Por Carlos Eduardo González | Redacción Alpinismonline
Transcurría el mes de octubre de 1999, cuando en la cara sur del Shisha
Pangma, una avalancha barrió y mató al estadounidense Alex
Lowe y el camarógrafo David Bridges, miembros de la expedición
por entonces comandada por Conrad Aker, la cual también estaba
compuesta por otros tres escaladores.
Los cuerpos, tanto de Lowe como Bridges, jamás fueron recuperados,
hasta que hace unos pocos días, Ueli Steck y David Gottler,
al cruzar un glaciar, divisaron lo que parecía ser dos cuerpos congelados.
Inmediatamente los asociaron con los norteamericanos y se pusieron en contacto
con Conrad Aker, para tratar de identificarlos debido a la vestimenta
que llevaban.
Estaban cerca uno de otro, con mochilas azules y rojas, vistiendo botas amarillas,
con equipos que claramente se remontaban a aquellas épocas. Si bien aún
Aker no pudo divisar las fotografías, todo parece indicar que se trata
de ambos escaladores, aunque Gottler y Steck lo dan totalmente por seguro.
Éste, es solo el comienzo de una historia que ahora van a leer.
Alex Lowe
Stewart Alexander «Alex» Lowe, nació el 24 de diciembre de
1958. Fue un destacado escalador con importantes logros tanto en Norteamérica
como en Asia.
Durante los años 50 a 70, el montañismo se centró en la
época de conquista de los grandes ochomiles del Himalaya. A partir de
los 70, con Reinhold Messner a la cabeza, comenzaron las grandes incursiones
a los mismos «monstruos» ya conquistados pero sin la utilización
de oxígeno suplementario y en particular, una carrera por completar la
lista de los grandes catorce, que recién culminó en la década
de 2010 con Edurne Pasaban y Gerlinde Kaltenbrunner, completando la hazaña
entre las mujeres.
Para finales de los setenta, cuando Lowe entró en el juego, la mayoría
de los trofeos ya estaban «ocupados». De hecho Lowe alcanzó
el Everest en dos oportunidades, hasta que finalmente dijo que el Everest «le
aburria». Una opinión que los grandes alpinistas sin lugar a dudas
comparten.
Armado con un talento sin igual y una unidad metabólica que rayaba en
lo extraño, Lowe mostró que un primer ascenso (el tenía
unos pocos en su historia) no era uno de los desafíos más interesantes
de una montaña. En los últimos tres años de actividad dirigió
una serie de ascensos extremos en la Antártida, que incluyó al
Rakekniven una cuchilla muy singular en los confines más remotos
de la Tierra de la Reina Maud.
En una nota de 2009, graficamos aquél
ascenso memorable del equipo también comandado por entonces por Conrad
Aker y del cual Lowe formó parte.
Por estos días, encontraremos muchisímas notas acerca de la aparición
de los cuerpos de Alex Lowe y David Bridges, pero aquí
en Alpinismonline, lo vamos a recordar de la forma que este maravilloso
montañista hubiese querido, no hablando de su muerte, sino de lo que
hizo durante su vida en una de sus hazañas mas importantes: La
expedición a la Tierra de la Reina Maud en la Antártida,
en 1998. Los dejo con el relato.
Por Jon Krakauer – Para National Geographic – Febrero
de 1998
Fotografías de Gordon Wiltsie
A doscientos metros, en lo alto dela pared limpiamente
cortada de una montaña llamada La Navaja, el viento que soplaba desde
la meseta polar depositaba escarcha sobre mi barba. Colgado de una cuerda de
un centímetro de grosor, me detuve a mitad del ascenso e intenté
mover mis brazos, doloridos y acalambrados. Muy abajo, como un blanco y fantasmagórico
mar, el casquete glaciar antártico chocaba su vientre contra el pie de
la ladera de roca.
En el horizonte, enormes picos recortados se erizaban
como púas de granito desde la desierta vastedad de hielo. No logré
vislumbrar señal alguna de vida en ese panorama gélido. Jamás
había visto una región del mundo tan desolada, tan árida,
o tan hermosa.
Era como soñar despierto. Hechizado por la inmensidad y austeridad del
paisaje, me costó trabajo apartar la vista y continué escalando.
Una lluvia de guijarros que caían con estrépito desde lo alto
de la extensión vertical me volvió bruscamente a la realidad.
Estiré el cuello y vi a Alex Lowe llegar a terreno inseguro -unos 100
metros más arriba- trepando osamente el borde de una enorme saliente,
mientras Conrad Anker soltaba cuerda desde abajo.
Seis de nosotros intentábamos escalar una montaña
a la que nadie había subido antes. Era una imponente cuchilla de granito
en un rincón de la Antártida, conocido como tierra de Queen Maud.
Después que una expedición noruega exploró la región
entre 1956 y 1960, esa torre increiblemente delgada recibió el nombre
de Rakekniven, que en la lengua materna de los exploradores significa «La
Navaja». Se eleva 600 metros sobre el casquete polar a modo de un escarpado,
impresionante corriemiento de piedra, el cual forma parte de una cumbre con
una altura de 2.365 metros, si se incluye la porción que queda oculta
bajo el hielo.

ALEX LOWE bivaquea cerca de la cumbre del Troll´s Castle (Gentileza Gordon
Wiltsie)
¿Porqué habíamos recorrido una distancia tan grande para
escalar una montaña totalmente desconocida de la cual sólo unas
cuantas personas habían oído hablar?. A principios del siglo xx,
el legendario aventurero irlandés Ernest Shackleton llamó a la
exploración de la Antártida «la última gran odisea
que le falta realizar al hombre». Ahora, al finalizar el siglo y el milenio,
sus palabras parecen más verdaderas que nunca.
Al igual que Shackleton, mis compañeros y yo habíamos
viajado a la Antártida en busca de un sitio virgen en el mapa. Por desgracia
para nosotros, los aventureros modernos, los aviones a reacción, los
satélites y las altamente desarrolladas imágenes de radar han
cartografiado la última de las regiones inexploradas del planeta. Sin
embargo, unos cuantos lugares siguen siendo lo suficientemente escabrosos y
aislados para conservar una tonificante aura de tierra virgen: zonas de selva
tropical en Africa central, remotas escarpas en el Tíbet y Sichuan, regiones
del Ártico canadiense. En ninguna parte ha permanecido el planeta mas
inexplorado que en la Antártida … y tal vez en ningún sitio
de la Antártida resulta esto más evidente que en las montañas
de la tierra de Queen Maud. La ruta que esperábamos seguir hacia la cima
del Rakekniven conducía hacia un páramo vertical del cual no se
sabía casi nada, y explorarlo estaba muy lejos de ser una empresa segura.
Nuestra expedición fue idea del fotógrafo
Gordon Wiltsie, un veterano con ocho viajes a este continente cercado por el
hielo. Mike Graber y Rick Ridgeway se habían incorporado al grupo para
filmar la escalada. Como yo era el único que nunca había estado
en la Antártida, mi participación consistía en encargarme
de una parte de los 225 kilos de equipo y provisiones que nos acompañarían
durante la expedición, y documentar la hazaña para National Geographic.
No sabía muy bien si tomar parte o no en la escalada
del Rakekniven. La última cumbre a la que había ascendido era
el monte Everest. Siete meses antes me encontraba en la cima más alta
del mundo, pero cinco amigos perecieron en medio de una violenta ventisca durante
el descenso. Después de esa desgracia, no estaba seguro de si debería
volver a escalar. Cuando Gordon me invitó a unirme a la expedición,
acepté, pero con bastante inseguridad y agitación. Ahora que me
encontraba allí, traté de disipar esas dudas y contribuir con
lo que pudiera al ascenso.
En cuanto a la planeación de una ruta para escalar
la superficie vertical de vértigo, el equipo se apoyaba por completo
en Alex, originario de Montana, de 38 años y uno de los mejores alpinistas
del mundo, y Conrad, de 34, un fornido californiano de pelo rubio cada vez más
ralo y cuyo currículum vítae como alpinista era casi tan impresionante
como el de Alex. Sin la colaboración de Alex y Conrad, quienes se turnaron
en la «línea de combate» de la cuerda, no hubiéramos
tenido ni la más remota posibilidad de llegar a la cumbre.

ALEX LOWE y CONRAD ANKER en la cumbre del Rakekniven (Gentileza Gordon
Wiltsie)
Desde el campamento base -un grupo de tiendas amarillas
apiñadas sobre el glaciar, a 15 minutos en esquíes desde el pie
de la cima-, el Rakekniven parecía un gigantesco megalito jaspeado que
ocultaba buena parte del cielo. Su ladera noreste era de color gris pálido,
veteada de franjas nítidas de roca más oscura, rojiza, que adquiría
un matiz naranja cuando recibía los rayos del sol de la mañana.
Tan pronto como empezamos el ascenso, descubrimos que
aunque la roca gris era «tan sólida como un templo», como dijo
Mike, resultó que el granito de tono naranja estaba erosionado por la
acción de los elementos, se desmoronaba y era muy poco confiable. Los
puntos donde apoyábamos manos y pies con frecuencia se deshacían
bajo el peso de nuestro cuerpo. El roce más ligero hacía caer
estrepitosamente bloques de piedra por la pared.
Durante el segundo día de ascenso, Conrad estaba
subiendo poco a poco a una losa de roca anaranjada algo floja cuando hizo caer
un fragmento del tamaño de un puño; Rick y yo estábamos
debajo de él.
Al oír que la piedra avanzaba zumbando hacia mí, me apreté
contra la pared y traté de empequeñecerme. Rick estaba 30 metros
más abajo, alzó la vista para saber a qué se debía
el estruendo. En ese instante el pequeño proyectil de granito le dio
en la cara.
-iRick! -grité-. ¿Estás bien?
-No lo sé -respondió él con voz temblorosa-. Me está
saliendo mucha sangre. Espera un momento.
Cuando logró subir hasta donde yo me encontraba,
vi que la sangre cubría toda su cara, le había pegado el pelo
a la cabeza y le corría por el cuello. Nos encontrábamos muy lejos
del suelo, en uno de los lug.ares más remotos del mundo. Además,
el avión fletado que nos había llevado a la Antártida regresaría
cuatro semanas después.
Al realizar un reconocimiento minucioso de la herida,
resultó que se trataba de una lesión relativamente leve. La roca
sólo había cortado un poco la punta de la nariz de Rick, ocasionando
mucha pérdida de sangre, pero sin causar un daño duradero. Diez
minutos después, Rick dijo que se sentía bien, de modo que continuamos
el ascenso.

CONRAD ANKER observa a ALEX LOWE mientras lava su cabeza en el campo base
(Gentileza Gordon
Wiltsie)
Ahora, un día después, Alex iba a la cabeza,
intentando abrirse paso por esa ladera anaranjada, tan insegura; los demás
observábamos, inquietos, desde abajo. Trató de asegurar su avance
colocando una clavija de aluminio en una fisura natural, pero el granito erosionado
por la intemperie se desmoronaba, de manera que una y otra vez expulsaba el
objeto. La pared se inclinaba tanto que la cuerda que llevaba sujeta a la cintura
colgaba libremente en el vacío, sin tocar siquiera la roca. Alex comenzó
a moverse con mucha lentitud. De repente, su voz se transformó en un
alarido espeluznante, semejante al de un alma en pena, lo cual me hizo retroceder
de modo involuntario, encogerme de miedo y pegarme a la roca. Pero había
interpretado mal el significado de su exclamación:
-¡Estoy de nuevo en la roca gris! -exclamó
con evidente regocijo-. iEs grandioso aquí arriba! ¡Al fin empieza
a estar empinado! ¡Me encanta!
Algunas de las aventuras más extraordinarias y
más famosas en la historia de la exploración han tenido lugar
en la Antártida. Las expediciones de Scott, Amundsen, Shackleton y Mawson
son conocidas en todo el mundo.
Pero los alpinistas tardaron en llegar aquí. La
cumbre más alta de la Antártida, el macizo Vinson -una mole de
4,897 metros que requiere de poca habilidad técnica- no fue escalado
sino hasta 1966.
En los años posteriores, relativamente pocos alpinistas han visitado
el fin del mundo, la abrumadora mayoría~se ha conformado con el Vinson.
Lo poco común de las expediciones de alpinistas
a la Antártida ya la tierra de Queen Maud no se debe a la falta de cumbres
impresionantes. En la Antártida -un continente con una superficie mayor
a la de Estados Unidos y México juntos- existen miles de cimas magníficas,
entre ellas algunas de las montañas más hermosas e imponentes
del planeta. Hasta cierto punto, la escasez de escaladores sólo refleja
el riguroso medio ambiente del continente antártico: en una región
donde a veces el viento alcanza los 150 kilómetros por hora, y en la
cual durante los meses más cálidos la temperatura del aire a menudo
desciende por debajo de los 20° C bajo cero en el interior continental,
la mayoría de los aventureros encuentran suficientes desafíos
sin tener que dejar el terreno llano. Sin embargo, el mayor obstáculo
de la historia para el alpinismo en la Antártida no ha sido el clima
severo, sino las sorprendentes dificultades logísticas y financieras
que es necesario superar a fin de organizar cualquier clase de expedición
privada a esta zona del mundo.
El primer equipo que escaló el Vinson en 1966,
un grupo de alpinistas estadounidenses financiados en gran parte por National
Geographic Society, recibió apoyo logístico de la Fundación
Nacional para la Ciencia (NSF) y de la Marina. Poco después, los funcionarios
del gobierno llegaron a la conclusión de que habían sentado un
precedente no viable. Si bien la NSF (la cual financia y administra programas
estadounidenses en la Antártida) posee una red de centros de investigación,
aviones, barcos y depósitos de combustible en el continente, mantener
esta complicada infraestructura en una región tan aislada e inhóspita
resulta sumamente costoso. Además, la misión oficial de la NSF
consiste en apoyar la investigación científica, no excursiones
de alpinistas. En consecuencia, la NSF retiró la ayuda que proporcionaba
a las expediciones privadas, ya fueran de alpinistas o de otro tipo. Gran Bretaña
y Nueva Zelanda respaldaron dicha medida. Y puesto que la NSF creía que
sólo los gobiernos disponían de los medios para operar sin ningún
problema en la Antártida y existía la legítima preocupación
de que las expediciones privadas podrían meterse en líos, la NSF
tendría que rescatarlos, afectando, además, a la investigación
científica.
Este organismo hizo un gran esfuerzo para impedir que expediciones privadas
visitaran el continente.
En 1985, junto con dos socios canadienses, el piloto
John Edward Giles Kershaw fundó Adventure Network International (ANI),
con el objetivo de transportar expediciones privadas de alpinistas al macizo
Vinson; la organización opera la única línea aérea
comercial del continente.
Numerosos y agradecidos alpinistas tuvieron la oportunidad
de practicar el ascenso en una región asombrosa y, gracias al admirable
pilotaje de Giles Kershaw, la aerolínea no perdió ni un solo pasajero.
Kershaw murió en 1990, al estrellarse en su helicóptero contra
un glaciar. Tal vez el Vinson sea el monte más alto de la Antártida,
pero para cierto tipo de alpinista no es en modo alguno el más excitante.
En busca de un desafío mayor, en el verano austral de 1993/1994 una expedición
noruega se aventuró a llegar a una cordillera casi desconocida, a unos
2,750 kilómetros al noreste del Vinson, y allí escalaron varias
cimas de granito impresionantes.
Las fotografías que publicaron a su regreso, en
un libro titulado Queen Maud Land, aceleró el pulso de alpinistas ambiciosos
por doquier. Se descubrió que en la región había muchas
y fantásticas cumbres vírgenes. Muchos supusieron q»ue esas
cordilleras heladas, atormentadas por el viento, habrían de convertirse
en lo más importante en alpinismo.

El Rakekniven («la navaja») (Gentileza Gordon
Wiltsie)
-Me di cuenta de lo poco que se ha explorado la región
-comentó Wiltsie después de echar un vistazo a las imágenes
de los noruegos-. «Existían muchas posibilidades de escalar, pero
no habían sido aprovechadas. Nunca me había emocionado tanto.
Juré formar un equipo y hacer lo que fuera necesario para escalar estas
montañas.» Es mucho más difícil llegar a la tierra
de Queen Maud, la cual debe su nombre a la querida monarca noruega hija del
rey británico Eduardo VII, que a la zona que rodea al Vinson.
A finales de la década de 1970, Giles Kershaw
y el eminente glaciólogo y explorador Charles Swithinbank hablaron por
primera vez de la posibilidad de utilizar en la Antártida aviones convencionales
con ruedas, sin esquís. Esto permitiría a las expediciones privadas
llegar al continente de manera más eficiente y económica, al acceder
a aeronaves de carga públicas para transportarse (sólo los militares
pilotan los aviones Hércules C-30 provistos de esquís).
La clave de este temerario proyecto consistía en encontrar lugares donde
los vientos fuertes mantuvieran el casquete polar sin nieve, lo que en teoría
haría posible que un avión con ruedas aterrizara sobre una franja
de hielo duro y luego, no menos importante, despegara para iniciar el vuelo
de regreso.En 1987 Kershaw envió un Douglas DC-4 común y corriente
-un avión de pasajeros de cuatro motores y sin esquís- desde Chile
hasta una pista de aterrizaje de hielo duro que él y Swithinbank habían
inspeccionado en las colinas Patriot, cerca del macizo Vinson. Once horas y
43 minutos después, el DC-4 realizó un aterrizaje sin incidentes.
os horas antes de la medianoche del 18 de diciembre de 1996 un Hercules ANI
aterrizó en la pista de Blue 1; Gordon, Alex, Conrad, Rick, Mike y yo
descendimos del avión. Nos recibió el espectral crepúsculo
del verano antártico.
Un viento cortante permitió que el frío
penetrara en mi abrigo. Los picos, que se extendían a lo lejos, sobresalían
del casquete glaciar a semejanza de una flotilla de veleros de granito que fueran
y vinieran por un océano helado. Gordon señaló una magnífica
montaña de elegante perfil que se encontraba a unos 65 kilómetros
al suroeste.
-Es allí hacia nos dirigimos -dijo-. Ése
es el Rakekniven. Alex, quien había realizado escaladas en lugares insólitos
del mundo entero, exclamó con una voz que dejaba traslucir cierta admiración:
-¡Éste es uno de los sitios más asombrosos
que he visto! Setenta y dos horas después habíamos acampado al
pie de la ladera noreste del Rakekniven. Compartíamos una botella de
Wild Turkey para celebrar el solsticio de verano y brindábamos por Giles
Kershaw bajo un sol de medianoche
-Tal vez… -dijo David Rootes, un biólogo inglés que trabajaba
para ANI-, pero es que en este clima frío y árido las cosas tardan
tanto en deteriorarse que es fácil que lo engañen a uno.
La datación por carbono 14 de los restos de otra
foca momificada que se encontró en un lugar cercano a la tierra de Queen
Maud reveló que el cuerpo tenía una antigüedad milenaria.
Ani había contratado a Rootes para que llevara
a cabo un estudio sobre el medio ambiente de la zona circundante al Rakekniven
y evaluara el efecto de las expediciones sobre el ecosistema. Aunque a primera
vista el paisaje obstruido por el hielo parece desprovisto de vida, en realidad
allí existen líquenes, algas, artrópodos diminutos y unas
cuantas especies de aves resistentes. Algunos afloramientos de roca, a sólo
75 kilómetros al oeste, ofrecen refugio a una colonia de 250 mil petreles.
De acuerdo con el protocolo de 1991 sobre el medio ambiente del Tratado de la
Antártida, deberíamos tener «un impacto inferior al secundario,
o transitorio». Antes de embarcamos, firmamos varios documentos en los
que nos comprometimos a llevamos del continente toda la basura y desperdicios
que produjéramos durante nuestra estancia; incluso nuestras heces volverían
a Sudáfrica.
A la mañana siguiente de la instalación
del campamento base, emprendimos el ascenso y en breve nuestro avance por la
pared escarpada fue continuo. Con Alex y Conrad a la cabeza, cada día
ganábamos de 100 a 125 metros en altitud antes de descender al campamento
base, y dejábamos una cadena de cuerdas para luego poder recuperar el
punto alcanzado. Después de cinco días de escalada, nuestras cuerdas
se extendían en línea vertical a 500 metros de altura del glaciar,
de modo que se volvió poco práctico descender al pie de la pared
cada noche. Decidimos establecer un campamento en lo alto de la ladera de vértigo.
Puesto que ésta tenía muy pocas salientes naturales, tendríamos
que dormir suspendidos en cápsulas de nylon. Desde ese campamento colgante
emprenderíamos el ascenso hacia la cumbre.
El tiempo borrascoso nos impidió avanzar durante
parte de la semana posterior a Navidad, pero cuando el 31 de diciembre la tempestad
de nieve terminó, Conrad, Mike y yo subimos por las cuerdas con 100 kilos
de equipo y provisiones, la mitad de lo que necesitaríamos para comer,
dormir y vivir sobre la roca durante los cinco o seis días que, según
nuestros cálculos, tardaríamos en finalizar el ascenso. Alex,
Rick y Gordon subirían un día después -en Año Nuevo-
con otros 100 kilos de equipo.

ALEX LOWE bivaquea cerca de la cumbre del Troll´s Castle (Gentileza Gordon
Wiltsie)
Casi la mitad de nuestra carga colectiva era hielo cortado
del glaciar con mucha dificultad, el cual derretíamos con el fin de tener
agua para beber. Parecía una cruel ironía el tener que llevar
a cuestas un pesado cargamento de hielo estando en la Antártida; la pared
era tan escarpada que prácticamente no se acumulaba nieve o hielo en
nuestra ruta, así que era necesario acarrear parte del glaciar si deseábamos
tener algo para beber.
A la una de la mañana del 3 de enero (la tercera
noche en nuestro campamento colgante), la alarma de mi reloj me despertó
dentro de los confines claustrofóbicos de la cápsula, cuyo espacio
era muy reducido, aunque funcionaba como cocina, dormitorio, cuarto de baño
y comedor para dos personas. Cuando abrí los ojos, los pies de Conrad
estaban sobre mi cara y sus rodillas en mis costillas. Mis manos, cubiertas
de excoriaciones a causa del trabajo duro, sangraban y estaban hinchadas. Justo
encima de nuestras cabezas colgaba la cápsula que Gordon y Alex llamaban
«casa». Oí que derretían hielo en su hornillo de gas
butano.
-¡Vamos a tomar mucho café y a ponemos en
camino! -exclamó Alex alegremente- ya es hora de que lleguemos a la cima!
Cuando salí al frío de la mañana,
Alex, Rick y Conrad ya estaban escalando la ladera a un paso desenfrenado. Los
alcancé cuando faltaban 60 metros para llegar a la cumbre, en un punto
donde la red de fisuras que habíamos estado siguiendo terminaba debajo
de una saliente que sobresalía diez metros de la pared vertical.
Con la esperanza de encontrar un camino para salvar este
obstáculo, Alex descendió un poco, luego se balanceó como
un péndulo humano en torno a un borde afilado. Esta maniobra le permitió
llegar a otra grieta que parecía llevar por encima del impresionante
alero de granito, pero al llegar más alto su cuerda se tensó y
rozó la filosa arista, amenazando con romperse.
-No me gustó la manera en que la cuerda corrió
sobre ese borde -confesó después de haber llegado a una saliente
y fijado las cuerdas para que los demás siguiéramos subiendo-,
pero una vez que hube superado ese obstáculo, no tuve más remedio
que seguir adelante y asegurarme de no caer.
Poco después, Alex salvó con garbo la cima
de la saliente y encontró una losa menos angulosa; por encima de ella
sólo se veía el cielo azul y frío. A las 9:40 de la mañana,
Gordon, Alex, Conrad, Mike, Rick y yo llegamos a la angosta cumbre cubierta
de nieve que señalaba el punto más elevado del Rakekniven. Con
un sentimiento genuino y profundo nos abrazamos.
Resultaba satisfactorio ser los primeros alpinistas en llegar a esa cumbre…
aunque nuestra exagerada vanidad desapareció cuando Conrad señaló
huellas de ave sobre la nieve que pisábamos. Al parecer, el visitar la
cima del Rakekniven no era nada del otro mundo para un petrel.
Reímos al damos cuenta de nuestra presunción y optamos por admirar
el soleado panorama, con ánimo de conservarlo en la memoria. En todas
direcciones se extendía la desolada belleza de la tierra de Queen Maud,
cubierta con un manto de hielo de más de un kilómetroy medio de
espesor. Una infinidad de riscos de granito, empujándose entre sí,
se alzaban en la pálida llanura glacial.
-Tal vez hayamos sido los primeros en escalar esta montaña
-dije Gordon-, pero les aseguro que no seremos los últimos.
