JAVIER CALAMARO
La montaña entre la mística y la agonística
Cantante, músico, amante de la naturaleza y montañista. Cómo impacta la montaña en un espíritu creativo

LUNES 4 DE FEBRERO DE 2019 | ID#11209
Redacción Alpinismonline | Por Carlos Eduardo González

Por Javier Calamaro y Máximo Cavallin

Creditos de fotografías: Javier Calamaro y Máximo Cavallin

Compaginación y textos adicionales: Carlos Eduardo González | Redacción Alpinismonline

 

 

Javier (Enero de 2019)

La vida del músico en la mayoría de los casos, como el mío, suele estar en las antípodas de la del deportista: desorganizada, bohemia, sedentaria y viciosa. Treinta y cinco años de esa vida con el buceo como una actividad pseudo-deportiva, ya que no pasa de ser recreativo.

Solo mi espíritu inquieto y buscador de estados y emociones y mis propios límites, como búsqueda de experiencias de vida que motiven la inspiración, me llevó a recorrer el mundo y a tomar riesgos.

De esa manera le tomé el gustito a ir un poco más allá: en 2008 realicé el primer recital subacuático de la historia, cantando durante cuarenta minutos dentro de una cápsula no estanca lastrada a ocho metros de profundidad sobre el lecho marino del Golfo Nuevo, frente a las costas de Puerto Pirámides, Chubut, República Argentina. Experiencia que repetí en 2015 estrenando una nueva cápsula, pocos kilómetros al norte de la locación original.

Esta constante de bajar al mundo subacuático terminó en varias oportunidades por convertirse en un trabajo; el más lindo que hubiera imaginado. Pero llevar el arte a las aguas es un oficio con muy poca salida laboral, y con mi espíritu inquieto a cuestas pensé en un nuevo límite: ya que ni yo ni nadie iría a cantar para abajo decidí hacerlo lo más alto posible.

 

Aparece la montaña y dejamos que nuestro espíritu nos lleve a ver de qué se trata ….

 

En materia de montaña el referente del inconsciente colectivo en esta parte del mundo es el Cerro Aconcagua, así que hacia ahí apunté, y en mi ignorancia total (y mi falta absoluta de espíritu deportivo) empecé a darle forma mental al recital más alto del mundo. ¡Pero qué equivocado estaba!

Lo primero fue contactar a Facundo Arana por su condición de músico y Montañista. Esa fue la mejor idea que podría haber tenido, además de la única útil. Así, el 6 de marzo del año pasado, nos encontramos para conocernos y compartir información.



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Me encontré con un tipo mucho más cordial, sensible y buena onda de lo que jamás me hubiera imaginado; y con mucho sentido común, más del que yo nunca tuve.

 

“Si querés subir a cantar al Aconcagua y no tenés experiencia de montaña tendrás que arrancar por algún lado”.  (Facundo)

 

Acto seguido me puso en contacto con Fernando Grajales (Grajales Expediciones, Mendoza) para  que pudiese orientarme un poco acerca de todo esto.

Así empezó mi carrera montañista cuyo debut fue al mes siguiente en el Parque Vallecitos. Acompañado por un guía, tuve mi primera experiencia: Cuatro días con buen clima que me llevaron a mis primeras cuatro cumbres.

A partir de ese viaje algo cambió en mi modo de vida, con entrenamiento periódico, dieta y un pensamiento para arriba. Mi fascinación por nuestras alturas me llevó a hacer un viaje por mes, incluso en las condiciones más crudas. Con la idea de realizar alguna vez un recital en Aconcagua empecé a viajar con guitarra como para probar mi capacidad de cantar y tocar en condiciones de hipoxia y frío.

En este camino incorporé a mis viajes al guitarrista-montañista Daniel Oroño, quien trajo como guía al vasco Arkaitz Ibarra, un recordman con un talento extraordinario y un gran carisma.

En octubre viajamos a La Rioja y Catamarca donde cantamos en la cumbre del Volcán Bertrand, a 5300m.

De esa manera llegué al Aconcagua bien preparado acompañado por Daniel y Facundo, no para hacer el mentado recital, que a esa altura ya no era prioridad, sino para vivir una experiencia única en todo sentido. Bahhhh…en honor a la verdad cada montaña representa una experiencia única.

Algunos de ustedes se habrán enterado de lo que nos pasó en el Coloso de América; para el resto les cuento que los primeros días de diciembre cayó la peor nevada en cien años, que nos dejó varados en Mulas. Una falsa ventana me permitió llegar a Canadá, donde pasamos la noche, pero al día siguiente todos -incluso un vasco que había hecho nueve ochomiles sin ayuda de oxígeno- tuvimos que volver a Mulas. La cumbre quedó pendiente para otro año.

 

Primer golpe. El Coloso dijo “NO”. Todavía falta un poquito. Esto es palabra mayor.

 

Hace dos semanas volví de un hermoso viaje a La Rioja, donde fui a hacer un scouting, que es una búsqueda de locaciones para filmar, en este caso un documental que rodaremos en marzo, en el cual entre otros objetivos vamos a ofrecer el concierto con público más alto de la historia -en el punto más elevado del Volcán Corona del Inca-, a 5600m. Tal vez al día siguiente vuelva a mi viejo amor y me haga un buceo en la laguna del cráter.



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Si tuviese que contar ahora lo que aprendí de la montaña, de la vida, de mí mismo, me llevaría demasiado espacio. Por eso voy a detenerme en un concepto que se convirtió en poco menos que una obsesión, algo que ya forma parte de mi vida en la montaña y que incorporé a otros aspectos más cotidianos. Al llegar a Catamarca ya venía filosofando con la idea de lo que nos puede costar en esfuerzo y riesgo lograr esa cumbre que nos llevó a ese cerro, en la motivación; porque para muchos una cumbre no representa un récord ni un premio, sino algo más elevado espiritualmente hablando.

 

Cuando el pensamiento y el espíritu entran en diálogo, pueden surgir cosas maravillosas …

 

Vuelvo a mi viaje de octubre: Lo primero que encontré al llegar al refugio de Las Cuevas, en el Paso San Francisco, fue a mi amigo Máximo Cavallín, a quien había conocido en mi primer viaje a Vallecitos.

La charla de reencuentro giró en torno a este tema que venía rondándome la cabeza. Y le propuse que la noche siguiente -por separado ya que él se iba a aclimatar al refugio del cerro San Francisco- la dedicáramos a escribir alrededor de la mística y la agonística. Claro el concepto, las dos mentes hipóxicas nos pusimos manos a la obra durante una noche en que ninguno de los dos logró dormir. Y volvimos a hablar una semana más tarde, escritos en mano.



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La mística y la agonística

 

Javier (la noche del 19 de octubre en el refugio de vialidad)

 

En mi experiencia corta pero visceral en la incorporación de la montaña a mi modo de vida, de sólo unos pocos meses, aprendí rápidamente algunas cosas que me van a acompañar por el resto de mis días.

Por lo que veo y siento hay dos pilares comunes a todos los que vivimos esta experiencia de montaña: la mística y la agonística.

Ambas conviven en nuestra mente y nuestro espíritu de la misma manera que el Yin y el Yan. Y pueden trabajar dentro de cada uno con lo que tengan a mano, alternándose caprichosamente, jugando con nuestros miedos o alimentando nuestro propio poder de elevarnos a un nivel superior.



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Hacer cumbre es mucho más que lograr un triunfo personal. Porque este acto simple y aparentemente inútil me da la mayor comunión conmigo mismo y con el universo que jamás imaginé. Es parte de la mística.

El camino a la cumbre es un estadío complejo: sacrificado, pero siempre esperanzado, donde normalmente aparecen como un enemigo los elementos: Viento, nieve, hielo, frío, todo eso se encarna en miedos y dudas.

Y como dije alguna vez en una canción “Una sola duda te puede matar”. Porque la agonística no es un dolor agudo, una náusea o cualquier otro malestar, sino la manera en que éstos nos tiran a matar usando el miedo y la duda como armas. Es el terror a lo desconocido, incluso a la muerte que viene con el envase.

La gloria y el fracaso están jugando una pulseada durante el recorrido, pero eso está bien y es parte del mismo aprendizaje. Por eso la montaña en mi vida es más que auto superación, más que un sano cambio de hábitos, más que una manera de ser mejor para mí mismo.

Después de tres décadas de rocanrrol, y lo digo en el mal sentido, no imagino mejor premio que yo y solo yo pueda darme. Pero no hay premio gratis y la agonística siempre está ahí, latente en cada ascenso, en la medida en que mi parte racional le abre la puerta, intentando darle una oportunidad al fracaso.



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Por otro lado, no hay nada racional en ese estadío que sobreviene en la cumbre: euforia y paz a la vez, y la mayor comunión conmigo y con la vida. Es místico porque no se me ocurre otra manera de definirlo con una palabra. Y como el Yin y el Yan, conviven como pueden dentro de cada uno de nosotros, los que descubrimos, tarde o temprano (¡aunque nunca es tarde!), a la montaña.

Me pesa mi pasado, pero me empuja mi futuro.

 

 

Máximo (Paso San Francisco a 4750m, la noche del 19 de octubre de 2018)

Alguien dijo que el montañismo es “El arte de sufrir”. La palabra arte significa que no se trata de sufrir a lo bobo, sino que el sufrimiento, bien encausado y dosificado, puede ser un portal de apertura a conectar con lo trascendental.



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Me lo graficó muy bien Fernando Pierobon, integrante de la expedición que encontró la momia del Cerro Aconcagua. Me dijo que subimos montañas para rozar lo trascendente, para trascender la materia. Y es aquí donde aparece la mística, como un sentimiento de auto superación y elevación, porque uno trasciende el propio yo.



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Uno sube la montaña despojado de su nombre, sólo avanza un yo sincero, despojado de todo lo superficial y accesorio. Schopenhauer decía que el arte y los narcóticos nos permiten trascender el propio yo, librándonos del peso del ego. La montaña, cuando nos adentramos en ella, produce lo mismo.

Allá arriba entra en juego la hipoxia. Nuestro cerebro siente la falta de oxígeno y eso anula su parte más externa, la corteza prefrontal, encargada de la lógica y la razón, dejando lugar a las funciones más elementales y primitivas, propias del cerebro primitivo. Resultado: priman las emociones sobre lo racional.

Entra la mística en juego. ¿Cómo describir la mística? Es una sensación de euforia, un éxtasis; el pensamiento y la razón quedan parcialmente anulados. El sufrimiento no pesa tanto y está justificado por un anhelo mayor, la cumbre.



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La agonía pasa a ser una aliada, gracias a la cual la cumbre va a dejarnos una sensación de fortaleza, de dominio del dolor. Es similar al proceder del faquir. El arte del faquir consiste en lograr un dominio activo del dolor. No es un dolor pasivo, no es masoquismo, es un dolor auto administrado con el fin de ser más dueño de uno mismo. Es pura templanza. Uno es amo y artífice del dolor que se suministra. El fin es lograr el autodominio. Lo mismo ocurre en la montaña: quien sube montañas sin sentir mística sólo practica un deporte. Los grandes montañistas siempre sintieron mística.



De no ser por la mística, los Incas no podrían haber subido los ásperos seismiles de los Andes. (Máximo)



Messner dice que la montaña emite un sonido propio, como si fuera un ser vivo. Mallory dijo que quería subir el Everest “porque estaba ahí”, pura mística inexplicable. Llegar a una cumbre va más allá de un logro deportivo, es un efecto integral de realización, una culminación donde se sintetizan los esfuerzos y la meta de la vida misma, para luego descender y volver a empezar con la eterna rueda, es decir, una próxima montaña. Esa mística se torna adictiva, necesaria. Es pura energía vital, fluyendo desde el afuera hacia dentro, y viceversa, en círculo continuo, fluido.



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Conectar con el cerro, conectar con uno mismo, de eso se trata el montañismo. Es escalarse a sí mismo. La entereza, el estoicismo logrado nos dan el bienestar y la seguridad que muchos buscan en una religión, en un dios.

 

Como nos cuenta máximo, esa “droga” que desata al pensamiento …

 

La mística altera la química del cuerpo y segregamos endorfinas y adrenalina; uno sube dopado, y el sufrimiento es amortiguado por esa droga natural. Como resultado se mezclan la euforia con el dolor: mística y agonística. Los Incas subían esos seismiles bajo efecto de la mística, subir era un acto sagrado para ellos. Que nosotros sintamos lo mismo es una verdadera bendición.

 

Javier (22 de octubre, dos días después de hacer cumbre en el Volcan Bertran)

Mientras Máximo escribía su manifiesto aclimatando para hacer el Inca Huasi yo intentaba -infructuosamente- dormir setecientos metros más abajo, en el refugio Las Grutas. A las tres de la mañana escribí algo que pondré más abajo. Antes quiero contarles qué fue lo que pasó en mi mayor ascenso, en el cual logré además cantar tres canciones -mi objetivo premeditado-. Pero no fue gratis ni mucho menos fácil.

Les decía que no pude dormir en toda la noche. A las 6am salimos hacia el Volcán Bertran. Curiosamente las primeras cinco horas no sentí nada extraño, ni cansancio ni nada. En mi corta vida andinista -seis meses- había llegado a 4500m, dos días antes.

Alrededor de los 4900m se me fueron las fuerzas; no todas: la fuerza de voluntad era inversamente proporcional a la muscular. Progresivamente fui padeciendo distintos síntomas que iban haciendo cada vez más dura la subida: agonística pura. Cada vez que me detenía -y hasta continuar con el paso- invocaba a una fuerza que salía de un lugar que no podría definir, lo más lejos posible de lo racional.

Por definición, “mística” implica la invocación a la divinidad. Sin embargo, en ningún lado consta la definición de “divinidad” para el caso puntual de un ateo con tres décadas de rocanrrol encima.

Aclaro que para el caso esa divinidad es lo que yo llamo fuerza interior, esa energía misteriosa que surge de un lugar desconocido y al no encontrarle otra denominación decreto que es parte de la mística, o la mística misma.

 

Carlos  (Buenos Aires, Febrero 2019)

Eso que acaban de leer es la obra de un artista qué en determinado momento de su vida, eligió ir a la montaña para ver “de qué se trataba eso”. Y bueno, más allá de sus primeros logros, sin importar cuáles han sido o no ellos, el relato nos lleva directamente al efecto que produce estar en contacto con ese medio maravilloso, en la mente de un artista, con sus palabras. No es necesario profundizar mucho en ese efecto. Está ante vuestra propia vista.

Y también tenemos el pensamiento de alguien que vive de ella, con toda su experiencia, con todo su conocimiento y nos relata, nos enseña y nosotros, desde aquí abajo, intentamos comprender, y seguramente, muchos de ustedes que también están en ese medio, trazarán paralelismos con las historias de Javier y Máximo.

Quisimos traerles en esta nota una experiencia distinta. La de alguien que se incia en este mundo y cómo impacta en él, con un toque creativo muy especial para este caso. Y la de un profesional que nos cuenta especialmente como influye en nuestro organismo esa “droga” que no es otra cosa que la baja concentración del vital elemento que sostiene nuestras vidas y su influencia inmediata en el organismo. Este fue el resultado, plasmado sobre una hoja de papel.

Un gran montañista, uno de los más grandes de todos los tiempos,habló una vez del doping en la montaña, asociándolo, opuestamente al éste caso en particular que nos toca, al “dóping que sale de una botella” en referencia al oxígeno embotellado. Un tema eterno dentro del mundo de la montaña, que a veces, su ausencia pone en juego las vidas y otras provoca efectos como el que acabamos de ver.

Un agradecimiento muy especial a Javier Calamaro, cantante, músico, artista y montañero; a Máximo Cavallin por enseñarnos en un pequeño texto un conjunto de sensaciones que solo pueden vivenciarse allí arriba; y a Facundo Arana que en definitiva fue el que posibilitó el desarrollo de esta nota al acercarnos a Javier del cual conocimos una faceta distinta a la que estábamos acostumbrados.

 

“Desde Loretan y Troillet, ningún otro suizo ha alcanzado la cima del Everest sin oxígeno, regresando al campo base. Esto me fascinaba. Muchos alpinistas potentes necesitaron diferentes intentos para conseguir la cumbre, sin usar ese magnífico doping que sale de la botella.” Ueli Steck, mayo de 2012.




En Aconcagua, Diciembre 2018


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