Por
Carlos Eduardo González / De la redacción de Alpinismonline
El
austríaco Christian Stangl declaraba en el día de hoy: "»lamentablemente
esto es ahora oficial. Un italiano herido que está en estos momentos regresando
al campamento base. Arriba no hay ya más supervivientes».
Un
intento de rescatar al italiano con un helicóptero del ejército paquistaní,
fracasó debido a que no pudo volar a tanta altura, por lo cual el alpinista
lesionado sólo puede bajar a pie, acompañado de tres hombres, añadió.
«Los
ánimos en la base están por los suelos. Cada equipo tiene uno o dos muertos.
Actualmente se encuentran aquí entre 20 a 25 alpinistas, prácticamente
todos se disponen a partir»,
Todo
se había iniciado el sábado último, aproximadamente
a medianoche del viernes aquí en Argentina, cuando un grupo de
montañistas de distintas nacionalidades y expediciones, emprendía
el descenso en el K2, la segunda montaña mas alta del mundo. En
ese instante, el desprendimiento de un gran bloque de hielo, provoca el
rompimiento de las cuerdas fijas sobre las que estaban desplazádose.
Luego, el desastre.
En
este momento, ya finalizado el lunes en Pakistán, la cifra oficial
asciende a 12 muertos, habiéndose sumado a esta, un par de rescatistas
que dieron sus vidas en busca de sus compañeros perdidos, tal lo
que informaba en el día de ayer el blog de Lina Quesada: "Un
porter pakistaní y un sherpa han entregado sus vidas en las labores de
rescate a los alpinistas afectados por la caída de un bloque de hielo
cerca de la cumbre del K2. Se desconocen sus nombres pero su valor y su
altruísmo deben ser reconocidos y admirados. Con ellos se eleva a nueve
la cifra de muertos por esta tragedia en el Karakorum, donde todavía quedan
algunos desaparecidos de los que no se tiene ninguna noticia, según la
lista de fallecidos que proporciona Everestnews.com"
La
semana pasada, en Alpinismonline, mas precisamente el jueves 31, publicabamos
una nota donde informábamos que varias expediciones estaban buscando
la cumbre durante ese mismo día, entre ellos hacíamos alusión
a Marco Confortola (Ver nota). Pues
bien, Marco -ya se ha confirmado por su propio blog-, se encuentra bien
y descendiendo desde el C2, aunque con algunas posibles congelaciones.
Por
su lado, en una nota publicada el día de hoy por Antonio Merino,
en elmundo.es, tras una entrevista al alpinista Antonio Zerain, quien
hizo cumbre en el K2 el viernes, el día previo a la tragedia, éste
decía: «Todo el mundo que hizo cumbre después de mí o ha muerto
o ha sufrido congelaciones».
«Estoy en un mar de nubes, porque no te puedes creer que yo haga la ascensión,
duerma en el campo III de vuelta, y al día siguiente, a las dos del mediodía,
esté en el campo base», señala el español desde el blog de la expedición.
En
efecto, Zerain protagonizó una ascensión meteórica, lo que dice mucho
de su excepcional estado de forma física, capacidad de adaptación a la
altura y maestría a la hora de moverse por un terreno tan complicado y
peligroso como es la parte alta del K-2. Todo ello fue en definitiva lo
que le ha permitido subir y bajar de la montaña sin problemas, mientras
que el resto de montañeros que subían al mismo tiempo que él, sin duda
lastrados por unas condiciones menos óptimas, sufrieron dudas y retrasos
que fueron la causa desencadenante de la tragedia. Pero eso sólo fue el
desencadenante de la tragedia.
La
campaña empezó mucho antes: el pasado lunes 28 de julio, cuando, aprovechando
un prolongado periodo de buen tiempo, Alberto Zerain, emprendió la ascensión
de la montaña asesina. Como la mayor parte de los aspirantes a cima concentrados
en el campamento base, atacó el espolón de los Abruzzos, primera ruta
por la que pudo acceder a la cumbre una expedición nacional italiana hace
55 años ya. El sábado 2 de agosto, cuando Zerain ya se encontraba en el
campamento base, esparcidos por la parte alta de la montaña, una docena
larga de montañeros luchaba por no despeñarse en la bajada.
Son
muchas las voces que se han alzado contra esta manera de entender el alpinismo,
que ya ha llegado a una montaña tan peligrosa como el K-2. Reinhold Messner
ha criticado este alpinismo comercial que califica como «turismo de altura»
y «fenómeno mercantil». Según el italiano, primero en subir a los 14 ochomiles,
«la mayoría de los alpinistas que quieren escalarla no tienen capacidad
de hacerlo. Por eso se producen las tragedias».
Fuentes:
- elmundo.es
- montagna.tv
- everestnews.com
- marcoconfotola.it
- agencia
EFE - Blog
de Lina Quesada

HISTÓRIA
FATÍDICA DEL K2: LA TRAGEDIA DE 1986.
En
el corazón de la cordillera del Karakórum, en el norte de Pakistán, en
tierra disputada por muchos países y frontera entre culturas, se alza
un macizo, una tierra elevada a más de 5000 metros, de la que surgen algunas
de las montañas más altas del planeta. En el centro, se abre paso entre
la montañas un glaciar, el Baltoro, que recoge los hielos de los glaciares
de la zona, algunos de ellos surgidos al pie de algunas de estas montañas.
La zona acoge a 6 de las 17 montañas más altas del mundo, y de ellas una
destaca especialmente, el K2, que con sus 8.611 msnm es poco más de 200
metros más bajo que el monte Everest. Su arquitectura afilada y su forma
de pirámide, con caras relativamente planas y aristas afiladas, hacen
de él una montaña muy impactante. A la vez, es una montaña muy difícil
de escalar: el K2 tiene un porcentaje de fracasos muy alto; hasta el año
2004, fallaron 44 intentos de escalada por 45 terminados con éxito. Es,
a la vez, una montaña muy peligrosa por su dificultad técnica, mayor que
la del monte Everest, y por su climatología cambiante, que se ha cobrado
muchas vidas (al menos 56, hasta 2004). En junio de 1986, el gobierno
de Pakistán otorgó numerosos permisos de escalada, y a principio de junio,
150 tiendas estaban instaladas a los pies de la montaña, pertenecientes
a expediciones de 10 naciones. Algunos de los escaladores reunidos allí
eran montañeros muy conocidos y respetados en el mundo de la montaña.
Al final del verano 27 escaladores habían conseguido llegar a la cima,
pero, desgraciadamente, el número de muertes fue también muy alto; 13
personas murieron en esa temporada, lo que significa que uno de cada tres
montañeros murió en el intento. Ello hizo reflexionar al mundo del montañismo,
que se preguntaba si se estaban corriendo cada vez más riesgos.
John
Smolich, la expedición americana
El
premio más codiciado sobre K2 en el verano de 1986 era su pilar sur, no
escalado todavía y «un último gran problema», que Reinhold Messner había
apodado «La Línea Mágica»; la arista suroeste, que se remonta más de dos
kilómetros desde la base y que requiere una escalada más empinada, técnica
y difícil, sin parecido en todo el Himalaya. A principios del verano había
cuatro equipos intentando la subida al K2 por la «línea mágica». En uno
de estos equipos, el 21 de junio, dos estadounidenses, John Smolich, de
35 años, de Oregón, y Alan Pennignton, estaban escalando una garganta
en la base de la ruta cuando un trozo de roca del tamaño de un camión
se desprendió y provocó una avalancha masiva que arrastró a los dos hombres
en segundos. Algunos escaladores que presenciaron el suceso pudieron desenterrar
rápidamente a Pennington, pero no lo suficiente como para salvar su vida.
El cuerpo de Smolich, sepultado bajo toneladas de fragmentos de la avalancha,
nunca fue encontrado
Maurice
y Liliana Barrard, expedición franco-polaca
Los
miembros restantes de la expedición decidieron abandonar y retornar a
casa. Otras expediciones, en cambio, continuaron. De hecho, el 23 de junio,
dos alpinistas españoles, Mari Abrego y Josefa Casimiro, y cuatro alpinistas
de una expedición franco-polaca, Maurice y Lilliane Barrard, Wanda Rutkiewicz
y Michel Parmentier, alcanzaron la cima del K2 vía la ruta más fácil,
el espolón de los Abruzos. Wanda y Liliana se convirtieron en las primeras
mujeres, por ese orden, en alcanzar la cima del K2. La escalada se realizó
sin utilizar oxígeno. Los seis escaladores no tuvieron tiempo de volver
al campo alto, y fueron sorprendidos por la oscuridad y obligados a dormir
en vivac en uno de los flancos de la montaña, a alta cota. Al día siguiente,
el tiempo había empeorado, dando paso una tormenta peligrosa. Durante
el descenso, los Barrard, montañeros experimentados con varios ochomiles
en su haber, resbalaron y cayeron por la pendiente, y no volvieron a aparecer.
Parmentier supuso que habían sido arrastrados por una avalancha, pero
aún así decidió esperarlos en el campo alto mientras que Rutkiewitz y
los dos españoles, que estaban en mal estado, con congelaciones en la
nariz y los dedos, continuaron hacia el campo base. El cadáver de Lilliane
fue visto al pie de la montaña, a 3000 metros de la cima, por Kurt Diemberger
y Jullie Tullis, cuando comenzaban el ascenso tres semanas más tarde.
Esa noche el tiempo empeoró, y al amanecer del día siguiente había una
densa niebla y vientos muy fuertes. Parmentier habló por radio con el
campo base y comenzó a descender con la ayuda de las cuerdas fijas, pero
sin poder ver las pisadas de sus compañeros, que habían sido cubiertas
por la nieve. Pronto se encontró perdido en la repisa sur del K2, a una
altura de 8.000 msnm, una zona ancha y sin signos en la montaña que guíen
el camino. Desde el campo base intentaban guiarle a través de la radio,
mientras Parmentier comentaba que sólo veía un gran vacío. «Pude oír el
cansancio y la desesperación de su voz mientras daba vueltas intentando
encontrar el camino», comentó Alan Burgess, un miembro de la expedición
británica que intentaba la arista noroeste. «Finalmente, Parmentier encontró
un bloque de hielo con manchas de orina en él, lo que sirvió para situarle
y poderle guiar hacia abajo el resto del trayecto. Tuvo mucha suerte».
El 5 de julio, cuatro italianos, un checo, dos suizos y un francés, Benoit
Chamoux, alcanzaron la cima por el espolón de los Abruzos. La ascensión
de Chamoux fue un hazaña atlética muy destacable, ya que la realizó en
una ascensión ininterrumpida de solo 24 horas desde el campo base, y teniendo
en cuenta que dos semanas antes había ascendido el Broad Peak (8000 metros)
en sólo 17 horas.
Tadeusz
Piotrowski, Expedición Polaca
La
auténtica acción estaba en la cara sur del K2: 3 km de hielo vertical
expuesto a las avalanchas y con glaciares colgantes, delimitada por el
Espolón de los Abruzos a la izquierda y por la Línea Mágica a la derecha.
El 4 de julio, dos polacos, Jerzy Kukuczka, de 38 años, y Tadeusz Piotrowski,
de 46, comenzaron la escalar por el centro de esta cara virgen, utilizando
un equipo ligero y estilo muy purista, e intentando llevar el alpinismo
a un nuevo nivel. Kukuczka era el perseguidor del título no oficial de
Messner, mejor escalador en altura. Cuando llegó al K2 seguía de cerca
a Messner en su carrera particular por conseguir los 14 ochomiles. En
ese momento había conseguido 10, un logro impresionante, no solo técnico,
teniendo en cuenta el poder adquisitivo del zloty polaco en ese momento.
Justo antes de la puesta del sol, el 8 de julio, después de una escalada
muy técnica y cuatro noches de vivac (las dos últimas sin agua y comida
y sin utilizar el saco de dormir), Kukuczka y Piotrowski alcanzaron la
cima en medio de una tormenta. Inmediatamente, comenzaron a descender
por la vía de los Abruzos. Dos días más tarde, todavía en la bajada, totalmente
exhaustos e intentado continuar su camino en la tormenta sin utilizar
cuerdas fijas, Piotrowski, que no había sido capaz de ajustarse correctamente
los crampones esa mañana debido a los dedos adormecidos por el frío, perdió
un crampón; mientras intentaba asegurarse perdió el otro y se precipitó
por la pendiente. Kukuczka sólo pudo contemplar cómo su compañero desaparecía
entre las nubes. A pesar de la tragedia, Kukuczka llegó al campo base
y partió inmediatamente hacia Nepal, para continuar con el duodécimo de
los ochomiles e intentar superar a Messner en la carrera. El intento resultó
ser finalmente infructuoso, ya que Messner consiguió sus dos últimos ochomiles
al final del otoño (el Makalu y el Lhotse), y se adjudicó el título de
los 14 ochomiles.
Renato
Casarotto
Poco
después de que Kukuczka regresara al campamento base para contar el terrible
relato de las muertes ocurridas, el conocido escalador italiano Renato
Casarotto, de 38 años, se embarcó en su tercer intento aquel verano para
escalar la Línea Mágica. Ésta iba a ser, había prometido a su esposa,
Goretta, «la última vez.» Aunque Casarotto había conseguido la fama mediante
subidas en solitario, abriendo nuevas y difíciles rutas en el Fitzroy,
el Monte McKinley, y otros picos importantes de Sudamérica y los Alpes,
era, paradójicamente, un escalador muy cauteloso y calculador. El 16 de
julio, a unos 300 metros de la cumbre y no gustándole cómo se estaba poniendo
el tiempo, abandonó prudentemente su intento y bajó la arista sur hasta
llegar al glaciar en la base, camino del campo base. Cuando Casarotto
se abría paso en la recta final del glaciar, antes del campamento de base,
escaladores del campamento, que miraban a través de binoculares, lo vieron
pararse al borde de una grieta y prepararse para saltarla. Horriblemente,
contemplaron cómo cedía el borde de la grieta y desaparecía. Casarotto
pidió ayuda con el walkie-talkie y un equipo de rescate trabajó toda la
noche para alzarle desde 40 metros de profundidad, en el fondo de la grieta.
Ya en la superficie, Casarotto dio unos pasos, se recostó sobre su mochila
y murió.
La
expedición coreana
La
única expedición al K2 que no intentaba hacer ningún esfuerzo para ajustarse
a la ética Messneriana era un equipo enorme, patrocinado a nivel nacional
por Corea del Sur. Efectivamente, a los coreanos les eran indiferentes
las técnicas utilizadas, siempre que les llevaran a la cima y les devolvieran
sanos y salvos. Con ese fin, contrataron a 450 porteadores para llevar
una ingente cantidad de material al campo base, y posteriormente construir
una enorme cadena de cuerdas fijas y campamentos que les permitieran alcanzar
la cima por el Espolón de los Abruzos. En la tarde del día 3 de agosto,
con un tiempo perfecto, tres coreanos alcanzaron la cumbre utilizando
oxígeno. Después de empezar el descenso, fueron adelantados por dos polacos
y un checo, exhaustos, quienes, en estilo alpino y sin utilizar oxígeno,
acababan de conseguir la primera subida de la codiciada «línea mágica».
Cuando ambos grupos descendieron juntos en la noche, el famosos escalador
polaco Wojciech Wroz, con la conciencia embotada por la hipoxia y la fatiga,
se soltó al final de una cuerda fija y cayó, en lo que constituía la séptima
baja de la estación. El día siguiente, Muhammed Ali, un maletero paquistaní,
que transportaba cargas cerca de la base de la montaña, se convirtió en
la victima número ocho, después de que le golpeara una roca desprendida.
La mayor parte de los europeos y los estadounidenses en el Baltoro el
último verano, habían menospreciado los métodos pesados y anticuados por
los que los coreanos se abrieron paso hasta la cima por el spolón de los
Abruzos. Pero cuando la estación transcurría y la montaña prevalecía,
varios de ellos no dudaron en usar las escaleras de mano, las cuerdas
fijas y las tiendas que los coreanos habían levantado. Siete montañeros,
cinco hombres y dos mujeres, de Polonia, Austria y Reino Unido, sucumbieron
a esta tentación después de que sus expediciones originales abandonaran
el intento, y decidieron reunirse y unir fuerzas en la ruta de los Abruzos.
Cuando los coreanos estaban preparando el asalto final, el grupo ascendía
en dirección a su campamento. De hecho, los siete alcanzaron el campamento
IV, a 26.250 pies de altitud, el día antes del intento coreano. Mientras
los coreanos ascendían hasta la cima con un tiempo perfecto, el grupo
austro-anglo-polaco, decidió permanecer en la tienda y esperar al día
siguiente para intentar el ascenso final. Las razones para esta espera
no están claras, pero, en cualquier caso, el equipo comenzó la ascensión
en la mañana del día 4, cuando el tiempo estaba a punto de cambiar. «Había
grandes cantidades de nubes llegando inesperadamente desde el sur, y era
obvio que el mal tiempo estaba llegando», comentaba Jim Curran, un escalador
británico y cineasta de la fallida expedición británica de la arista noroeste,
que se encontraba en ese momento en el campamento base. «Todo el mundo
debía ser consciente de que estaban corriendo un gran riesgo al seguir
hasta la cima, pero creo que cuando la cima del K2 está a tiro es normal
inclinarse por correr más riesgo».
El
grupo austro-anglo-polaco
Alan
Rouse, de 34 años, uno de los escaladores con más talento de Inglaterra,
y Dobroslawa Wolf, de 30 años, polaca, fueron los primeros en marchar
hacia la cima en la mañana del día 4; pero Wolf se agotó rápidamente y
se fue quedando atrás. Rouse continuó abriendo la traza durante todo el
día, en un trabajo extenuante, hasta que a las 15:30 fue alcanzado por
los austriacos Willi Bauer, de 44 años, y Alfred Imitzer, 40. A las 16:00,
los tres hombres alcanzaron la cima, con lo que Rouse se convirtió en
el primer inglés en alcanzar la cima del K2.
Durante
el descenso se encontraron con Wolf, a unos 200 metros de la cima durmiendo
en la nieve, y, después de una discusión acalorada, Rouse la persuadió
de que debía dar media vuelta y volver al campo base.. Poco después, el
grupo se encontró con dos más del grupo que iban ascendiendo: Kurt Diemberger,
austriaco de 54 años, escalador legendario y una celebridad en Europa
Occidental, con una larga carrera como montañero, y Jullie Tullis, inglesa
de 47. Diemberger fue compañero de escalada del muy conocido Hermann Buhl,
y había escalado anteriormente cinco ochomiles. Tullis era una protegida
y, a la vez, buena amiga de Diemberger, y aunque no tenía una gran experiencia
en el Himalaya, era muy fuerte y resuelta. En 1984 ambos habían ascendido
el Broad Peak. Alcanzar el K2 era un sueño para ambos, que les había consumido
durante años.
Debido
a la hora tan tardía y al tiempo que se iba deteriorando, Rouse, Bauer
e Imitzer intentaron convencerles de abandonar el intento y volver con
ellos. Consideraron el consejo, pero, como Diemberger dijo a los periódicos
posteriormente, «estaban convencidos de que debían continuar después de
los años de espera». A las 19:00 ambos alcanzaron la cima y, en ese momento,
la decisión parecía haber sido la correcta: habían conseguido cumplir
su sueño. Permanecieron en la cima cinco minutos y comenzaron a descender
mientras empezaba a anochecer. Casi inmediatamente después de dejar la
cumbre, Tullis, que marchaba por encima de Diemberger, se resbaló y arrastrá
a Diemberger por la cuerda que los unía. «Por una fracción de segundo»
comentó Diemberger, «pensaba que podía sujetarnos, pero entonces empezamos
a deslizarnos pendiente abajo hasta casi llegar a un precipicio de hielo
inmenso». Pero de algún modo, milagrosamente, se las arreglaron para detenerse
antes de llegar al borde del precipicio. Entonces, temiendo una nueva
caída en la oscuridad, en lugar de continuar hacia abajo decidieron pasar
la noche en un hueco en la nieve, a unos 27.000 pies de altura, a la intemperie.
Por
la mañana, la tormenta estaba sobre ellos en su apogeo. Tullis tenía congelaciones
en sus dedos y en la nariz ,y problemas con la vista, posiblemente indicando
edema cerebral. A mediodía alcanzaron el campo IV y allí encontraron a
los otros cuatro compañeros del grupo, pensando que lo peor había pasado.
Según avanzaba el día, la tormenta empeoraba; era cada vez peor, con vientos
de 160 km/h, temperaturas bajo cero y descargando una enorme cantidad
de nieve. La tienda de Diemberger y Tullis se desplomo en medio de la
tormenta, así que Diemberger se instaló en la tienda de Wolf, y Rouse
y Tullis en la de Bauer, Imitzer y Hannes Weiser, un austriaco que no
había intentado el ascenso a la cima el día antes. En algún momento de
la noche del 6 de agosto, mientras la tormenta continuaba rugiendo, el
efecto combinado del frío, la altitud y la terrible caída del día anterior
y el vivac forzado, pasaron factura a Tullis, que no consiguió superar
la noche. Por la mañana, Bauer se acercó a la tienda de Diemberger y le
comunicó la trágica noticia.
Durante
ese mismo día los seis supervivientes utilizaron la comida y el fuel que
quedaba, sin el cual no podían fundir nieve para conseguir agua para beber.
Los tres días siguientes, sin nada que comer o beber, las fuerzas les
iban abandonando, pero aún así se mantuvieron vivos aunque en un estado
lamentable. Diemberger comentó posteriormente: «era difícil distinguir
los sueños de la realidad». Por su parte, Rouse sólo hablaba de agua,
pero ya no quedaba nada. «La nieve que tratábamos de tomar estaba tan
fría que no se derretía en nuestras bocas», comentó Diemberger.
En
la mañana del 10 de agosto, después de cinco días de tormenta implacable,
la temperatura bajó a alrededor de menos 25 grados y el viento continuaba
soplando con fuerza, pero dejó de nevar y el cielo se aclaró. Aquellos
que todavía eran capaces de pensar con claridad se dieron cuenta de que
si no se movían en ese momento más adelante podrían no tener fuerza en
absoluto. Diemberger, Wolf, Imitzer, Bauer, y Weiser partieron inmediatamente.
Rouse esta en un estado semi-comatoso, así que le dejaron confortablemente
en su tienda. No había ninguna posibilidad de bajar a Rouse, sobre todo
teniendo en cuenta el lamentable estado en el que estaba todo el grupo,
y que la situación se había convertido ya en un «sálvese quien pueda».
Tras recorrer sólo unos pocos cientos de metros, Weiser e Imitzer se desplomaron
del esfuerzo de abrirse paso por la nieve, que llegaba hasta la cintura.
«Tratamos de animarlos en vano», dijo Diemberger. «Solamente Alfred reaccionó
un poco, débilmente. Murmuró que no podía ver nada». Weiser e Imitzer
se quedaron allí y el resto de grupo continuó con Bauer, abriendo camino
trabajosamente. Después de unas horas, Wolf se fue retrasando y no volvió
a aparecer.
Diemberger
cree que cayó al desatarse inadvertidamente de una de las cuerdas fijas.
El grupo, entonces, se quedó en dos. Bauer y Diemberger alcanzaron el
campamento III, a 24.000 pies, encontrándolo totalmente destruido por
una avalancha. Continuaron hacia el campo II, a 21.000 pies, donde, ya
de noche, encontraron comida, gasolina y cobijo. Al día siguiente, ya
por la noche, Bauer consiguió llegar al campo base como si fuera una aparición,
tambaleándose, medio muerto y con horribles congelaciones. Bauer, incapaz
de hablar correctamente, se las arregló para comunicar que Diemberger
todavía estaba vivo, en algún lugar de la montaña, en el camino de descenso.
Jim Curran y dos escaladores polacos partieron inmediatamente en su busca.
Lo encontraron en medio de la noche, arrastrándose, siguiendo las cuerdas
fijas en algún lugar entre el campo II y el campo base avanzado. Necesitaron
todo el día siguiente para conseguir llevarle hasta el campamento base,
el 16 de agosto, de donde Diemberger y Bauer fueron evacuados en helicóptero.
La
recuperación requirió meses de hopitalización y ambos sufrieron diversas
amputaciones de dedos de las manos y de los pies. Cuando la confusa noticia
de la tragedia alcanzó Europa se convirtió en noticia de portada, especialmente
en Inglaterra, donde el hasta entonces popular Diemberger fue denigrado
por los periódicos por haber abandonado a su muerte a Rouse en el Campamento
IV, quien en lugar de haberse apresurado a bajar el día 5 de agosto, había
esperado a Diemberger y a Tullis que volvieran sanos y salvos de su terrible
noche a la intemperie.
Curran
insistió en que dicha crítica era injustificada. Creía que Rouse y el
resto del grupo permanecieron en el campo IV, no para esperar a Tullis
y Diemberger, sino porque debían estar increíblemente cansados del día
anterior y la tormenta habría hecho sumamente difícil encontrar el camino
de bajada. Todo el mundo sabía que Michel Parmentier casi se había perdido
mientras bajaba en condiciones similares. Y cuando el descenso, finalmente,
comenzó desde el Campamento IV, no había ninguna posibilidad de que Diemberger
o Bauer consiguieran sacar de la montaña a Rouse con vida. «Ya estaban
prácticamente muertos. Era un situación inimaginablemente desesperada».
