agitación. Ahora que me encontraba allí, traté de disipar esas dudas y contribuir con lo que pudiera al ascenso.

En cuanto a la planeación de una ruta para escalar la superficie vertical de vértigo, el equipo se apoyaba por completo en Alex, originario de Montana, de 38 años y uno de los mejores alpinistas del mundo, y Conrad, de 34, un fornido californiano de pelo rubio cada vez más ralo y cuyo currículum vítae como alpinista era casi tan impresionante como el de Alex. Sin la colaboración de Alex y Conrad, quienes se turnaron en la "línea de combate" de la cuerda, no hubiéramos tenido ni la más remota posibilidad de llegar a la cumbre.


ALEX LOWE y CONRAD ANKER en la cumbre del Rakekniven (Gentileza Gordon Wiltsie)

Desde el campamento base -un grupo de tiendas amarillas apiñadas sobre el glaciar, a 15 minutos en esquíes desde el pie de la cima-, el Rakekniven parecía un gigantesco megalito jaspeado que ocultaba buena parte del cielo. Su ladera noreste era de color gris pálido, veteada de franjas nítidas de roca más oscura, rojiza, que adquiría un matiz naranja cuando recibía los rayos del sol de la mañana.

Tan pronto como empezamos el ascenso, descubrimos que aunque la roca gris era "tan sólida como un templo", como dijo Mike, resultó que el granito de tono naranja estaba erosionado por la acción de los elementos, se desmoronaba y era muy poco confiable. Los puntos donde apoyábamos manos y pies con frecuencia se deshacían bajo el peso de nuestro cuerpo. El roce más ligero hacía caer estrepitosamente bloques de piedra por la pared.

Durante el segundo día de ascenso, Conrad estaba subiendo poco a poco a una losa de roca anaranjada algo floja cuando hizo caer un fragmento del tamaño de un puño; Rick y yo estábamos debajo de él.
Al oír que la piedra avanzaba zumbando hacia mí, me apreté contra la pared y traté de empequeñecerme. Rick estaba 30 metros más abajo, alzó la vista para saber a qué se debía el estruendo. En ese instante el pequeño proyectil de granito le dio en la cara.

-iRick! -grité-. ¿Estás bien?
-No lo sé -respondió él con voz temblorosa-. Me está saliendo mucha sangre. Espera un momento.

Cuando logró subir hasta donde yo me encontraba, vi que la sangre cubría toda su cara, le había pegado el pelo a la cabeza y le corría por el cuello. Nos encontrábamos muy lejos del suelo, en uno de los lug.ares más remotos del mundo. Además, el avión fletado que nos había llevado a la Antártida regresaría cuatro semanas después.

Al realizar un reconocimiento minucioso de la herida, resultó que se trataba de una lesión relativamente leve. La roca sólo había cortado un poco la punta de la nariz de Rick, ocasionando mucha pérdida de sangre, pero sin causar un daño duradero. Diez minutos después, Rick dijo que se sentía bien, de modo que continuamos el ascenso.


CONRAD ANKER observa a ALEX LOWE mientras lava su cabeza en el campo base (Gentileza Gordon Wiltsie)

Ahora, un día después, Alex iba a la cabeza, intentando abrirse paso por esa ladera anaranjada, tan insegura; los demás observábamos, inquietos, desde abajo. Trató de asegurar su avance colocando una clavija de aluminio en una fisura natural, pero el granito erosionado por la intemperie se desmoronaba, de manera que una y otra vez expulsaba el objeto. La pared se inclinaba tanto que la cuerda que llevaba sujeta a la cintura colgaba libremente en el vacío, sin tocar siquiera la roca. Alex comenzó a moverse con mucha lentitud. De repente, su voz se transformó en un alarido espeluznante, semejante al de un alma en pena, lo cual me hizo retroceder de modo involuntario, encogerme de miedo y pegarme a la roca. Pero había interpretado mal el significado de su exclamación:

-¡Estoy de nuevo en la roca gris! -exclamó con evidente regocijo-. iEs grandioso aquí arriba! ¡Al fin empieza a estar empinado! ¡Me encanta!

Algunas de las aventuras más extraordinarias y más famosas en la historia de la exploración han tenido lugar en la Antártida. Las expediciones de Scott, Amundsen, Shackleton y Mawson son conocidas en todo el mundo.

Pero los alpinistas tardaron en llegar aquí. La cumbre más alta de la Antártida, el macizo Vinson -una mole de 4,897 metros que requiere de poca habilidad técnica- no fue escalado sino hasta 1966.

En los años posteriores, relativamente pocos alpinistas han visitado el fin del mundo, la abrumadora mayoría~se ha conformado con el Vinson.

Lo poco común de las expediciones de alpinistas a la Antártida ya la tierra de Queen Maud no se debe a la falta de cumbres impresionantes. En la Antártida -un continente con una superficie mayor a la de Estados Unidos y México juntos- existen miles de cimas magníficas, entre ellas algunas de las montañas más hermosas e imponentes del planeta. Hasta cierto punto, la escasez de escaladores sólo refleja el riguroso medio ambiente del continente antártico: en una región donde a veces el viento alcanza los 150 kilómetros por hora, y en la cual durante los meses más cálidos la temperatura del aire a menudo desciende por debajo de los 20° C bajo cero en el interior continental, la mayoría de los aventureros encuentran suficientes desafíos sin tener que dejar el terreno llano. Sin embargo, el mayor obstáculo de la historia para el alpinismo en la Antártida no ha sido el clima severo, sino las sorprendentes dificultades logísticas y financieras que es necesario superar a fin de organizar cualquier clase de expedición privada a esta zona del mundo.

El primer equipo que escaló el Vinson en 1966, un grupo de alpinistas estadounidenses financiados en gran parte por National Geographic Society, recibió apoyo logístico de la Fundación Nacional para la Ciencia (NSF) y de la Marina. Poco después, los funcionarios del gobierno llegaron a la conclusión de que habían sentado un precedente no viable. Si bien la NSF (la cual financia y administra programas estadounidenses en la Antártida) posee una red de centros de investigación, aviones, barcos y depósitos de combustible en el continente, mantener esta complicada infraestructura en una región tan aislada e inhóspita resulta sumamente costoso. Además, la misión oficial de la NSF consiste en apoyar la investigación científica, no excursiones de alpinistas. En consecuencia, la NSF retiró la ayuda que proporcionaba a las expediciones privadas, ya fueran de alpinistas o de otro tipo. Gran Bretaña y Nueva Zelanda respaldaron dicha medida. Y puesto que la NSF creía que sólo los gobiernos disponían de los medios para operar sin ningún problema en la Antártida y existía la legítima preocupación de que las expediciones privadas podrían meterse en líos, la NSF tendría que rescatarlos, afectando, además, a la investigación científica.
Este organismo hizo un gran esfuerzo para impedir que expediciones privadas visitaran el continente.

En 1985, junto con dos socios canadienses, el piloto John Edward Giles Kershaw fundó Adventure Network International (ANI), con el objetivo de transportar expediciones privadas de alpinistas al macizo Vinson; la organización opera la única línea aérea comercial del continente.

Numerosos y agradecidos alpinistas tuvieron la oportunidad de practicar el ascenso en una región asombrosa y, gracias al admirable pilotaje de Giles Kershaw, la aerolínea no perdió ni un solo pasajero.
Kershaw murió en 1990, al estrellarse en su helicóptero contra un glaciar. Tal vez el Vinson sea el monte más alto de la Antártida, pero para cierto tipo de alpinista no es en modo alguno el más excitante. En busca de un desafío mayor, en el verano austral de 1993/1994 una expedición noruega se aventuró a llegar a una cordillera casi desconocida, a unos 2,750 kilómetros al noreste del Vinson, y allí escalaron varias cimas de granito impresionantes.

Las fotografías que publicaron a su regreso, en un libro titulado Queen Maud Land, aceleró el pulso de alpinistas ambiciosos por doquier. Se descubrió que en la región había muchas y fantásticas cumbres vírgenes. Muchos supusieron q"ue esas cordilleras heladas, atormentadas por el viento, habrían de convertirse en lo más importante en alpinismo.


El Rakekniven ("la navaja") (Gentileza Gordon Wiltsie)

-Me di cuenta de lo poco que se ha explorado la región -comentó Wiltsie después de echar un vistazo a las imágenes de los noruegos-. "Existían muchas posibilidades de escalar, pero no habían sido aprovechadas. Nunca me había emocionado tanto.
Juré formar un equipo y hacer lo que fuera necesario para escalar estas montañas." Es mucho más difícil llegar a la tierra de Queen Maud, la cual debe su nombre a la querida monarca noruega hija del rey británico Eduardo VII, que a la zona que rodea al Vinson.

A finales de la década de 1970, Giles Kershaw y el eminente glaciólogo y explorador Charles Swithinbank hablaron por primera vez de la posibilidad de utilizar en la Antártida aviones convencionales con ruedas, sin esquís. Esto permitiría a las expediciones privadas llegar al continente de manera más eficiente y económica, al acceder a aeronaves de carga públicas para transportarse (sólo los militares pilotan los aviones Hércules C-30 provistos de esquís).
La clave de este temerario proyecto consistía en encontrar lugares donde los vientos fuertes mantuvieran el casquete polar sin nieve, lo que en teoría haría posible que un avión con ruedas aterrizara sobre una franja de hielo duro y luego, no menos importante, despegara para iniciar el vuelo de regreso.En 1987 Kershaw envió un Douglas DC-4 común y corriente -un avión de pasajeros de cuatro motores y sin esquís- desde Chile hasta una pista de aterrizaje de hielo duro que él y Swithinbank habían inspeccionado en las colinas Patriot, cerca del macizo Vinson. Once horas y 43 minutos después, el DC-4 realizó un aterrizaje sin incidentes.
os horas antes de la medianoche del 18 de diciembre de 1996 un Hercules ANI aterrizó en la pista de Blue 1; Gordon, Alex, Conrad, Rick, Mike y yo descendimos del avión. Nos recibió el espectral crepúsculo del verano antártico.

Un viento cortante permitió que el frío penetrara en mi abrigo. Los picos, que se extendían a lo lejos, sobresalían del casquete glaciar a semejanza de una flotilla de veleros de granito que fueran y vinieran por un océano helado. Gordon señaló una magnífica montaña de elegante perfil que se encontraba a unos 65 kilómetros al suroeste.

-Es allí hacia nos dirigimos -dijo-. Ése es el Rakekniven. Alex, quien había realizado escaladas en lugares insólitos del mundo entero, exclamó con una voz que dejaba traslucir cierta admiración:

-¡Éste es uno de los sitios más asombrosos que he visto! Setenta y dos horas después habíamos acampado al pie de la ladera noreste del Rakekniven. Compartíamos una botella de Wild Turkey para celebrar el solsticio de verano y brindábamos por Giles Kershaw bajo un sol de medianoche
-Tal vez... -dijo David Rootes, un biólogo inglés que trabajaba para ANI-, pero es que en este clima frío y árido las cosas tardan tanto en deteriorarse que es fácil que lo engañen a uno.

La datación por carbono 14 de los restos de otra foca momificada que se encontró en un lugar cercano a la tierra de Queen Maud reveló que el cuerpo tenía una antigüedad milenaria.

Ani había contratado a Rootes para que llevara a cabo un estudio sobre el medio ambiente de la zona circundante al Rakekniven y evaluara el efecto de las expediciones sobre el ecosistema. Aunque a primera vista el paisaje obstruido por el hielo parece desprovisto de vida, en realidad allí existen líquenes, algas, artrópodos diminutos y unas cuantas especies de aves resistentes. Algunos afloramientos de roca, a sólo 75 kilómetros al oeste, ofrecen refugio a una colonia de 250 mil petreles. De acuerdo con el protocolo de 1991 sobre el medio ambiente del Tratado de la Antártida, deberíamos tener "un impacto inferior al secundario, o transitorio". Antes de embarcamos, firmamos varios documentos en los que nos comprometimos a llevamos del continente toda la basura y desperdicios que produjéramos durante nuestra estancia; incluso nuestras heces volverían a Sudáfrica.

A la mañana siguiente de la instalación del campamento base, emprendimos el ascenso y en breve nuestro avance por la pared escarpada fue continuo. Con Alex y Conrad a la cabeza, cada día ganábamos de 100 a 125 metros en altitud antes de descender al campamento base, y dejábamos una cadena de cuerdas para luego poder recuperar el punto alcanzado. Después de cinco días de escalada, nuestras cuerdas se extendían en línea vertical a 500 metros de altura del glaciar, de modo que se volvió poco práctico descender al pie de la pared cada noche. Decidimos establecer un campamento en lo alto de la ladera de vértigo. Puesto que ésta tenía muy pocas salientes naturales, tendríamos que dormir suspendidos en cápsulas de nylon. Desde ese campamento colgante emprenderíamos el ascenso hacia la cumbre.

El tiempo borrascoso nos impidió avanzar durante parte de la semana posterior a Navidad, pero cuando el 31 de diciembre la tempestad de nieve terminó, Conrad, Mike y yo subimos por las cuerdas con 100 kilos de equipo y provisiones, la mitad de lo que necesitaríamos para comer, dormir y vivir sobre la roca durante los cinco o seis días que, según nuestros cálculos, tardaríamos en finalizar el ascenso. Alex, Rick y Gordon subirían un día después -en Año Nuevo- con otros 100 kilos de equipo.


ALEX LOWE bivaquea cerca de la cumbre del Troll´s Castle (Gentileza Gordon Wiltsie)

 

Casi la mitad de nuestra carga colectiva era hielo cortado del glaciar con mucha dificultad, el cual derretíamos con el fin de tener agua para beber. Parecía una cruel ironía el tener que llevar a cuestas un pesado cargamento de hielo estando en la Antártida; la pared era tan escarpada que prácticamente no se acumulaba nieve o hielo en nuestra ruta, así que era necesario acarrear parte del glaciar si deseábamos tener algo para beber.

A la una de la mañana del 3 de enero (la tercera noche en nuestro campamento colgante), la alarma de mi reloj me despertó dentro de los confines claustrofóbicos de la cápsula, cuyo espacio era muy reducido, aunque funcionaba como cocina, dormitorio, cuarto de baño y comedor para dos personas. Cuando abrí los ojos, los pies de Conrad estaban sobre mi cara y sus rodillas en mis costillas. Mis manos, cubiertas de excoriaciones a causa del trabajo duro, sangraban y estaban hinchadas. Justo encima de nuestras cabezas colgaba la cápsula que Gordon y Alex llamaban "casa". Oí que derretían hielo en su hornillo de gas butano.

-¡Vamos a tomar mucho café y a ponemos en camino! -exclamó Alex alegremente- ya es hora de que lleguemos a la cima!

Cuando salí al frío de la mañana, Alex, Rick y Conrad ya estaban escalando la ladera a un paso desenfrenado. Los alcancé cuando faltaban 60 metros para llegar a la cumbre, en un punto donde la red de fisuras que habíamos estado siguiendo terminaba debajo de una saliente que sobresalía diez metros de la pared vertical.

Con la esperanza de encontrar un camino para salvar este obstáculo, Alex descendió un poco, luego se balanceó como un péndulo humano en torno a un borde afilado. Esta maniobra le permitió llegar a otra grieta que parecía llevar por encima del impresionante alero de granito, pero al llegar más alto su cuerda se tensó y rozó la filosa arista, amenazando con romperse.

-No me gustó la manera en que la cuerda corrió sobre ese borde -confesó después de haber llegado a una saliente y fijado las cuerdas para que los demás siguiéramos subiendo-, pero una vez que hube superado ese obstáculo, no tuve más remedio que seguir adelante y asegurarme de no caer.

Poco después, Alex salvó con garbo la cima de la saliente y encontró una losa menos angulosa; por encima de ella sólo se veía el cielo azul y frío. A las 9:40 de la mañana, Gordon, Alex, Conrad, Mike, Rick y yo llegamos a la angosta cumbre cubierta de nieve que señalaba el punto más elevado del Rakekniven. Con un sentimiento genuino y profundo nos abrazamos.

Resultaba satisfactorio ser los primeros alpinistas en llegar a esa cumbre... aunque nuestra exagerada vanidad desapareció cuando Conrad señaló huellas de ave sobre la nieve que pisábamos. Al parecer, el visitar la cima del Rakekniven no era nada del otro mundo para un petrel.
Reímos al damos cuenta de nuestra presunción y optamos por admirar el soleado panorama, con ánimo de conservarlo en la memoria. En todas direcciones se extendía la desolada belleza de la tierra de Queen Maud, cubierta con un manto de hielo de más de un kilómetroy medio de espesor. Una infinidad de riscos de granito, empujándose entre sí, se alzaban en la pálida llanura glacial.

-Tal vez hayamos sido los primeros en escalar esta montaña -dije Gordon-, pero les aseguro que no seremos los últimos.




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