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Domingo 19 de Mayo de 2013
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| ¿Mallory-Irvine 1924? En el año 1924 George Mallory y Andrew Irvine abrieron una grieta en la historia de conquista del Everest, dejando una incógnita que llega hasta nuestros días y que probablemente, nunca llegará a develarse. -
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Fotografía de George Mallory y Andrew Irvine en el momento previo al inicio de su epopeya. Tomada probablemente el día 7 u 8 de Junio de 1924 en el campamento base del Everest. "Toda la arista somital y la cumbre del Everest se hallaban despejadas. Mis ojos quedaron fijos en el pequeño punto negro que se recortaba en una cresta de nieve situada debajo de un resalte rocoso de la arista; el punto negro se movió. Entonces apareció otro punto negro que se desplazó por la nieve hasta reunirse en la cresta con el primero. Éste se aproximó entonces al gran escalón rocoso y al poco apareció en lo alto; el segundo le imitó. Entonces toda aquella fascinante visión se desvaneció, una vez más, envuelta en nubes". Noel Odell, desde el campamento base del Everest, Junio 1924. George Mallory No sería aventurado afirmar que el espíritu de George Mallory encarnaba el sentir de toda una época de cultivados exploradores de impetuosidad victoriana. Después de 75 años se descubrió su cuerpo en busca de la solución a un enigma histórico del alpinismo. ¿Por qué? "Porque está ahí". Cuántos días caben en un minuto? En los de C, una eternidad. Sus ojos contemplaron el Everest cuando apenas nadie lo había visto, y desde luego nadie como él pudo subirse antes a sus deseadas faldas. A la salida de la I Guerra Mundial, sus felices años 20 se desplegaron en tres expediciones descubriendo palmo a palmo la montaña que quiso escalar "porque está ahí", vestido con su chaqueta de lana, dibujando en su retina una línea de escalada, impregnándose del paisaje que le ofrecían las agujas del mundo, el Cho Oyu, el Makalu, los Kangchenjungas que querían, como el mismo Everest, seguir poniendo un poco de la Tierra allí donde comienza el resto del universo. Su espíritu inquebrantable le acompañó en las nieves del Chomolungma hasta llevar su cuerpo a la muerte, como escribieron sus coetáneos. Allí estaban sus energías, su fuerza vital, su capacidad como alpinista, sus dotes de liderazgo. Tampoco pudo ni quiso irse al remoto Tíbet sólo con su lado primario, el de hombre duro que tenía que resistir cuanto le echaran, y dejar en Inglaterra su yo emocional, la parte sensible que le llevaba a compartir textos de Shakespeare con un compañero de expedición, o a reconocer en las plantas, "que crecen como si les gustara crecer disfrutando de la lluvia y el sol", la alegría de la vida; ni tampoco las vívidas imágenes íntimas que arrullaban su ser maltrecho cuando descendía de aquellos agotadores e inhumanos glaciares y encontraba, bajo sus pies, las mismas flores entre las que Ruth, su esposa, caminaba en Inglaterra. Allí había quedado ella con sus hijos, y hacia ellos, cualquiera que fuera la dirección de sus pasos, sentía que se acercaba un poco más, sobre todo durante la marchita expedición del 21. Puede que George Mallory careciera de la fortuna de vivir sin contradicciones, pero, como un personaje shakespeariano, con la intensidad de sus minutos otras vidas construirían días. Aunque Mallory sea al Everest como Whymper al Cervino, los alemanes al Nanga Parbat, o los polacos a la sur del Lhotse, el caso es que dos de las tres veces que le plantearon unirse al grupo le costó tomar la decisión de aceptar. Dejar su trabajo de maestro no le importaba tanto como abandonar de nuevo a su familia, a la que apenas había visto a causa de la guerra, o como el propio temor que provocaba la obsesión por el techo del mundo en un espíritu que no se dejaba vencer como era el suyo. Acabó siendo el único alpinista que participó en las tres expediciones que se organizaron en los años 20, las tres primeras de la historia. Fue entonces cuando se destruyó el mito de la inaccesibilidad del Everest. Sobre él se construyó el de George Mallory. Sus inicios Comenzó a escalar por los árboles y siguió por los muros de la casa de sus padres, la residencia de un cura de Chesire; no se olvidó de incluir entre sus ascensiones tempranas algunas montañas bajas y sin dificultad que tenía cerca. Por fin, en 1904, con 18 años, su tutor del colegio, Graham Irving, le llevó a los Alpes y subieron al Mont Blanc, entre otros. Irving tenía múltiples temores sobre la viabilidad de su proyecto educativo, que le parecía como meterse en un campo de minas. Reconocía, por un lado, que no estaba capacitado para guiar a jóvenes por las montañas, pero aún le asustaba más que le acusaran de corrupción de menores. Su primer temor se confirmó, pues, cuando en 1909 decidió publicar sus experiencias, le llovió la crítica. Y uno de sus enfrentados era un escalador de mucho prestigio: Geoffrey Winthrop Young. El nivel al que escalaba Young, compañero habitual de Josef Knubel, no fue superado por los escaladores británicos hasta después de la II Guerra Mundial. Al tiempo que comenzaba la polémica con Irving, un amigo común le presentaba a Mallory. Lejos de enfrentarse, surgió entre ambos una fuerte amistad. No les unía sólo su visión casi mística de las montañas o del movimiento en la escalada o el placer por cultivar el cuerpo, también coincidían en literatura, poesía, dialéctica, y en una visión idealizante y humanista del mundo. Young, que llamaba a su amigo Gallahad en alusión al caballero del rey Arturo, fue quien tuvo las palabras clave para inclinar a Mallory hacia la expedición del 21. "Será una gran aventura y vivirás experiencias únicas para la carrera de escritor en la que piensas". La vida del Mallory veinteañero giraba entre su círculo de amistades de la Universidad de Cambridge, donde llevaba una intensa vida intelectual; por ejemplo frecuentaba al denominado grupo de Bloomsbury, y fundó y actuó en la Marlowe Dramatic Society. Con Young, diez años mayor, se integró en el mundo de los escaladores demostrando, por un lado, sangre fría ante al menos un par de situaciones que podían haber sido mortales, y, por otro, un arrojo que le causó alguna caída. Ésta fue una crítica que se repetirá a lo largo de su carrera. Durante la expedición de 1921 le acusaron de correr riesgos no deseados con porteadores inexpertos. Para otros era una muestra de su gran capacidad de liderazgo: sabía que la clave del éxito era inundar de confianza a quien escalaba con él. El Verano de las esperanzas marchitas El
verano de 1921 fue el de las esperanzas marchitas. Toda la información
que iba llegando con puntual retraso día tras día hacía
pensar que el hombre se había encontrado con la montaña
imposible. En mayo, el grupo partía de Darjeeling, al norte de India. La caravana tuvo que dar un gran rodeo ante la prohibición de cruzar por el reino de Nepal. Por el borde oriental de Sikkim, entraron en Tíbet y desde el norte avanzaron hacia el Everest. Pronto, comenzaron a caminar fuera de cualquier mapa. El Tíbet, que había seducido al disfrazado Noel, a Mallory le produjo tanto desagrado como sus gentes, que ahora les escoltaban. La
presión fronteriza entre China y Tíbet (los tibetanos
acababan de degollar a la mayoría de los chinos residentes en
su país) inclinaban al Dalai a buscarse amigos poderosos por
si sus vecinos contraatacaban. Además, un diplomático
británico estudioso de su cultura había labrado una relación
de amistad con Su Santidad. Ese trato fue fundamental para conseguir
este ansiado salvoconducto: "Que los funcionarios y jefes de Pharijong,
Kampa, Tin-ki y Shekar sepan que un grupo de sahibs ha de venir a la
montaña sagrada Chomolungma.... Présteseles ayuda y salvaguardia...
Ya se ha pedido a los sahibs que observen las leyes el país cuando
visiten Chomolungma y que no maten pájaros ni otros animales,
lo que afligiría mucho al pueblo... Su Santidad el Dalai Lama
se encuentra ahora en relaciones muy amistosas con el gobierno de la
India...". Mallory
ignoró la pequeña boca del glaciar este de Rongbuk. Retrocedió
y rodeó por el valle de Khampa. Desde allí, vio el ansiado
Collado Norte que daba acceso a la montaña y a sus pies ese glaciar
por donde debían haber entrado dos meses antes. Fue el gran descubrimiento
que ansiaban, pero les había costado mucho esfuerzo y asumir
riesgos por los que fue criticado. Para entonces, septiembre estaba
a punto de terminar. Cuando se decidió llevar a cabo la expedición del 21, el presidente del Alpine Club se comprometió con el promotor de la idea, sir Francis Younghusband, a encontrar escaladores jóvenes y capaces. De entrada le dijo tener a dos, George Mallory y George Finch. Contó con el primero, pero el segundo fue rechazado en el examen médico. Finalmente, tampoco hicieron falta muchos buenos escaladores. Con uno, Mallory escalando las palas nevadas de su Pico Norte o para encontrar el que denominaron Paso del Noreste (Collado Norte) bastó. Aquella expedición bastante tuvo con abrir un camino hacia la montaña como para además ascenderla. Sin embargo, en el fondo, ésa era la esperanza que se abrigaba: una aproximación más rápida y un ataque brillante, imperial. De hecho, cuando Mallory llegó al Collado Norte después de tallar 500 escalones aún creía que al día siguiente intentaría la cima. Mientras, en Europa, toda la información que había ido llegando con puntual retraso a lo largo de un verano hacía pensar que el hombre se había encontrado con la montaña imposible. Para el alpinismo británico, fue el "verano de las esperanzas marchitas". Reverdecieron algo cuando Mallory encontró ese paso, pero su cálculo de probabilidades era desalentador: cincuenta contra una. 1922, el sentimiento de lo posible "En
1922 se tomó la decisión de intentarlo con y sin oxígeno.
Se construirían unos equipos fiables y ligeros. Los equipos se
fabricaron, eran tan ligeros como una mochila de 15 kilos y al final
sólo dos no se habían estropeado." El
cómo y el cuándo eran la incógnita. Y en esta nueva
dimensión, la expedición de 1922 iba a escribir la página
en la que se escala por primera vez por encima de los 8.000 metros.
No fue lo suficiente para el Everest, pero este récord de altura
refrendaba las teorías. Primero lo consiguió Mallory sin
usar oxígeno y después George Finch, el australiano desahuciado
de la expedición de 1921 por su físico, utilizándolo.
El endeble Finch podría incluso haber aportado más cosas.
Por ejemplo, él rechazó el uniforme oficial de la expedición,
los trajes de tweed (punto de lana) y a cambio propuso utilizar -él
así lo hizo- una chaqueta hecha de tela de globo y rellena de
plumón. Los demás rechazaron su idea. Después de
la II Guerra Mundial, entre otras mejoras, se adoptará una indumentaria
similar. Además,
los médicos afirmaban entonces que no se podía vivir por
encima de 6.000 metros, excepto descendiendo frecuentemente. La expedición
de 1922 derribó esa teoría al pasar mucho tiempo a mayor
altitud: acababa de descubrir la aclimatación. Ésa
era la pauta. Y el que estaba encargado de que se respetara o permitir
su transgresión en 1922 era el general Charles Bruce. Él
ya estaba al final de una carrera alpinística que incluyó
escaladas en solitario, o con Younghusband, Martin Conway, A.F. Mummery,
entre otros, después de vivir 30 años en la India, de
haber propuesto la primera expedición al Everest en 1893 y haberse
pateado innumerables valles y montañas del Himalaya. Los personajes
de la expedición del 22 eran al menos tan increíbles como
los del 21. Tal vez más escaladores. Repetía Mallory,
estaba Finch, Somervell, Norton, y como cámara e historiador
le dieron su oportunidad de ver el Everest al John Noel que nueve años
antes se había colado en Tíbet. "En mi vida me siento
más dichoso ni más fuerte que cuando estoy en lo alto
de los glaciares", contestaba Noel cuando alguien le preguntaba
sobre el sufrimiento del esfuerzo. También iba un no escalador,
Geoffrey Bruce, joven primo del general, con la misión inicial
de encargarse de sherpas y transporte. A Mallory también le llegó su turno. Junto con Somervell, Norton y Morshead batieron el récord de altitud del duque de los Abruzzos y durmieron, es decir pasaron una terrible noche azotados por el viento, a 7.600 metros. Fue un intento sin oxígeno con Mallory en cabeza tanto el día anterior, cuando salieron del Collado Norte, como el siguiente beneficiándose de su secreto, su método de respiración. Aunque era un buen escalador de roca, él prefería la nieve, y en las ascensiones alpinas había desarrollado una técnica que consistía en respirar acompasando el paso de modo que conseguía inspirar más aire. Ésa era la teoría, pues, en la práctica, no le contó el cómo a nadie. Mallory y su grupo, sin Morshead, llegaron a 8.000 metros y regresaron. Evidentemente había que montar un campamento más, y ellos habían salido sólo con sus víveres. Recogieron a su compañero que se encontraba bastante peor que cuando lo dejaron y a quien tuvieron que ayudar constantemente. Bajaron hasta el Collado Norte adonde llegaron, después de haber saltado grietas, tallado escalones y arrastrado sus culos, sin luz a las once de la noche. Norton, con una oreja congelada. Morshead, con mal de altura, le debía la vida a Mallory. Al día siguiente, cuando continuaron el descenso, se cruzaron con Finch y Geoffrey Bruce que subían con John Noel. Ellos sí usaban oxígeno. Mientras Noel filmaba desde el Collado Norte, éstos continuaron la ascensión atravesando hacia la derecha, hacia el Gran Corredor, en lugar de seguir por la línea de Mallory. Superaron en altitud la cota conseguida por su compañero, y de repente el oxígeno de Bruce se atoró en su mecanismo. Finch regresó a toda prisa antes de que cayera ladera abajo, y tuvo que pasarle su tubo mientras intentaba resolver la avería. Ahora era él quien no tenía oxígeno y se sentía morir. Se acordó de que llevaba un adaptador en forma de T, lo acopló y así pudieron respirar los dos del "aire inglés" mientras el australiano, uno de los pocos expertos en manejar las botellas, lo arreglaba. Hicieron un intento de proseguir, pero a 8.300 m se dieron cuenta de que habían agotado sus fuerzas. La expedición se estiraba. Por arriba, Mallory y Howard Somervell, su cómplice shakespeariano, eran los únicos que se habían recuperado; junto con Crawford intentarían de nuevo la ascensión. Por abajo, los damnificados por el Everest se retiraban del combate para curar sus heridas: Finch, Longstaff, Morshead, Strutt. Aunque, en principio, se habían planteado continuar la expedición en otoño si no se tenía éxito en primavera, la pérdida de efectivos no hacía presagiar que se cumpliera. Además, un alud se encargó de tomar la decisión de retirada: los tres sahibs se salvaron porque iban en cabeza hacia el Collado Norte, pero mató a siete sherpas. Los lamas de Rongbuk, complacidos en el cumplimiento de sus profecías, añadieron un nuevo fresco a las paredes de su monasterio: entre lo más terrible de la mitología tibetana, el hombre blanco yacía desnudo derrotado por la diosa Chomolungma. 1924,
comienzo del mito Mallory
trabajó durante 1923 en la tarea de promocionar la segunda expedición
escaladora del Everest con su gira por América. Allí,
donde personajes influyentes opinaban que subir esa montaña no
sería más útil que dar patadas a un balón,
tuvo lugar un diálogo que pasará a la historia. A
los veteranos se añadieron jóvenes. Entre ellos Andrew
Irvine, de 22 años, además de ser un diestro mecánico
de aparatos de oxígeno, se había comportado de forma admirable
en dos expediciones al Polo. A estas virtudes y su atlética constitución,
oponía su inexperiencia en la montaña. Precisamente
durante un periodo en que arreció el temporal, cuatro sherpas
que estaban realizando abastecimiento en condiciones muy duras, se quedaron
aislados en el Collado Norte. Al cuarto día, a pesar de que las
condiciones de la montaña seguían siendo funestas, los
tres sahibs fueron en su rescate, aunque la sensación general
era que nadie volvería. Mallory tuvo que reabrir la Chimenea,
paso angosto y vertical que había descubierto y equipado con
una escala para evitar los aludes mortales de la expedición anterior.
Consiguieron llegar hasta ellos, y tuvieron que bajar de noche ayudando
en cada paso a unos seres aterrorizados por haber pasado cuatro días
a solas con sus dioses enfadados. Rescatadores y rescatados se desplomaron
en cuanto vieron que desde el campamento base habían salido en
su busca. El turno de Mallory e Irvine comenzaba en palabras de Norton "como una empresa desesperada". El propio Mallory escribió: "La suerte está echada. De nuevo por última vez avanzamos por el glaciar de Rongbuk en pos de la victoria o de la derrota final". Lo hacía con sus últimas fuerzas, después del desgaste sufrido. A juicio de John Noel, en cuya tienda había permanecido sus últimos días en el campamento base apenas sin salir del saco, no estaba en su mejor momento. Noel Odel y Hazard les cubrirían las espaldas desde el Collado Norte. El primer objetivo de Mallory tuvo éxito. Instalar el último campamento, el C6, más alto que nunca. Fue a 8.160 metros en las proximidades de la arista noreste. Una vez montado, mandaron a los porteadores hacia abajo. Para el día siguiente, partiendo desde tan arriba y con el temperamento madrugador de Mallory, todos confiaban en que les daría tiempo de llegar a la cumbre. Desde su nido de águilas fotográfico, John Noel sabía cómo iban a proceder y les seguiría con sus telescopios y cámaras. Miró y miró pero no encontró nada. Noel Odell salió dos veces en su busca en dos días sucesivos. Por dos veces, una sin oxígeno, subió hasta el C6 esperando encontrarles y no fue así. Él estaba convencido de haberles visto llegar al Segundo Escalón, aunque cuatro horas más tarde de lo previsto. Por ello estimaba que consiguieron subir y que perecieron después. La última escena vista por Odell constituyó el alimento de todos: "Toda la arista somital y la cumbre del Everest se hallaban despejadas. Mis ojos quedaron fijos en el pequeño punto negro que se recortaba en una cresta de nieve situada debajo de un resalte rocoso de la arista; el punto negro se movió. Entonces apareció otro punto negro que se desplazó por la nieve hasta reunirse en la cresta con el primero. Éste se aproximó entonces al gran escalón rocoso y al poco apareció en lo alto; el segundo le imitó. Entonces toda aquella fascinante visión se desvaneció, una vez más, envuelta en nubes". El deseo de la cumbre que los expedicionarios del 24, herederos de los extraordinarios esfuerzos del 22 y del 21, merecían se mantuvo vivo hasta 1933. Entonces, quienes llegaron hasta la base del Segundo Escalón tuvieron que bajar para contar lo inexpugnable que les pareció. Además, localizaron el piolet de Irvine por debajo del Primer Escalón, perdido lógicamente en el descenso. Así las cosas, no les podía haber dado tiempo a subir y bajar, y Odell cambió su opinión. Posteriormente, surgieron nuevas teorías que elucubraban sobre una separación de los dos escaladores: uno de ellos, Mallory habría llegado a la cumbre. La primera ascensión del Segundo Escalón sucedió en 1960. Una expedición china había decidido escalar el Chomolungma a toda costa. Esta ascensión no fue creída en el ámbito alpino occidental hasta que Chris Bonington se entrevistó con el jefe de la expedición y vio los pies sin dedos de Chu Yin-hua. Para escalar la losa de 3 metros de roca vertical del Segundo Escalón, colocados sobre unos 30 m de nieve de 60 grados, Yin-hua se quitó botas y calcetines. Aun así no lo consiguió y sólo con un paso de hombros pudo superar la roca. Posteriormente, en 1975, la segunda expedición china colocó, además del trípode en la cumbre, una escalera metálica. Óscar Cadiach, el primer alpinista occidental que repitió esta mítica ruta en 1985, señaló que, aun con la escalera, la dificultad que entrañaba superar este resalte era V°. Por último, Conrad Anker, uno de los alpinistas del equipo que ha encontrado el cadáver de Mallory, se quitó el oxíeno y la mochila para escalarlo en libre por una línea fisurada, la técnica que mejor dominaban en 1924. A esa altura su fisura offwidth resultó un 6b, a nivel del mar hubiera sido un V°, ha dicho Anker. En su descripción, el Segundo Escalón es algo más grande que el de los chinos: 45 metros coronados por un muro desplomado de 7 metros. El misterio ha continuado vivo durante todo este tiempo. Ahora, en 1999, 75 años después de la desaparición, su cadáver fue encontrado en la línea de caída del piolet de Irvine por una expedición de búsqueda.
Con él, los medios de comunicación de todo el mundo han realimentado una duda para la ficción: quién fue el primero ¿Mallory en 1924 o Hillary en 1953? Quizá al protagonista de 1921, 1922 y 1924 le diera tiempo a reconocer lo que hoy parece evidente y esté escrito entre los papeles que llevaba consigo el último día de su existencia en este mundo, o quizá no, pero los buscadores del tesoro sólo lo darán a conocer en el libro que van a publicar con la mismísima BBC. Entonces, tal vez, toda la energía que el mítico Mallory y aquellas expediciones dejaron en la montaña viaje al futuro sin que el peso de ningún enigma impida ver su extraordinaria dimensión.
PUNTO
DE VISTA: Reinhold Messner Durante treinta años siempre soñé con ello: Mallory alcanza la cumbre del Everest, sube y pierde la vida en el descenso. Desde que en 1949 mi madre me leyó la historia de Mallory e Irvine, a la luz de una lámpara de petróleo en un refugio de montaña en Gschmagenhart en Dolomitas, me persiguen estos héroes en sueños diurnos y nocturnos ascendiendo más alto hacia ninguna parte, de donde nunca más regresarían. Retrato
Mallory Cuando
el equipo de búsqueda dirigido por el escalador americano Eric
Simonsen notifica el 1 de mayo de 1999 que han "identificado el
cadáver de Mallory sin lugar a dudas", todo el mundo piensa
que la incógnita ha sido resuelta. El congelado pionero yacía
boca abajo entre las rocas, con la espalda descubierta, blanco como
la cera, con la cuerda todavía alrededor de su torso. Pero
la incógnita prevalece. Resolverlo a medias no es nada, aunque
todos quieran saber con "casi absoluta certeza" que Mallory
llegó al punto más alto y después se cayó.
No, la historia de la escalada no debe ser cambiada por ahora. La sospecha
de que los caballeros ingleses habían llegado a la cima del techo
del mundo en 1924 no se ha hecho más evidente con este encuentro,
sino que ha perdido fuerza. Sólo si hubiera fotos del lugar más
alto de la Tierra en la Cámara Kodak de estos antiguos pioneros,
existirían pruebas de lo imposible. Aun así la ascensión
de Mallory es un gran logro de los principios de la escalada de altitud. Hoy en día se pueden contratar estas ascensiones en las agencias de viajes. Mallory, en cambio, ascendió hacia lo desconocido. Fanática, infantil y británicamente buscaba el triunfo en el Everest a cualquier precio. ¿Por qué? "Porque estaba ahí". La
noche antes de la salida Mallory e Irvine debieron estar preparando
los aparatos de oxígeno. Por la mañana a las cinco salen
de su tienda: buen tiempo, poco viento. El peso de los aparatos de oxígeno:
17 kilos. A las 12,50h Noel Odell avista al equipo de cumbre a través
de un agujero entre las nubes. Estarían en el Primer Escalón.
Después está el Segundo, a 8.600 metros de altura, casi
vertical, muy expuesto. No sólo todas las expediciones británicas
de antes de la guerra se atascaron aquí, sino que en 1975 los
chinos subieron a este muro largas escaleras de aluminio, y con clavos
las fijaron. Esta y todas las expediciones posteriores utilizaron estas
ayudas de escalada y repusieron las viejas cuerdas fijas por las suyas
nuevas. El Segundo Escalón hasta el día de hoy no había
sido escalado en libre por nadie. ¿Cómo pudo Mallory haberlo
logrado con sus botas de clavos y 20 kilos de peso a la espalda? Por
cierto, al Segundo Escalón los ingleses llegaron tarde, demasiado
tarde. Hasta la cima desde ahí no hay dos o tres horas, sino
una eternidad. Todo
apunta a una caída. Seguramente también se acabó
el oxígeno. Y quien camina demasiado tiempo por la zona de la
muerte, y Mallory estuvo mucho tiempo allí arriba, se siente
como después de la anestesia, como si tuviera algodón
en el cerebro y parálisis en los músculos.
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