Por Marcelo Cammisa,
enviado especial de Cadena 3 al Rally Dakar
El viaje comienza con el
ascenso en las montañas grises de Copiapó, en medio de la bruma
del Camanchaca que llega todas las madrugadas desde el Pacífico, cubre
las montañas y regala la única humedad que conocerán estas
tierras donde nunca llueve.
A los 900 metros, las gruesas
paredes de adobe de las ruinas de Puquio marcan el rastro de la cultura indígena
de la zona. Caminos pequeños en zig zag trepan rápido la montaña
en busca de las puertas de las minas pequeñas, marcando la dinámica
de la población actual.
En los 1300 metros, el sol
ya nos saluda desde Argentina iluminando el relieve de los cerros del oeste
y convirtiendo en un velo negro el paredón vertical al este de la ruta.
En los 1900 metros, nos
adentramos en el Portezuelo del Salto, una trepada de cornisa en un cañón
de rocas al sol con colores rosa viejo. El agua de los deshielos ha corrido
debajo del camino donde aparecen las primeras vegetaciones.
En el escalón de
los 2100 metros, volvemos a encontrarnos con los montes grises de arena con
formas suaves, curvas, y horizontes más lejanos.
Ya en los 2300, La Cortadera
es otro ascenso abrupto. El camino ha cortado los cerros para llevarnos rápidamente
a los 2.500 metros y allí nos damos con los primeros prados verdes, los
primeros ranchos con animales -caballos y mulas- que pacen en las pampillas.
La vista se recrea en el increíble contraste del gris de la montaña
con el brillo verde fluorescente de la pastura en el sol de estas tierras altas.
Iremos hasta los 3.000 metros
acompañados por estos cerros, pero cuando uno comienza a creer que todos
son iguales, algunos nos enseñan sus pechos rojos, sus crestas rosas
o sus laderas amarillas.
Un cartel reza: "Manitos
de Oro". Sin que nadie me lo explique, la razón se hace evidente
en mis ojos. En el pecho plano de los cerros grises, los cursos del deshielo
han corrido desde arriba hasta confluir en la base, como los dedos de una mano
abierta confluyen hacia la palma. La paja brava ha crecido en las orillas de
estos cursos y, amarilleadas por el riguroso sol, puestas contra el gris oscuro
de la arena, simulan manitos de oro apoyadas en las laderas de los cerros.
La gran mina Can Can y el
cartel de Proyecto Lobo de Marte son otras referencias que nos llaman la atención.
Los 3.800 metros nos introducen
en otro vaivén del camino para subir muchos metros en poco trecho. Aquí,
la montaña se ofrece de color frutilla al este, de color chocolate al
oeste, y más adelante la arena se vuelve color vainilla. Todo un manjar
cromático que mis ojos devoran con fruición.
Una nueva escalera nos invita
a trepar hasta los 4.300 metros. En una pampilla, está la aduana chilena.
Desde el sur nos miran el
cerro Nevado de las Tres Cruces y El Cóndor. Nos contemplan serios y
enjutos de verano desde sus 6.373 metros de altura. Todavía más
al sur, encontramos los inmensos Monte Pissis, de 6.880 metros, y el Cerro Bonete,
que mira hacia Argentina desde sus 6.759 metros.
A los 4.570 metros de altura,
el camino nos conduce por la llanura llamada Piedra Pómez, los Ojos del
Salado, con cumbres de colores claros marmolados y laderas erosionadas que forman
quebradas y cañones de relieves misteriosos, hasta llegar a la maravillosa
LAGUNA VERDE. Su verde esmeralda es tan cristalino como profundo, simula un
espejo apoyado al pie de un cerro color borravino que se mira allí, orgulloso,
desde hace centenares de miles de años.
Vamos subiendo al punto
más alto de nuestra travesía, los 4.763 metros, donde un hito
marca el límite entre Argentina y Chile. Nos vigilan cerros como torres
pintadas de increíbles claroscuros y un enorme volcán, cuyas laderas
de franjas verticales simétricas color habano y té con leche,
parece una flanera dada vuelta a punto de desmoldar su exquisito contenido.
De pronto, las laderas se
hacen suaves y -ahora de asfalto- el camino gris discurre serpenteando por campos
de amarillo azafrán tan extensos como la vista alcance. Una carpeta de
oro, que el cielo diáfano y el sol vertical hacen brillar refulgente,
colocándonos en el escenario de un cuento fantástico que no estamos
muy acostumbrados a creer.
Adelantamos decenas de kilómetros
por la pastura amarilleada donde pace la vicuña. Ésta es la sala
del Rey Sol y las montañas cuidan celosas de esta maravillosa alfombra
dorada, evitando que las pocas nubes que andan dando vueltas abajo lleguen aquí
con los pies "sucios" a poner sus marcas negras sobre el claro piso
amarillo.
Comenzando a bajar hacia
Catamarca, los cerros nos darán un muestrario de colores y formas increíbles.
Ya rosas, ya amarillos o verdes pálidos, lilas. Uno muy alto, en particular,
de arena clara, guarda en el medio de su ladera un manchón mitad bordo,
mitad verde oscuro. Parece una mujer que se cubre la falda con una manta escocesa.
En el final del camino,
para salir de la Sierra del Narváez, atravesaremos una quebrada roja
como el pimentón, escabrosa y profunda como la garganta de un gigante,
y nos encontraremos sobrecogidos durante varios kilómetros creyendo que
viajamos por el interior de las entrañas de un ser, maravillándonos
a cada metro con las formas y los tonalidades de las enormes rocas rojas como
la sangre.
Quietos como ellas, mudos
de respeto, inclinados como el que reconoce a una majestad, se nos ocurre pensar
que la Pachamama nos ha tragado y nos dará un destino mágico en
la salida del camino.
Y así es. A la salida
de este viaje, el blanco arenal de Fiambalá es como la carpeta que dice
"Bienvenidos" en el ingreso al hogar por un portal de roca oscuro,
que enmarcan la Cordillera de un lado y la Pre Cordillera del otro, para entrar,
otra vez a nuestra Argentina.
Ojalá, algún
día, puedan hacer este viaje como nosotros y adentrarlo en sus sentimientos
también.
Los dejo con una advertencia:
ninguna foto les mostrará estas maravillas de la forma en que se ven
con los ojos propios. Les recomiendo con el corazón, a los que puedan,
llevar a pasear sus propias almas por esos lugares.
