Un punto en el mapa, que alguna vez fue una persona: la historia de «Botas verdes»

Las historias de los cuerpos del Everest: Tsewang Paljor
A unos 8.500 metros de altura, en la cara norte del Monte Everest, hay una pequeña cueva de roca caliza que durante décadas fue utilizada como referencia por los alpinistas.
No figura en mapas oficiales.
No tiene nombre técnico.
Pero todos en la montaña la conocen.
La llaman simplemente: la cueva de Botas Verdes.
Allí, recostado sobre un costado, permanece el cuerpo congelado de un montañista con unas llamativas botas de color verde fluorescente. Durante años, fue uno de los puntos más reconocibles en la ruta hacia la cumbre por el lado tibetano.
Un lugar de paso.
Una marca en el terreno.
Una presencia silenciosa.
La ruta norte y la “zona de la muerte”
La ruta norte del Everest, desde el Tíbet, es técnicamente menos empinada que la sur, pero más expuesta, más fría y más larga en altura extrema.
A partir de los 8.000 metros, comienza la llamada “zona de la muerte”:
- El oxígeno es insuficiente para sostener la vida
- El cuerpo empieza a degradarse rápidamente
- Las decisiones se vuelven lentas, confusas, erráticas
En ese entorno, detenerse demasiado tiempo equivale a morir.
Por eso, cuando alguien cae allí… rara vez vuelve.

¿Quién era “Botas Verdes”?
Durante años, su identidad fue un misterio.
Hoy, la teoría más aceptada indica que se trataba de Tsewang Paljor, un alpinista indio que formaba parte de una expedición en 1996. Aunque esto, no está debidamente confirmado. Paljor fue un alguacil indio miembro de una expedición de la Policía Fronteriza Indo-Tibetana que murió de frío junto a otras siete personas durante el desastre del Everest de 1996. El término Green Boots tiene su origen en las botas de montaña color verde fosforito que el cuerpo aún conservaba.
Aquel año —el mismo del célebre desastre sobre la ruta del collado sur— una tormenta brutal atrapó a varios equipos en altura.
Paljor y otros dos compañeros alcanzaron la zona de cumbre tarde, quedaron expuestos a condiciones extremas, y nunca regresaron. Su cuerpo quedó en esa cueva, con las botas visibles hacia el exterior. Y con el tiempo, sin que nadie lo planeara… se convirtió en referencia.
Cuando el Everest cruza una línea ética
Durante años, cientos de alpinistas pasaron junto a él.
Algunos lo miraban. Otros evitaban hacerlo. Muchos simplemente… seguían. El caso de Botas Verdes abrió —y sigue abriendo— una pregunta incómoda:
¿Qué ocurre cuando un ser humano deja de ser visto como tal… y pasa a ser parte del paisaje?
En la zona de la muerte ayudar puede significar morir también, descender a alguien es, muchas veces, imposible, y la prioridad se vuelve sobrevivir. Pero eso no elimina el impacto.
Porque cada paso hacia la cima, en ese tramo, puede implicar pasar literalmente al lado de alguien que no lo logró.

El vínculo con David Sharp
En 2006, el caso de David Sharp volvió a poner a “Botas Verdes” en el centro de la discusión. Este caso, lo veremos en un próximo artículo.
Sharp fue encontrado con vida… justamente en esa cueva. Decenas de alpinistas pasaron junto a él durante horas. Muchos pensaron que era otro cuerpo más. Otros evaluaron que no podían ayudar sin arriesgar su propia vida. Murió allí mismo.
Ese episodio transformó definitivamente a ese lugar en algo más que un punto de referencia:
lo convirtió en símbolo de los límites —físicos y morales— del alpinismo extremo.
Un silencio que sigue ahí
Con los años, el cuerpo fue movido ligeramente y hoy ya no es tan visible como antes. Sin embargo, su historia sigue viva entre quienes conocen la montaña. En mayo de 2014 desapareció misteriosamente. Se presumió que había sido sepultado por sherpas o por montañeros chinos, pero en 2017 fue redescubierto y enterrado definitivamente en la montaña, por un equipo encabezado por el director del Seven Summits Club, Alexander Abramov.
“Botas Verdes” no es solo un cadáver en altura. Es una advertencia, una memoria congelada, y un reflejo incómodo de hasta dónde puede llegar el ser humano en busca de una cumbre.

