Todo
había comenzado más o menos el 4 de marzo, conversando
con mi amigo Martín sobre la posibilidad de realizar una escalada
juntos. Él tenía unos diez días de vacaciones,
y yo me había quedado con las ganas, otra temporada más,
de realizar la ascensión de esta bella vía. ¿Alcanzaría
con diez días? Tendría que alcanzar.
El 8 de marzo estábamos con Martín (Tincho) en la terminal
de autobuses de Mendoza, con unas mochilas terriblemente pesadas. La
de Martín pesaba sus buenos 40 kilos, y la mía más
de 35 seguro; no quise pesarla para no sufrir más.
Llegamos
en autobús hasta Horcones más o menos a las 14.00 hs,
y a caminar..!
Registramos nuestro ingreso en el puesto de Guardaparques, y a seguir
la procesión.
Llegamos a Confluencia (3.100 m) y dormimos allí esa noche. Por
suerte los guardaparques (Pancho y Daniel) nos prestaron una tienda
donde dormir y no tuvimos que armar la carpa, y al otro día a
continuar la dura marcha. Llegamos a Plaza de Mulas como a las 21:00
hs, completamente exhaustos.
Originalmente pensábamos estar un día en Plaza de Mulas
(4.250 m), luego subir a Nido de Cóndores (5.400 m) estar un
día, de allí a Berlín (5.900 m) y de allí
cruzarnos a la vertiente Este del Aconcagua y empalmar allí el
glaciar. Pero comenzamos cambiando nuestra estrategia. Estábamos
muy cansados, yo diría que destruidos. Entonces decidimos permanecer
dos días más en el campamento de Plaza de Mulas, y después
irnos para arriba.
Pero los días de descanso son como los primeros amores, o el
aguinaldo: duran demasiado poco. Y otra vez estoy re-montando estas
pendientes del carajo, como toda la temporada, como todos lo veranos,
desde, ya no se hace cuánto.
Bueno,
llegamos a Nido de Cóndores un 12 de marzo, y más bien
parecía "nido de nubes", porque cóndores no
se veían, pero nubes y viento, a granel. Comemos, bebemos y dormimos
como reyes. Estamos de "okupas" en el refugio de los guardaparques,
y en estos momentos ni el Hyatt nos resultaría mejor. Es como
yo le digo al Tincho cuando me pongo en filósofo: "Cuando
uno no tiene nada, la felicidad puede estar en una taza de café
caliente; cuando uno tiene todo, parece que nada te alcanza, que nada
podría hacerte feliz."
Una alegría adicional fue que hallamos un lugar de donde pudimos
usar el teléfono que traíamos con nosotros, y llamamos
a nuestros seres queridos llevándoles un poco de tranquilidad.
Y antes de caer en la cuenta ya era sábado 13 y estábamos
subiendo como mulas, otra vez, ahora hacia Berlín, nuestro campamento
2.
Llegamos a esa especie de casita de perro con vocación de refugio
que han dado en llamar Refugio Plantamura, en honor al primer criollo
que hizo cumbre en el Centinela de Piedra, hace de esto ya una punta
de años. Nos tomamos unos capuchinos con bizcochos, cenamos un
puré de papas, y a dormir. Yo no tengo problemas para descansar;
tanto trabajo duro en la temporada con varias expediciones comerciales
durante los últimos tres meses me han aportado la aclimatación
necesaria. Martín lleva la situación un poco mas sufrida;
no hace nada de altura desde hace más de siete meses. Pero el
pibe es un montañés, y no sólo que no se queja
sino que trabaja igual o más que yo, buscando nieve, haciendo
agua o cocinando. Es un buen amigo y el compañero de cordada
ideal, pese a su juventud.
Son
las 12:00 de la noche y no nos podemos dormir por la ansiedad de subir.
Tincho me dice que descansemos un poco porque mañana va a ser
un largo día. A las 03:00 de la madrugada del domingo 14 nos
despertamos, encendemos el Primus y preparamos un abundante desayuno.
Hoy es el día tantas veces soñado, hoy vamos a escalar
el glaciar, tanto tiempo pensando, proyectando… En este momento somos
como dos guerreros antes de la batalla. Cuanta ansiedad…
Salimos
con dos litros de jugo y un litro de té caliente, unos caramelos
y galletitas dulces; arneses, cascos, piquetas, cuerdas, mosquetones,
cinco tornillos de hielo, un par de estacas de nieve, una funda de vivac,
dos pares de huevos bien puestos y mucha ilusión.
Pero el Centinela no nos va a facilitar las cosas. Desde el primer momento
nos recuerda que somos un par de minúsculos intrusos en sus dominios.
Nos recibe con un viento helado, que nos va debilitando poco a poco
y adormeciendo nuestras extremidades. En Piedras Negras el sol se de-mora
mucho y el frío aumenta. Nos estamos quedando duros, ya no siento
ni mi nariz, ni los dedos de los pies… Nos metemos dentro del saco
de vivac. Aguantamos allí como una hora y comienza a aclarar.
Proseguimos la marcha, ya apartándonos de la ruta normal y adentrándonos
en la ladera Este del cerro. Abajo se adivina el lugar del campo 2 de
esa ruta, y más abajo, lejos, el sitio donde debería verse
Plaza Argentina. Nosotros francamente no alcanzamos a distinguir nada.
Después de un susto (se me desprendió un crampón
en medio de un nevero helado, con mucha pendiente; por suerte Tincho
estaba cerca y me ayudó, y el problema no paso a mayores) llegamos
al glaciar alrededor de las 09:30 hs. Se ve muy feo, no va a ser fácil.
Pensábamos que el glaciar estaría con mas nieve. Hay mucho
hielo cristal y en los lugares donde hay nieve está demasiado
blanda, inestable para asegurarnos.
Con
Tincho dijimos: "Otra vez nos toca bailar con la más fea,
pero ya estamos en el baile, así que bailemos." Y enfrentamos
el glaciar, por las bandas rocosas de la derecha, según se mira
desde Plaza Argentina, por la llamada "Ruta altoaragonés".
Al llegar a la altura del llamado "Cuello de botella" o "Embudo",
realizamos una travesía hacia nuestra izquierda, es decir hacia
el Sur, hasta acceder al comienzo de dicho cuello. Cabe destacar que
esta travesía es sobre una pendiente de unos 50° de inclinación,
en un terreno nevado, que no es de la mejor calidad, por lo que íbamos
con muchísima cautela, aunque sin encordarnos. En el Cuello Martín
toma la delantera; montamos una reunión y nos encordamos. La
pendiente ya alcanza los 70° con el agregado de que ya estamos en
un hielo que parece porcelana. A Martín comienza a golpearle
la altura, a la mitad del largo de cuerda! Por suerte se recupera y
me ametralla con proyectiles de hielo de todos los tamaños, algunos
los esquivo, otros me dan en el hombro, un brazo, la mano… Llega al
fin de la cuerda, monta otra reunión, y subo a reunirme con él
usando un jumar para ganar tiempo. El cuello llega a su fin, pero la
pendiente se mantiene. ¡Mierda! Habíamos calculado que
después de este obstáculo la pendiente decrecía.
El cuello se abre como un abanico pero la inclinación se mantiene;
esto nos va a demorar mas de lo calculado… Al llegar a esta parte,
se les suma a la altura y a la pendiente un ingrediente más:
encontramos unas depresiones en el hielo en las que se ha acumulado
abundante nieve; entonces más que escalar o caminar, vamos como
nadando. Esto ralentiza el ascenso tornándolo aún más
penoso y hasta preocupante. En un momento me entra la incertidumbre,
no encuentro una vía de salida. Por suerte mi compañero
divisa una canal de nieve dura que nos permite ascender un poco más,
en dirección a unas bandas de roca. Al fondo, hacia el poniente,
se ve el filo, el final de las dificultades, pero lejos, y aún
habremos de luchar bastante antes de llegar allí.
Llegamos
a la banda de roca tratando de encontrar una salida hacia el bendito
filo. Mi compañero comienza a explorar un angosto canal que hay
en la mitad de la banda de roca. Yo me desplazo un poco a la izquierda
pero por allí no hay paso posible. Ya estamos a más de
6.800 m y son cerca de las 20:00 hs. Llevamos 18 horas de escalada non
stop. Otros menos entrenados o no acostumbrados a un trabajo duro en
esta altitud ya hubieran pegado la vuelta. Estamos agotados, hambrientos
y deshidratados, pero seguimos la lucha como dos gladiadores contra
este gigante. Para acceder al canal que descubre Tincho hay que realizar
una travesía en dry-tooling, esto es enganchando con grampones
y piquetas las fisuritas y salientes de la roca, sin resbalar porque
seria el final de todo. Llegamos al canal, y menos mal, no es tan empinado
como parecía. A las 20.30 hs ya vemos que las reservas no nos
dan para más, y nos rendimos a la realidad: hoy no salimos del
glaciar. Quizás mañana.
¡A
buscar un lugar para el vivac, entonces! Aplanamos un lugarcito entre
dos rocas, colocamos las cuerdas, una colchoneta de neoprene (afortunadamente
traíamos una) y el saco de vivac. Para cenar, unos caramelos
y el jugo de manzana que queda en la botella. ¡Mierda! La botella
es todo un bloque de hielo! Ni pensar en dormir! Quedaríamos
congelados. Hay que relajarse, y aguantar moviéndonos, abrazados
para generar algo de calor, y la vigilia se hace larga… Esa noche
tuvimos unos – 30°. Por suerte ninguno de los dos tuvo que lamentar
congelaciones.
¡Y
por fin llega el sol! El amanecer es formidable, no se puede describir
este paisaje. Es algo impresionante ver el amanecer a esta altura, pero
el frío no nos deja sacar fotos.
Nos quedamos un rato disfrutando del agradable calorcito, muy recon-fortante.
Retomamos la escalada al medio día.
A
las 15.00 hs arribamos finalmente al filo, el fin de las dificultades
técnicas. Solo nos queda llegar a la cumbre, y el descenso por
la ruta normal. Hacemos cumbre a las 16.30 hs, y lloramos como niños.
Es una cumbre especial; los dos hacemos cumbre por primera vez. Yo porque
hago cumbre por esta vía, y Martín por que después
de tres intentos por la ruta normal, finalmente pudo coronar por este
lugar. Abajo están otras montañas, las nubes, los cóndores,
nuestra ciudad, y algunos límites que ya son historia.
Hemos descubierto una vez mas que los únicos paraísos
que valen la pena son los que se encuentran al final del infierno.
Nos
llevaría un día más llegar a Plaza de Mulas, donde
llegaríamos exhaustos, al límite, donde una pareja de
ingleses nos invitarían a cenar. Y luego una jornada completa,
con las mochilas ultra pesadas llegamos a
Puente del Inca, y nos comemos el sagrado lomo con la más rica
cerveza del mundo, finalizando así nuestra gran aventura.
fuente:
www.aconcaguaextreme.com.ar
