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Travesía al avión de los uruguayos en pleno corazón de Los Andes

El 13 de Octubre de 1972 un avión con 45 pasajeros se perdía en la Cordillera de Los Andes en su viaje a Chile. Setenta y dos días después de ello comenzaba a escribirse una historia que llega hasta nuestros días y siempre quedará en el recuerdo. -

ENE
18
2009
HORA
00:10
Noticias/Artículos
Autor: | Redacción de Alpinismonline

 

 

 



La historia real

El accidente del Vuelo de la Fuerza Aérea Uruguaya 571, conocido popularmente como el Milagro de los Andes, ocurrió el 13 de octubre de 1972, cuando el avión militar con 40 pasajeros y cinco tripulantes que conducía al equipo de rugby Old Christians, formado por alumnos del colegio uruguayo Stella Maris, se estrelló en la Cordillera de los Andes en ruta hacia Santiago de Chile.

El mal tiempo les obligó a detenerse en el aeropuerto El Plumerillo, en la ciudad de Mendoza, Argentina, donde pasaron la noche. Al día siguiente, el frente persistía, pero debido a la premura del viaje y hechas las consultas pertinentes, se esperó sólo hasta la tarde, cuando amainaron levemente las condiciones de tormenta.

El vuelo continuó por la tarde del 13 de octubre con destino a Santiago de Chile. La ruta a seguir era vía Paso del Planchón entre las ciudades de Malargüe, Argentina y Curicó, Chile.

Debido a un fatal error del navegante, teniente Ramón Saúl Mártinez, el piloto notificó a los controladores aéreos de Santiago de Chile que se encontraba sobre el Paso del Planchón en Curicó, cuando en realidad se encontraban más al norte, en las cercanías del cerro El Sosneado y del volcán Tinguiririca en la provincia de San Fernando, Chile. Este error de más de 100 km dificultó posteriormente las tareas de rescate.

Este tipo de avión tiene la particularidad de volar con la cola más baja que la nariz, como el vuelo de un ganso. Su techo máximo es de 6800 m y su velocidad de 437 km/h. Al momento de iniciarse el accidente, el Fairchild iba a unos 6000 m de altitud por lo que no sobrevolaba los Andes, sino que los atravesaba por una ruta de alturas intermedias en un corredor aéreo.

El avión comenzó el descenso por instrumentos entre la niebla de una tormenta en desarrollo. Mientras todavía se encontraba sobre las montañas, el piloto creyó, debido a un nuevo error de navegación, que habían ya traspasado el cordón montañoso, siendo que apenas habían traspuesto las primeras corridas de altas cumbres; viró entonces hacia el norte.

El aparato descendió varios cientos de metros de golpe al atravesar sendas bolsas de aire. Ante esta situación, no faltó quien hiciera chistes sobre el incidente, o quien alzara los brazos y vitoreara como en una montaña rusa, o se aventara un balón de rugby. La serie de descensos bruscos hicieron que el avión perdiera más altitud en medio de una nube (perdió casi 1500 m).

Poco después, muchos de los pasajeros cayeron en la cuenta de que el ala del avión estaba muy cerca de la montaña. Dudaron si aquello era normal. Unos momentos después, los pasajeros se miraban unos a otros con terror, otros rezaban, al ver que estaban a unas decenas de metros de las laderas de un encajonado, esperando el inevitable choque del avión.

El Fairchild descendió aun más y se metió en un largo cajón de elevados riscos en medio de una nube neblinosa. Repentinamente, la niebla se abrió, al tiempo de que los pilotos vieron cómo su avión estaba en rumbo frontal de colisión, con la parte final del cajón cerrada por un alto farellón, el Cerro Seler. La alarma de colisión dentro de la cabina se activó, lo que alarmó a pasajeros y tripulación.

La aeronave se enfrentó a un alto farellón que el comandante Lagurara a duras penas y mediante un extraordinario esfuerzo físico pudo salvar por un par de metros; pero golpeó la cola en la orilla del farellón en un pico sin nombre (posteriormente denominado Cerro Seler, por Fernando Parrado), situado entre el cerro El Sosneado y el volcán Tinguiririca, cerca de la frontera entre Argentina y Chile.

El aparato golpeó una segunda vez un risco del pico a 4.200 msnm, perdiendo el ala derecha, que fue lanzada hacia atrás con tal fuerza que cortó la cola del aparato a la altura de la ventanilla Nº 8 de 10 por el lado de babor y Nº 7 por el lado de estribor. Al desprenderse su cola con el estabilizador vertical, dejó abierto tras sí el interior en la parte posterior del fuselaje. De este desprendimiento, salieron al menos dos filas de asientos y al impactar contra la montaña, murieron instantáneamente cinco personas, incluido el sobrecargo, que iban todavía atadas a sus asientos de la cola.

Al golpear el avión por tercera vez en un segundo pico, perdió el ala izquierda, quedando en vuelo únicamente su fuselaje, a manera de proyectil. Éste, aún con velocidad, golpeó tangencialmente el terreno nevado y resbaló por una amplia ladera nevada y empinada de más de 4 km de largo hasta detenerse en un banco de nieve. Dos pasajeros más, atados aún a sus asientos, salieron despedidos por el boquete de atrás.

El golpe de la nariz del avión contra el banco de nieve resultó fatal para los tripulantes de cabina. La fuerza del golpe hizo que el tren de aterrizaje delantero, todavía en su pozo, comprimiera fuertemente la cabina del avión hacia atrás, atrapando a sus ocupantes contra el panel de instrumentos.

Los pasajeros que quedaron dentro del fuselaje fueron comprimidos en sus asientos hacia la parte frontal de éste, que se elevó hasta casi tocar el techo. Muchos pasajeros sufrieron traumatismo encefalo-craneano (TEC), lo que provocó su muerte, mientras que otros quedaron atrapados en sus asientos sin posibilidad de zafarse. Para el resto, el golpe fue amortiguado. Increíblemente, algunos pasajeros resultaron ilesos o con tan sólo heridas leves. Hubo otros pasajeros con heridas internas graves que fallecieron en horas posteriores. De inmediato, Marcelo Pérez, el capitán del equipo de rugby, organizó a los ilesos para ayudar a liberar a los que seguían atrapados y a los heridos, despejando el fuselaje para prepararse para la noche. El piloto Julio Ferradas murió víctima de un TEC y el copiloto Dante Lagurara murió al amanecer del día siguiente.

De las 45 personas en el avión, doce murieron en el accidente o poco después (entre ellos miembros de la tripulación); otros cinco habían fallecido a la mañana siguiente, y el octavo día, murió un pasajero de sexo femenino, de nombre Susana Parrado debido a sus lesiones. Muchos de los fallecidos quedaron comprimidos entre asientos o atrapados por ellos mismos.

Los 27 restantes hicieron frente a las duras condiciones ambientales (-25 a -42 °C) de supervivencia en las montañas congeladas, aún en plena época de nevadas. Durante varios días las partidas de rescate intentaron localizar los restos del avión sin éxito. Incluso algunos aviones estuvieron cerca del lugar, pero muy alto.

Muchos de los supervivientes habían sufrido diversas lesiones cortantes o moretones y carecían de calzado y ropa adecuada para el frío y la nieve. Se organizaron para resistir las duras condiciones imperantes.

La noche del 29 de octubre, a 16 días ya de la caída, una nueva tragedia se cernió sobre el resto del avión y los muchachos, en la noche a eso de las 23.00. Una avalancha de nieve se deslizó y sepultó los restos del Fairchild FH-227D, ingresando por la parte posterior, arrasando el muro provisional y sepultando a quienes dormían en su interior, salvo a un joven, Roy Harley, quien desesperadamente comenzó a cavar en busca de los que yacían bajo la nieve. Pese a los desesperados intentos de rescate por sus compañeros ocho personas murieron ahogadas bajo la nieve, incluyendo el capitán del equipo Marcelo Pérez y el ultimo pasajero de sexo femenino, Liliana Navarro de Methol. Pero, por otro lado, el enterramiento del fuselaje permitió al resto de los sobrevivientes no morir congelados más adelante.

A mediados de noviembre, fallecieron dos chicos más (Arturo Nogueira y Rafael Echavarren) a causa de la infección de sus heridas.

El grupo pudo sobrevivir durante 72 días y no morir por inanición gracias a la decisión grupal de alimentarse de la carne de sus compañeros muertos (practica denominada antropofagia), quienes estaban enterrados en las afueras. No fue una decisión fácil de tomar, y en un principio algunos rechazaron hacerlo, si bien pronto se demostró que era la única esperanza de sobrevivir, muchas consideraciones pasaron por el tema religioso cristiano. Pronto se impuso la regla (o exigencia) de no utilizar como alimento a ningún familiar cercano, ni tampoco a algún fallecido de sexo femenino, como el caso de las dos mujeres Parrado.

En un primer momento quisieron utilizar la radio de la cabina para pedir auxilio pero carecía de energía, pues la batería estaba en la cola que ellos habían creído divisar como 2 km más arriba. Varios de los supervivientes intentaron localizar la sección de cola que había sido arrancada a raíz del primer impacto, esperando poder recuperar las baterías que se encontraban en esa parte del avión. Cuando por fin llegaron a la sección de cola, unos 2 km más arriba, vieron que las baterías resultaban excesivamente pesadas (cerca de 23 kilos cada una) para trasportarlas hasta el fuselaje del avión, por lo que decidieron desmontar la radio de la cabina y llevarla hasta la cola del avión; la batería estaba en buen estado. Además en algunas valijas hallaron chocolates y licores.

A pesar de todos sus esfuerzos no lograron comunicarse con el exterior pues un cortocircuito originado debido al desconocimiento, dañó irreparablemente la radio. Junto con el hallazgo de la cola, también hallaron los cuerpos de dos pasajeros enterrados y unidos a sus asientos.

Para comienzos de diciembre de 1972, el deshielo dejó al descubierto el fuselaje nuevamente y los sobrevivientes pudieron disfrutar de días soleados, bañados con los cálidos rayos del sol. Los supervivientes finalmente vieron que su única esperanza consistía en ir a buscar ayuda. El 12 de diciembre de 1972, Fernando Parrado, Roberto Canessa y Antonio Vizintín parten en busca de ayuda. El tercer día de marcha, Antonio resbala y se crea una lesión, por lo que deciden enviarlo de vuelta. También le pidieron dejara su ración de carne, ya que el trayecto sería más largo de lo calculado.

Diez días y habiendo caminado unos 55 km aprox. después de partir de los restos del fuselaje llegan a la precordillera curicana del sector de Los Maitenes. De haber caminado hacía el lado argentino, habrían tenido que hacer más de 100 km para encontrar un poblado, sin duda habrían perecido.

Recorren un río para vadearlo por casi día y medio y no pueden lograrlo por la crecida del deshielo. Canessa comienza a sentirse enfermo, por lo que Nando debe llevar las dos mochilas. Al amanecer del día siguiente, ven en la otra orilla a un huaso chileno que los observa. Logran hacerle llegar un mensaje escrito donde dicen ser sobrevivientes de un avión siniestrado. El mensaje decía:

"Vengo de un avión que cayó en las montañas. Soy uruguayo. Hace 10 días que estamos caminando. Tengo un amigo herido arriba. En el avión quedan 14 personas heridas. Tenemos que salir rápido de aquí y no sabemos cómo. No tenemos comida. Estamos débiles. ¿Cuándo nos van a buscar arriba? Por favor, no podemos ni caminar. ¿Dónde estamos?”



La travesía

Por Enrique Hollman| Su Blog

No sé qué fue, pero desde aquel entonces durante la infancia total, quedé tocado por esta historia, luego el libro Viven, la película y hasta que muchos años después con mi amigo Manuel, seguidor de esta historia como nadie, dijimos "-VAMOS! "

...Y FUIMOS! . Manuel que conoce de pe a pa todo lo que tenga que ver con "Viven!" y sus participantes, estaba realmente feliz. Gran conocedor de los asuntos de montaña, lideró la expedición que poco a poco fuimos armando. Una gran cantidad de suscriptos se fueron bajando hasta que quedamos solo nosotros dos.

Desde El Sosneado, en Mendoza, recorremos unos 60 km de buen ripio (el auto va bárbaro) por un camino que bordea la rivera este del río Atuel, que va ganando caudal a medida que desciende y suma, suma y suma, a cada rato, de sus afluentes de todo tipo.

Por el camino cruzamos arrieros con sus cabras, precarias viviendas con sus pintorescos corrales y las llamativas "Termas del Sosneado" junto a las ruinas de lo que fue un gran hotel ***** que fue destruido por un avalancha, episodio del cual no tengo casi información; aunque el otro día me enteré que el hotel aún funcionaba en épocas del accidente. Si bien estaba cerrado por el período invernal, los chicos, de haber llegado allí, habrían encontrado víveres y abrigo. El hecho que hallan escapado hacia el oeste y no al este, sólo se comprende una vez estando allí, en el glaciar con su irónico nombre Las Lágrimas, lugar donde finalizó su vuelo, clavado en la nieve, el Fairchild de la Fuerza Aerea Uruguaya... y ver todo el valle tapado de nieve en ese momento, y a allá a lo lejos, el gigantesco cerro El Sosneado. Cerro que se eleva majestuoso a nuestro lado, hacia el este, mientras seguimos recorriendo el camino paralelo al Atuel.

Pasamos el refugio militar Gral Soler y llegamos al famoso puesto. Dejamos el auto, acomodamos nuestro equipo y partimos a enfrentar nuestro primer desafío: "El cruce del Atuel". Muchas horas habíamos deliberado sobre el asunto y nos parecía uno de los mayores impedimentos. El vadeo no presento ningún inconveniente, fue fácil y divertido. La temperatura del agua fría pero muy tolerable.

Así comenzamos nuestro primer día de caminata, el 15 de marzo de 2008, 16 hs. Al rato de caminar un buen trayecto por un llano con suelo muy pedregoso llegamos a lo que nosotros llamamos "cabeza de cocodrilo", un primer cerro donde comenzamos el ascenso por una picada bien marcada hacia la derecha (norte). Sabíamos, por recomendación de Araya, que siempre debíamos buscar " la picada bien alta". Poco tiempo después, estábamos ya en el Rosado, río que constituía nuestro segundo desafío. Nos encontramos con un caudal de aguas blancas mas pequeño de lo que pensábamos pero bravo como un toro, una corriente importante y ¡ por Dios esta sí que estaba fría!!! Dolía el frío!!

Luego de cruzado este río, no vimos que la picada se dividía en dos y tomamos una dirección errónea hacia el sur, en descenso hacia el río Las Lágrimas. Nos preocupaba aquello de "la picada va bien alta"... la nuestra iba cada vez mas baja. Pero siempre dentro de nuestro rumbo y orientación. Un gran trecho recorrido nos convenció, finalmente, de que sí. Este no era el camino correcto. Estábamos remontando el Lágrimas y cada vez más encajonados. Bueno hubiese sido ser pájaros en ése momento, para poder volar de allí... Por alguna razón, no se nos ocurrió volver atrás, tal vez porque no nos gusta desandar el camino andado es que estamos cada vez más enroscados... cada vez más lejos de nuestro rumbo... en la vida, digo.

Así fue que, buscando "la picada bien alta", se nos ocurrió trepar por un acarreo de piedras, piedritas, tierra, tierrita; con una pendiente de unos ¿ 50º ? Mamita! nunca pensamos que ese suelo estaría tan suelto!!! Fueron unos eternos 150 metros(¿?) donde nos tomó la noche... y la montaña que nos decía: nene, microbio, qué haces acá? andá con cuidado... Salimos, tuvimos que dejar parte del equipaje allí... y la comida. Acampamos, con la cabeza gacha, en cualquier lado, "buscando altura" así se llamó nuestro campamento 1.

El día 2 comenzo con el reencuentro de la picada alta y el rescate del equipo abandonado. Con una valentía propia de un héroe, Manuel ejecutó con éxito la misión de rescate de nuestro equipo. Yo me quedé mirándolo, ofreciéndole apoyo táctico. (ni mamado me meto ahí de nuevo).

Luego de almorzar levantamos el C1 y caminamos, bien altos, hasta llegar al río Barroso. Otra vez el frío tremendo del agua y ese dolor insoportable; pero ya expertos en el asunto cruzamos sin dificultad.

Ya en este tramo podíamos visualizar nuestra meta. Al fondo, la nieve, es el glaciar donde se detuvo el avión. Pegadito a la izquierda el "Monte Seller" (su verdadero nombre es Cerro San Hilario). Así llamó Nando Parrado, en honor a su padre Seller Parrado, a la montaña que escaló buscando la salida hacia el Oeste.

Muchas y muy grandes lagunas se observan en éste trayecto, muchas de ellas están conectadas entre si.

Nos llama también la atención, la presencia de rocas con restos marinos incrustados en ellas contándonos que, alguna vez, esto fue el fondo del mar.

Al atardecer, poniéndose el sol y la luna casi llena como testigo armamos el C2 al cual llamamos: "Campamento Las lágrimas". Habíamos llegado nuevamente a dicho río, pero esta vez en el lugar correcto de vadeo. Teníamos frente a nosotros el glaciar y hacia allí nos dirigiríamos al día siguiente. Por la noche la temperatura descendió muchísimo y no pudimos dejar de pensar en las noches de sufrimiento que habrán pasado los sobrevivientes.

La mañana siguiente, día 3, otra vez el sol y un clima mejor imposible que nos acompañó durante toda la expedición.

Una vez desayunados emprendimos la marcha hacia los que llamamos "La Cruz" para lo cual tuvimos que vadear el Lágrimas con nuestro habitual método de congelamiento.

Hay hasta la cruz, un buen trayecto en un ascenso bastante pronunciado y constante, constituyéndose este tramo, posiblemente, en la etapa más "dura" de la expedición. Unos metros mas adelante, Manuel me toma una foto, yo estoy mucho mas abajo. Atrás el Sosneado.

Caminamos siempre para arriba y muy despacio ahorrando energías; la altura aquí se hacia notar en nuestro rendimiento.

A medida que avanzabamos hacia nuestro objetivo, nos confundíamos con el silencio que in crecendo, nos tomaba el alma... y ese casi irreal paisaje... lleno de viento, lleno de misterio.

...fue llegar y callar. Extenuados, emocionados... ante una tumba viva... y comprender y no un montón de cosas. Solo contemplar e imaginar, el pasado que se quedó allí clavado, expresado en esos restos, en esas placas que expresan el dolor, la perdida, el amor, la vida...

Ese día, sólo quedaría regresar al C2 Las Lágrimas, para desmontarlo y llegar, ya de noche, al Barroso donde acamparíamos armando c3 "Barroso", pasar la noche y levantar para caminar luego del medio día, hasta el " automovil base" en el puesto Araya.



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Comentarios (7)


 
7
  Lucas Comoglio
 
12.10.2012
  Yo quiero llegar caminando al lugar del accidente, quiero saber si ustedes hacen escursiones y cuanto cobran de ser asi. Espero su respuesta.
 
04:00
 


 
6
  Octavio Craveri
 
4.9.2009
  no he encontrado gente que documente un viaje similar al que hicieron parrado y canesa en su ùltima expediciòn
 
3:05:
 


 
5
  Walter
 
16.4.2009
  Increible historia, soy Argentino, orguyoso de los hermanos que nos tocaron al lado del rio de la plata. Una historia muy fuerte que quedo grabada en mi memoria desde que supe de ella
 
8:43:
 


 
4
  c@c.com
 
26.1.2009
  Sres. de alpinismonline: Muchas gracias por acordarse de este hecho tan importante para nosotros. Les recomiento a todos leer "La Sociedad de la nieve", es un libro muy conmovedor. Cristina, desde Montevideo.
 
11:09
 


 
3
  Eliana (De Uruguay)
 
24.1.2009
  Una historia que quedará por siempre en el corazón de los uruguayos. Muy emocionante el relato de la travesía, y sobro todo muy respetuoso.
 
20:30
 


 
2
  Ruben
 
23.1.2009
  Como uruguayo y apasionado por esta historia de valor, compañerismo, dolor y por supuesto amor, me quedo con una de las últimas frases del relato de la travesía que resume todo: "...fue llegar y callar. Extenuados, emocionados... ante una tumba viva... y comprender y no un montón de cosas. Solo contemplar e imaginar, el pasado que se quedó allí clavado, expresado en esos restos, en esas placas que expresan el dolor, la perdida, el amor, la vida... "
 
10:58
 


 
1
  HectorG
 
17.1.2009
  Muy bueno el resumen de la nota y el de la travesía de Hollman.
 
12:00
 


 
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