NOTAS DE AUTOR
Polvaredas: Donde vive el espíritu del Trasandino
Por Carlos Eduardo González

JUEVES 28 DE SEPTIEMBRE DE 2017 | ID#10749
Redacción Alpinismonline | Por Carlos Eduardo González



Créditos de las fotografías: Alpinismonline Magazine





La tierna luz del sol de la mañana, que se cuela entre uno y otro hueco que ya nunca más será reparado. Un techo que huele a piedra, a frescor de Cordillera.



Y de aquellos rieles sanguíneos que añoran el frío crepitar de alguna formación ahora fantasmagórica, que a diario emerge bajando desde Río Blanco.



Así, ya todo es silencio. Es entonces cuando despierta la imaginación, esa fantástica y salvadora virtud de nuestra mente, que nos permite seguir jugando con el tiempo, como si fuésemos amos y señores de su existencia.





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El viento juega de esta forma su papel protagónico. Baja desde las nacientes circundando toda la quebrada y golpea seco y frío sobre una pared de caliza y misterios, que lo devuelve hacia la otra vertiente con un ruido casi desapercibido. A su paso, sacude el suelo qué, despertando de su siesta inquebrantable, denota su presencia dando nombre al paraje, a la villa, al recuerdo: Polvaredas.





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Corría el año 1843. Allí salta a la vida este pequeño rincón del Trasandino, que hoy, a casi dos siglos de distancia resiste hábilmente al tiempo, aunque no a los caprichos del hombre.



Y fue Zanjón Amarillo, aquella estación desaparecida la que sufrió allá por 1934 los duros embates de la montaña, aquella que de tanto en tanto se molesta, se subleva y marca territorio para que nos quede siempre bien claro, a nosotros, los hombres, quién es la que manda por aquellos lugares.





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“Fui testigo presencial de aquel espectáculo. En momentos en que se recibió en Mendoza el primer aviso transmitido por los telegrafistas del Ferrocarril Trasandino, las autoridades provinciales movilizaron de inmediato todos los recursos,  para  acudir  en  auxilio  y  evitar  que  el  dique  Cipolletti  pudiera  ser  destruido y que el alud se precipitara sobre la zona adyacente a la margen Norte del río, lo cual implicaba la destrucción de la región más poblada y rica de la provincia, incluyendo la ciudad capital. Durante tres horas, pude presenciar el paso de este aluvión fantástico que llevaba una suspensión de despojos de toda naturaleza”. - Diputado  Raúl  Godoy  (Partido  Demócrata-Mendoza).  Cámara  de  Diputados,  (Buenos  Aires, 23 de agosto de 1938). Diario de Sesiones: IV, 90.





En su lugar se levantó una nueva estación: Polvaredas, a unos cuatro kilómetros de distancia,  pero del otro lado del río, sobre su margen izquierda.





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“El aluvión del 10 de enero de 1934 fue devastador. Dejó fuera de servicio unos 100 kms de vías, deterioró instalaciones y cobró la vida de varias personas a su paso. La reparación de estos daños demandaría una década completa. Tal como se estima había sucedido en 1788, el origen de la catástrofe fue el endicamiento que  se  produjo  por  el  bloqueo  del  río  Plomo  por  parte  de  un  glaciar.  Como resultado se generó una presa natural, de 70 metros de alto y 1.000 metros de ancho en su base. Se acumuló un volumen de agua equivalente al de un cubo de 360 metros de lado. La masa líquida presionó sobre el glaciar y éste cedió el 10 de enero de 1934. Como resultado, la enorme masa  de agua, barro y rocas  llegó al cajón del río Mendoza y avanzó aguas abajo, arrasando todo a su paso. A las 22 el aluvión llegó a Punta de Vacas y a la 1.35 a Cacheuta. En este lugar se encuentra el principal encajonamiento del río. El aluvión alcanzó una altura de 20 metros, y avanzó hacia el este con fuerza incontenible.”El Ferrocarril Trasandino, Pablo Lacoste.





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El Ferrocarril Trasandino utilizaba locomotoras de adherencia para el tramo Mendoza-Zanjón Amarillo y de cremallera de allí hasta el límite internacional. Inclusive, en algunas oportunidades, los trenes empleaban dos o hasta tres locomotoras para trepar las duras pendientes. Además, en esta zona comenzaba el tramo mas complicado de la travesía, un sector muy vulnerable a la nieve y derrumbes.





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Fue precisamente, Zanjón Amarillo en una primera instancia y Polvaredas luego, los puntos donde estaba montada toda la infraestructura para llevar adelante toda esta tarea complicada, desde depósito de carbón y locomotoras, mesas giratorias e implementos necesarios para luchar contra las adversidades del medio ambiente, como ser maquinas barrenieve, tren arado y cuadrillas de personal de mantenimiento.



Hoy quedan testigos de todo ese tiempo de prosperidad ferroviaria. Están dormidos eso sí. En un sueño eterno del que algún día quizás, alguien pueda despertarlos.



Allí están esos rieles, esperando vanamente el paso de aquellas barrenieves, que, paradójicamente, están también durmiendo en otro rincón del playón, a la espera quizás de una de esas tormentas descomunales que hoy, a la distancia, conforman la misma esencia de su propia existencia.





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Quizás, en su imaginación, ellas piensen que el tiempo se ha detenido de forma imprevista. Que el clima solamente está dormido y que solo es cuestión de tiempo, para que alguien acuda a su ayuda, que repentinamente llene sus tanques con diésel y que de un soplido las despierte de aquél sopor de infierno.





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Y así me veo yo, ahora, quién escribe estas líneas, caminando nuevamente por esas vías, con estos, los únicos habitantes que el tiempo ha dejado como testigos y guardianes de una época que ya no está.



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Ellos que ni siquiera imaginan que en el pasado, hace ya mucho mucho tiempo, esos habitantes silenciosos que hoy solo marcan la existencia de un tiempo ya que se fue, tenían vida. Que vagaban por esos rieles ahora sanguíneos y crepitaban en cada amanecer, bajo el cálido sol del verano, o bajo una copiosa nevada de invierno.





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Ellos, los únicos testigos vivientes de la Estación Polvaredas.





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Los otros, están dormidos. Si pasas por allí, haz silencio, camina, recórrelos, pero callado, sin pronunciar paralabra.




Ellos no pueden despertar.





Polvaredas





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