Por
Carlos Eduardo González – De la redacción de Alpinismonline
¿Qué
sería del Nanga Parbat sin Hermann Buhl? Nunca lo sabremos. Tal vez ese
instinto de asesina hubiese perdurado algún tiempo mas. Pero bueno, existió
finalmente Hermann y eso es lo importante. Fue como que la aparición
de Hermann Buhl significó un freno a la desmedida y sedienta inquietud
por obtener mas vidas, implantada en la mente del gran monstruo. El Nanga fue
como una obligación para Hermann.
"Nací
en Innsbruck. Las montañas se asomaban a mi cuna. El amor por ellas lo
habré heredado, porque mi padre era montañero entusiasta, y mi
madre procedía de Val Gardena, el Grödnertal, o sea, el corazón
de las Dolomitas."
Alla, a
lo lejos en sus humildes comienzos alpinos, en su Insbruck natal, cuando comprendió
a las claras que la montaña era su destino. Un Hermann auténtico,
que tomaba las sogas para tender la ropa para el modesto objetivo de encordarse.
¿Quien
hubiese en ese momento dado algo por Hermann Buhl? Ese muchacho flacucho, con
un aspecto físico muy poco propicio para la montaña que con el
correr de los años soprendería a quienes de a poco iban conociendolo.
En fin, convengamos que era la esencia del montañista lo que corría
por sus venas, lo que lo elevaba hacia la cumbre. Donde cada arista somital
que se le presentaba significaba un nuevo objetivo a vencer.
"La
gente que se compadecía de mí por mi aspecto enclenque, o que
no acababa de tomarme en serio, no tenía razón. Yo no era flojo.
No para la montaña. Yo andaba y retozaba, trepaba y corría, monte
arriba y monte abajo. Las subidas me parecían fáciles. Y cuando
en algún sitio, entre cascajo y nieve, emergía roca pelada, metía
yo las botas de marcha en la mochililla, y escalaba la peña con calcetines
de lana."
Hasta que
llegó finalmente el Nanga. Convergiendo en aquella madrugada del 3 de
Julio de 1953, con la impertinente desobediencia del propio Hermann cuando solo
faltaban mil trescientos metros para la cumbre. (tómese el solo faltaban
como de quien escribe, muy cómodo a nivel del mar). Qué habrá
pasado en ese momento por la cabeza de Hermann. Fácil de descubrir. Allá
está la cima y allí voy yo y no existe orden alguna que pueda
hacerme retroceder en esta instancia. Y fueron entonces mil trescientos metros,
y en solitario hacia un objetivo que nadie había conseguido hasta ese
momento.
Las siete
de la tarde, del 3 de Julio. Esa, sin saberlo todavía, era la fecha y
hora del objetivo cumplido.
"Avanzo
a saltos, sin pensar en el objetivo, y cuando la cumbre se perfila ente mis
ojos, me pregunto cómo podré llegar hasta allí. A las seis
de la tarde estoy en el espolón, a unos ocho mil metros. Las fuerzas
se me acaban. Como montañero, se que debo proseguir hasta el último
fin, hasta arriba de todo, pero no se si este sentimiento puede aplicarse particularmente
al Nanga Parbat …Un amontonamiento de rocas lleva hasta la cumbre, que está
a cien metros por encima de mí. Abandono mis bastones de esquí,
incapaz ya de andar, avanzo a gatas. Repentinamente baja el suelo a mi alrededor…
Estoy en la cumbre."
Bien, ¿Querían
pruebas? … Hermann se autoretrata en la cumbre y clava su piolet de madera
en ella, si, el mismo piolet que fuera encontrado como prueba fehaciente de
su hazaña a diez metros de la cumbre cuarenta y seis años después.
Y ahora
… ¿qué sigue? También la primera del Broad Peak. Seguro
… como no mencionarla. Pero, permiso, me voy al Chogolisa. Y si, inevitablemente
al Chogolisa. Con la ayuda de Kurt Diemberger, otro pequeño (para entonces)
monstruo, que lo contemplaba con respeto y tal vez excesiva adoración.
Cuando silenciosamente realizaba vaya a saber qué anotaciones en su cuaderno.
Y miraba la cima. Alla lejos todavía ante un implacable ambiente de tempestad
ineludible que se clavaba como profundas y penetrantes agujas de hielo en el
rostro, en la interminable espera de una propicia ventana de buen tiempo.
Dos pequeños
grandes hombres en busca de un objetivo común:la primera al Chogolisa.
Aquella que nunca llegaría para ellos, simplemente porque existió
el 27 de Junio de 1957, último día en la vida de Hermann Buhl.
Un día claro, con un cielo perfecto y una atmósfera propicia para
una cumbre, con un objetivo que a esa altura parecía "entregado".
Claro, ya había sucedido lo mismo unas décadas atrás, y
a solo ciento cincuenta metros de la cumbre la novia dijo: "no". Pero
eso no parecía por lo pronto estar en los planes del Chogolisa, aquella
mañana de ensueño.
"Estamos
a 7.150 metros. La Cima de la Arista también sirve de perfecto observatorio
del Chogolisa, que se yergue directamente ante nosotros: una rampa de nieve,
un costillar que no parece presentar grandes dificultades, un salto escarpado
pero no imposible y por fin la cumbre, con el farallón de la cúspide
final. ¡Pasaremos por la izquierda! La victoria será nuestra. Más
hete aquí la primera sorpresa de la jornada. Entre nuestra posición
y el collado hay largas y afiladas espadas de hielo. Nos aseguramos con cuerda
doble y con extrema precaución empezamos la travesía, manteniéndonos
bajos, a menudo al borde del vacío."
Las palabras
de Kurt Diemberger parecen alentadoras e igualmente amenazantes. Pero la cumbre
está allí, pareciera que al alcance de sus manos.
"-¡Éste
es el día más bonito desde que estoy de expedición! -exclama
Hermann radiante-. Es exactamente como lo había soñado. Subir
una montaña tan alta desde su base de una sentada. ¡Así
es como hay que hacerlo! "
Son las
nueve de la mañana y un pronóstico muy optimista por la cota alcanzada.
Si, la novia parece vestida para la ocasión. Pero esa aparente dócil
virginidad es digna del máximo respeto. Y Hermann, como el gran conquistador
de "novias" lo sabe y conoce a la perfección. No se deja llevar
por la euforia que parece trasmitir sus propias palabras. Un paso mas, y otro
y otro, van acortando el camino hacia la gema tan preciada. Un día con
un sol ardiente pocas veces visto, resplandeciendo en el suave reposo de la
nieve que lo proyecta hacia donde uno pueda imaginarse. Y paso tras paso la
apacible benevolencia de la montaña empieza a cambiar. El viento ahora
aulla y se profundiza punzante sobre sus rostros. Ahora este viento hasta aquí
ausente ha manifestado su presencia y se vuelca a tempestad. Son siete mil trescientos
los metros alcanzados cuando definitivamente la novia, como en aquella oportunidad
varias décadas atrás, vuelve a decir que no. Y así, la
arista somital se escapa, con su fantasmagórica figura de novia arrebatada
en el último instante. Se va, vaya saber uno a dónde, con su perfil
inalcanzable.
Y ahora,
es nuevamente paso tras paso, pesado, en un ambiente de visibilidad nula, con
la muerte que acompaña cada ráfaga, con una cornisa amenazante
y un sendero desdibujado cada vez mas estremecedor. Con un Kurt por delante
y un Hermann perplejo pero bien consciente de la nueva situación, detras.
Y de pronto
Hermann que ya no está. Y un bloque de hielo que el propio Kurt había
bordeado pocos segundos antes, que tampoco estaba. Se fue con Hermann, quizás
en busca de otra novia.
"¿Y
por qué, me pregunto ahora, en aquel punto no nos encordamos? … No
lo sé. Lo que sé es que, aunque hubiéramos ido encordados,
yo no estaba en condiciones de aguantar a Hermann cuando se hundió con
la cornisa. … De repente estoy solo. El hecho de que, tras la caída
de Hermann en la pared norte, yo lograra descender, es algo milagroso en mi
opinión. Hermann había desaparecido, quizás se encontrara
500 metros más abajo, bajo la avalancha que él había desencadenado"
Y ahora,
intentar el regreso. Un regreso en apariencia imposible, con la cada vez mas
profunda invitación de la muerte. Pero no, ese no era el día para
Kurt. El Chogolisa ya debía estar satisfecho. Ya se había llevado
un botin muy valioso.
"De
pronto oigo una voz. Me detengo; silencio absoluto. Echo a andar de nuevo y
otra vez suena la voz. " ¡Hermann!", grito, pero no hay respuesta.
Entonces me doy cuenta de que es un mosquetón colgado del macuto que
al andar se balancea. Sin embargo yo advierto la presencia de Hermann como si
se moviera a mi lado."
Y fue quizas
el propio espíritu de Hermann quien guió a Kurt Diemberger en
su camino de regreso a la vida, como dijimos, paso a paso y metro a metro, tanteando
hasta con las manos una huella que la propia tempestad había arrebatado.
Ese espíritu que aún ronda por los confines del Chogolisa, aquél
sietemil que se robó la vida del gran conquistador de ochomiles. Aquél
sietemil que impulsó a Hermann Buhl hacia la conquista de la mas alta
de las cumbres, esa que unos cuantos consiguen … esa que solo puede alcanzarse
una sola vez.
Fuentes bibliográficas:
Karl Herrligkoffer.
Victoria en el Nanga Parbat. Editorial Juventud, Barcelona, 1954.
192 páginas. s/ISBN
Hermann Buhl. Del Tirol al Nanga Parbat. Ediciones Desnivel, Madrid
2001. ISBN: 849576024X. ISBN-13: 9788495760241
Kurt Diemberger. El séptimo sentido. Ediciones Desnivel.
ISBN: 978-84-9829-070
