Por Enrique Clausen
Luis
Tarditi: mendocino, 22 años, alumno de 3er año de la E.P.G.A.M.T.
Enrique Clausen: cordobés, 26 años, guía de alta
montaña E.P.G.A.M.T.
Si
hubiéramos sabido la verdadera inmensidad y los riesgos que correríamos,
no habríamos desafiado una de las paredes más grandes
y peligrosas del mundo.
La
pared sur del cerro Aconcagua, tiene tres mil metros de escalada en
roca y hielo. Su inclinación hace muy frecuente la caída
de grandes avalanchas. Nosotros elegimos una de las vías relativamente
más seguras, abierta por unos montañistas franceses en
el año 1954. Va por un espolón que representa ¾
de la pared (sector libre de caídas de avalanchas) hasta el conocido
Glaciar Superior. Después de cruzar caminando el glaciar, se
llega a la base de un segundo espolón, que termina en el filo
sur-este. El mismo lugar donde termina el Glaciar de los Polacos, quedando
aproximadamente a tres horas de la cumbre norte.
Una
de las tantas noches en que nos juntábamos a guitarrear en Plaza
de Mulas, mi amigo Luis Tarditi (Guía de trekking E.P.G.A.M.T.
y porteador) me propuso escalar el filo sur-oeste del Aconcagua. Quedé
dubitativo un rato, y le dije que tenía otros planes: ir a "la
sur". Y luego de pensarlo un momento, levantando su índice
derecho, me contestó: "¡Va!" Y así quedó
formada una nueva cordada.
En mi última expedición como guía, Luis trabajó
como asistente. Estuvimos planificando y averiguando datos sobre la
pared, que resultaron pocos pero precisos. Entonces luego de hacer cumbre
con el grupo, Luis se quedó unos días más en Plaza
de Mulas trabajando, y yo bajé a Mendoza con el grupo. Quedamos
en que nos encontraríamos en Confluencia el 22 febrero ("2006).
Estaba
en Córdoba pidiendo a mi amigo Fernando Flamini unos freinds
y equipo, cuando recibí la llamada de Luis, diciendo que ya estaba
en Mendoza, esperándome para organizar los últimos detalles
de la expedición.
El lunes 27 de febrero por la madrugada tomamos el colectivo hasta la
entrada del Parque Provincial Aconcagua, ese mismo día llegamos
a Confluencia.
Allí permanecimos dos días, esperando que mejorase el
clima y para colmo el pronóstico que nos pasaron, fue: jueves
con fuertes nevadas, viernes despejado, sábado y domingo nublado
con nevadas. Esos días los pasamos haciendo boulder y comiendo
la comida rica que preparaban Constanza y Pamela, las campamenteras
de Confluencia, que nos hicieron el aguante.
El
jueves 2 a la mañana, bajo la tormenta de nieve partimos rumbo
a Plaza Francia, el campamento base para escalar la pared sur. David
un amigo, iría esa misma tarde y nos ayudaría a portear
equipo y comida.
Llegando a plaza Francia, la tormenta tapaba gran parte de la pared.
Lo único que pudimos ver era la gran cantidad de avalanchas que
caían por el canal central, el cual debíamos cruzar para
poder empezar a escalar. Así nos recibía la pared, con
una cara no muy linda.
Esa noche discutíamos qué era mejor: si ir más
pesados y llevar carpa, o ir más livianos con bolsa de vivac.
Yo era de la idea de ir más livianos pero Luis terminó
convenciéndome, y al final se demostraría que fue una
gran idea.
Nosotros habíamos calculado escalarla en tres o cuatro días,
a lo sumo cinco, así que llevábamos comida para esa cantidad
de días. El equipo técnico que llevamos era: una cuerda
de 50 m. y de 8.5 de diámetro, diez cintas express, seis friends,
cinco clavos, tres tornillos de hielo, un jumar y nuestro equipo personal.
Aparte llevábamos, una carpa, dos calentadores MSR, dos marmitas
pequeñas y tres litros y medio de bencina.
El plan, era estar unos días en Plaza Francia estudiando bien
la vía, viendo por donde caían las avalanchas.
Pero
a la mañana del viernes amaneció frío y muy lindo,
así, que a las ocho de la mañana, levantamos nuestro campamento
y encaramos para la pared. No sabíamos cuánto tiempo duraría
el buen tiempo.
Cruzamos por el canal central, por donde el día anterior habían
caído muchas avalanchas. En ese lugar hay que tener un poco de
suerte y rogar que no se desprenda nada de arriba, y encima caen todo
el tiempo piedras y bloques de hielo del tamaño de una pelota
de fútbol, que hay que esquivarlos.
La escalada empezaba por una roca toda descompuesta no muy difícil.
A los veinte metros de comenzar a escalar, a Luis se le desprendió
un bloque de roca, resbaló y quedo agarrado de milagro. Recién
empezaba todo.
Continuaba por un acarreo largo, y después por unas chimeneas
medio escalando y medio caminado por acarreos. Después de eso
venía una chimenea donde había cuerdas fijas, donde nos
teníamos que agarrar sí o sí; si no, no pasábamos.
Esas cuerdas están todas quemadas por el sol, y encima están
agarradas de un solo clavo; es durísimo para la cabeza. Al terminar
esas chimeneas venía una placa con otra cuerda fija: de nuevo
la misma historia. Al salir de ahí fuimos por todo un filo donde
llegamos al primer vivac.
Allí hay dos plataformas muy buenas para poner la carpa. Eran
las cuatro de la tarde y nuestro día de escalada había
terminado. Lito Sánchez nos había comentado que ese día
era el más fácil y más corto, y a nosotros nos
había parecido re duro! ¿Qué nos esperaba si ese
día había sido así?? No teníamos ni idea..!
El
sábado amaneció muy lindo; el pronóstico había
fallado. Empezó con una escalada de placas de roca cubiertas
por una capa de nieve de diez centímetros; de ahí seguía
por un canal de nieve muy largo donde desembocaba en un espolón
de roca muy podrida e inasegurable, que nos llevó a la base de
las grandes torres.
Allí fue el primer largo que empezamos a asegurarnos. Son dos
largos de chimenea difíciles y muy incómodos, porque íbamos
escalando con crampones y una mochila pesada.
En el primer largo puse un friend y después mosquetoneé
un clavo, y seguí. En una parte donde se hacia estrecha la chimenea,
me agarré de un cuerda fija y cuando me estaba levantando la
cuerda se cortó! Volé como ocho metros y de cabeza..!
Cuando la cuerda me paró estaba todo al revés, no entendía
nada. Luis me preguntó si estaba bien y si iba a seguir. Miré
para arriba y le dije que sí. Quería saber qué
seguro me había aguantado la caída: era un clavo viejísimo.
Después de eso ya no me confiaba de ninguna cuerda, pero lo más
duro era que muchísimas veces no nos quedaba otra que agarrarnos
y rezar!
Al final de esos dos largos, hicimos un rapel de cinco metros y entramos
a un gran canal de nieve que nos llevó a un filo que terminaba
en una placa acostada, y después un gran nevé hasta la
base de las famosas areniscas. Ahí montamos nuestro segundo campamento.
Esa noche no pudimos dormir bien; era un concierto de avalanchas y en
el techo de la carpa se sentía el golpeteo de piedras que caían.
Con Luis nos mirábamos y por dentro pensábamos "¡Por
Dios, que no sea acá!"
La
mañana del tercer día amaneció despejada. Teníamos
otro día de buen tiempo. El pronóstico se había
equivocado de nuevo. Todos los días tardábamos entre que
nos despertábamos hasta que empezábamos a escalar cerca
de dos horas. Todos los días igual; no podíamos bajar
ese tiempo.
Las areniscas son todos canales de roca de buena calidad que se parecen
a un queso gruyère; el único problema es que no se puede
asegurar casi nada. Salimos de nuestro último vivac, llegamos
a un lugar donde salía un canal muy fácil hacia la izquierda,
y le dije a Luis que me parecía que ese canal no era, sino que
era otro más a la izquierda. Bajamos un poco y tratamos infructuosamente
de entrar en otros pero era imposible; así que volvimos sobre
nuestros pasos y entramos en el primer canal.
Llegué a un primer relevo donde me encontré con un estribo,
muy viejo (lo deben haber dejado los franceses, la primera vez que subieron!)
El siguiente largo era un espolón, pero no muy difícil;
después siguió otro largo, con un canal de roca agarrándonos
por cuerdas fijas que desaparecían en tramos en un hielo cristal
muy duro. Llegamos a un espolón de roca difícil, sin poder
poner ningún seguro. Cuando terminamos ese largo miramos con
Luis y vimos el último tramo de "las areniscas". Son
cascadas de un hielo gris oscuro y duro muy verticales. No sabíamos
por dónde entrar. Me metí por un mixto que me llevó
a la base de una pared de unos tres metros, extraplomada, imposible.
Lo único que había allí era un clavo para asegurarse
y dos cuerdas fijas de dudoso estado. Tardamos mucho tiempo en intentar
poner un clavo, y el intento fue inútil. Teníamos que
colgarnos de ese único clavo y confiar en la suerte una vez más.
Nos enfriamos mucho los dedos; ni se sentían y dolían
bastante. Esa parte fue muy difícil. Por una cuerda colocaba
un jumar asegurado al arnés, y de la otra me levantaba al mejor
estilo Batman. El entumecimiento de las manos por el frío hacía
casi imposible levantarme. Era terrible el esfuerzo que tenía
que realizar, y además sentir que en cualquier momento se cortaba
la cuerda de nuevo. La situación era terrorífica...
Cuando llegué a la reunión, me aseguré y le pasé
el jumar a Luis. A él también le costo muchísimo
pasar. Por fin podíamos ver la pared del Glaciar Superior, nuestro
próximo gran desafío. Caminamos por todo un filo que llevaba
a la base de la pared del glaciar.
Cuando llegamos al pie de la pared, no teníamos idea de por dónde
entrar. Teníamos enfrente una pared de hielo de unos treintas
metros de alto, y 90 grados de inclinación !!!
Me metí por un lado que parecía accesible, puse un tornillo,
y a los tres metros me tuve que volver porque era imposible pasar por
ahí. Le dije a Luis que me bajaba y que iba a intentar por otro
lado.
Se veía un espolón un poco más fácil, pero
la montada era muy difícil porque la pared estaba separada por
una grieta de un metro. Finalmente me pude subir, y a los quince metros
monté una reunión y aseguré a Luis.
Después de eso, seguía una travesía a la derecha
de unos diez metros vertical, hasta una fisura de unos treinta centímetros
de ancho y unos diez metros de largo; 90º de inclinación
muy difícil. Cómo pasé sin caerme, todavía
no me lo explico! Después de esos diez metros letales, la grieta
se convirtió en un canal que se hacía caminando, pero
que se cortaba al final en una pared de unos ocho metros, bastante vertical
pero mas fácil que la anterior. Aseguré a Luis y escalé
la pared. Cuando llegué arriba, no lo podía creer... nos
habíamos montado al glaciar!
Después de tres días podía ver la cumbre! Un alivio
muy grande, porque ya podíamos ver el final. Hasta ese día
nuestra cumbre había sido la pared del glaciar.
Hicimos unos cien metros y montamos nuestro tercer campamento. Estábamos
súper contentos. Habíamos superado uno de los tramos mas
difíciles de la vía. Sólo nos quedaba cruzar el
glaciar y el espolón de los franceses, que sabíamos que
era difícil.
El
cuarto día amaneció muy lindo pero muy frío. Desmontamos
nuestro campamento y empezamos a caminar. Luis hacía un esfuerzo
enorme abriendo huella, porque la nieve nos llegaba hasta la cintura.
El avance se hacía muy lento y tedioso; la impotencia que sentíamos
era muy grande porque avanzábamos a paso de tortuga.
El glaciar superior es enorme; por donde mirábamos había
hielo. Nos sentíamos muy pequeños e insignificante ante
esa grandeza. Después de caminar unas seis horas con la nieve
hasta la cintura, llegamos a un lugar donde teníamos una gran
rimaya que formaba un anfiteatro y cortaba nuestro camino hacia el espolón.
Lo teníamos como a doscientos metros a la derecha, pero el único
paso a esa rimaya lo teníamos a nuestra izquierda, a quinientos
metros, debajo de la pala Messner; y de ahí teníamos que
realizar una gran travesía a la derecha hasta la base del espolón.
Escalamos una rimaya de unos cuatro metros y de ahí nos dirigimos
hasta un gran puente de hielo, debajo de la pala Messner. El riesgo
de avalancha ahí es muy alto, pero nosotros estábamos
tan cansados, que sólo caminábamos resignados, y sin pensar
en el riesgo que corríamos.
Caminamos a lo largo de una grieta enorme hasta un puente de hielo.
Primero cruzó Luis asegurado y después yo. Ya sin sensibilidad
en los dedos de los pies por el frío, caminamos una hora y media
más, hasta montar nuestro cuarto campamento.
Una vez dentro de la carpa, nos quitamos las botas y ocurrió
lo peor, teníamos los dedos congelados ! Lo peor eran los dedos
gordos, eran una masa de hielo sin sensibilidad y blancos como un papel..!
Prendimos los calentadores y estuvimos un buen rato descongelando nuestros
dedos. Cuando la sangre empieza a circular el dolor es muy intenso;
se siente un fuego dentro de los dedos que duele muchísimo.
La autoestima la teníamos por el suelo. Estábamos muy
cansados, con los dedos congelados, y sabíamos que al otro día
nos esperaba una escalada muy dura y a mucha altura, y encima el buen
tiempo parecía que nos iba a abandonar. El panorama no era muy
alentador.
El
quinto día amaneció nublado. Los dedos dolían mucho
y ponerse las botas era un suplicio, pero a los diez minutos de caminar
el dolor desaparecía porque se habían vuelto a congelar
y a perder la sensibilidad.
Lito nos había dicho que cuando ellos subieron habían
esquivado parte del espolón por un canal de hielo que va al izquierda
del mismo, y así lo hicimos. Es una plancha de hielo de unos
trescientos metros de altura con una inclinación de 75 grados,
pero de un hielo muy bueno. Recorrimos esos trescientos metros, donde
teníamos dos opciones: irnos a la derecha, salir al espolón
y empezar a escalar en roca, o seguir derecho por un canal de hielo
más chico que parecía salir más arriba, a la derecha
al espolón.
Para entonces estábamos metidos en una tormenta, y decidimos
seguir derecho, porque ahí estaríamos más protegidos,
mientras que en el espolón soplaría el viento muy fuerte.
Ese canal no duró mucho. Se convirtió en una chimenea
asquerosa, toda podrida y difícil. Fue el momento de más
tensión que pasamos con Luis. Ya muy cansados y con un frío
que te cala los huesos, no podíamos parar de tiritar, con los
nervios de punta. Eso sí ya era demasiado para nosotros...
No me lo voy a olvidar en mi vida: yo estaba como a un metro arriba
de Luis, a punto de caerme, sin asegurarnos y expuesto a una caída
mortal... y en ese momento se me desprendió un bloque de piedra...
Logro sostenerlo con una mano, y le grito:
"¡Luis se me cae una piedra!"
"¡No!! Que no se te caiga!"
La acomodo un poco, parecía que se quedaba, pero de golpe se
desprendió y le pegó a Luis justo en el codo. Fue horrible.
Los dos gritábamos; la tormenta soplaba como nunca. Luis movió
el brazo y me dijo que estaba bien, pero que me apurara porque no aguantaba
más y que ya se caía..! No se cayó porque es un
tipo fuertísimo; otro seguro que no hubiera aguantado tal golpe.
Logré pasar ese tramo; veía a un metro una fisura buena
para poder poner un friend, y cuando me estoy levantando, se me resbala
un pie y quedo haciendo equilibrio, con un pie y sin manos..! No parábamos
nunca de pasar miedo!
A esa altura, los factores como la fuerte tormenta, el cansancio, la
deshidratación, el frío, el miedo, maniobrar el equipo
con guantes, hace que la escalada se torne muy difícil, y te
preguntás cuándo va a terminar esa pesadilla, porque realmente
no sabés cuánto tiempo tu cabeza y tu cuerpo aguantarán.
Llegó Luis a la reunión, nos calmamos un poco, e hicimos
una gran travesía de hielo a la derecha para salir al espolón.
La tormenta no paraba de azotarnos con viento y nieve que se nos metía
dentro de la campera y nos congelaba.
Seguimos por una cara del espolón. No sabíamos a que altura
estábamos porque no se veía nada ni para arriba ni para
abajo. Sólo pensábamos en escalar para arriba y nada más.
Seguía por una placa de bloques rojos, pegados entre sí
por hielo. Ahí más o menos pudimos asegurarnos, pero de
nuevo se desprendió otro bloque... que fue a parar a las costillas
de Luis, sin llegar a causarle daño.
Se hacía tarde y todavía no salíamos al filo. A
veinte metros vimos un lugar que parecía estar bueno para montar
la carpa, pero al llegar era muy vertical.
Totalmente exhaustos los dos, escalé por una chimenea a la izquierda
que me llevó a la base de una fisura ancha donde monté
una reunión. Llegó Luis, y yo salí de nuevo para
arriba. El corazón me latía súper agitado. Estábamos
muy alto, deshidratados y el esfuerzo por escalar era terrible. Yo tosía
mucho, y en un momento empecé a escupir sangre.
Pensé que mis pulmones habían estallado y que tenía
un edema de pulmón, y llorando grité:
"¡Luis me edemé! ¡No me quiero morir tan joven!"
Y él me contestó: "¡Quique montá una
reunión que voy para allá!"
"¡No!" le contesté, y empecé a escalar
como un loco para arriba, tirando un montón de piedras sin tener
conciencia de lo que hacía... y de pronto me encontré
con la nieve..! ¡Había salido al filo! ¡No lo podía
creer!
Seguía llorando, no sé si por alegría o por la
noche terrible que nos esperaba. Por fin llegó Luis, y le dije
que me sacara de ahí porque ya no daba más. Caminamos
unos metros y montamos sobre el filo nuestro quinto y último
campamento.
Ya metidos en la carpa me tranquilicé un poco, y nos dimos cuenta
que no estaba edemado, y que era la garganta. A veces la cabeza te juega
malas pasadas.
Ya no teníamos mucho combustible y decidimos descongelarnos los
dedos de los pies antes que derretir nieve, una decisión muy
dura; no tuvimos cena y tampoco desayuno a la mañana siguiente.
Esa noche el viento sopló muy fuerte; no paró nunca.
Amaneció
despejado, pero el viento seguía soplando muy fuerte. Tuvimos
que vestirnos por turno, uno aguantaba con la espalda en la pared de
la carpa las embestidas del viento, mientras el otro se cambiaba. El
viento era tan fuerte que era imposible desarmar la carpa, así
que decidimos abandonarla. Cuando la soltamos se fue volando.
Caminar se hacía muy duro. El viento nos tiraba al piso y estaba
muy frío. Nos sentíamos mas tranquilos porque los dos
ya habíamos hecho ese tramo cuando escalamos el glaciar de los
polacos.
El viento seguía siendo terrible, pero a cien metros de la cumbre,
paró. Como por arte de magia, no soplaba más; fue muy
raro. Fue como si la montaña nos hubiera dicho: "Está
bien muchachos, los dejo pasar; esta fue mi peor cara."
Eran las doce y media del medio día y nosotros estábamos
en la cumbre, llorando como nenes. No lo podíamos creer. La lucha
contra la pared sur había terminado y estábamos vivos.
El camino que nos quedaba ya lo conocíamos muy bien; ya nos sentíamos
como en casa.
Llegamos a Nido de Cóndores y nos recibieron el zapatito (un
porteador amigo), Chuqui y David (de la patrulla de rescate). Nos convidaron
té y un pedazo de asado congelado excelente.
Los tres nos ayudaron a bajar las mochilas hasta Plaza de Mulas, y allí
nos recibió el Gato, un gran amigo, y Miqui, un guía amigo
que nos trató los dedos como si fuera el mejor médico.
Fue una gran suerte que el estuviera allí.
Esa noche dormimos en Guardaparque, y a la mañana siguiente muy
temprano bajamos en helicóptero. Llegando a Horcones Luis me
tocó el hombro y me señalo a un costado: fue una imagen
increíble, ver la pared en toda su inmensidad, bañada
por los primeros rayos de sol..! Parecía una película;
no lo podía creer. Habíamos estado seis días metidos
en medio de la demencia, y estábamos vivos. Sólo nos cobró
un par de dedos congelados, pero no muy graves.
Tomamos un buen desayuno en la casa de Guardaparques de Puente del Inca,
y después nos tomamos el colectivo a la ciudad de Mendoza, donde
con gran sorpresa, nuestros amigos nos estaban esperando.
Ya en el hostal, sentados con los pies puestos en agua caliente y Pervinox,
relatando lo que habíamos vivido a nuestros amigos, pudimos relajarnos.
La escalada a la pared sur del Aconcagua había terminado