Cincuenta y cinco años han pasado ya desde uno de los grandes logros del alpinismo, la conquista del Everest por parte de Tenzing Norgay y Edmund Hillary. Cinco décadas y media en las que la montaña ha visto otras grandes hazañas y algunas malas «obras». En cualquier caso nunca es un mal momento para echar un vistazo atrás y rememorar las ideas y los personajes que han sentado las bases de esta pasión peligrosa, bella y necesaria que es subir hasta una cumbre y mirar desde arriba, bajo otro punto de vista, que nace y permanece a lo largo del camino.
Cada uno que rinda homenaje a su manera (buena ha sido la iniciativa de Google, que ha cambiado su logo) y que haga balance, que siempre es sano, sobre la evolución del hombre y de las montañas. Y si os ayuda, que debería, no dejéis pasar la oportunidad de volver a leer sobre una de las historias más auténticas e inspiradoras de cuantas se han sucedido en un ochomil, la conquista de la montaña más alta del planeta.
EVEREST, EN LOS DÃAS DE LA INOCENCIA
Por Sir Edmund Hillary
La historia de las ascensiones en el monte Everest ocupa una porción asombrosamente pequeña de la historia de la humanidad: tan sólo 70 años, que he visto transcurrir durante el curso de mi propia existencia. En mi opinión, George Leigh Mallory ha personificado lo mejor de la aventura de los años veinte, y sigue siendo para mí la figura más heroica a lo largo de esta saga de 70 años. Una docena de veces he leído «Camp Six», de Frank Smythe, y a medida que me fui involucrando en el montañismo, Eric Shipton se convirtió en mi héroe. Cuando escalamos el Everest en 1953, creí sinceramente que la historia había terminado. Imaginé que el hecho se registraría en las publicaciones de las asociaciones alpinas de todo el mundo pero que ahí se acabaría el asunto. ¡Cómo me equivocaba! La reacción del público y de los medios de comunicación fue mucho más lejos de cuanto, ingenuamente, yo había esperado. Todos los países, todos los clubes de montaña, todos los escaladores entusiastas querían, también ellos, poner el pie en aquella cumbre. Formidables expediciones se enfrentaron a las rutas más duras; los que simplemente deseaban llegar a la cumbre intentaron nuestra ruta de la arista sureste o la del collado norte. Pero pocos lo encontraron fácil. Incluso siguiendo las rutas más evidentes, ¡es tan largo el camino hasta la cumbre…! El tiempo es a menudo impredecible; el aire enrarecido supone un desafío constante. Nuestra ascensión de 1953 fue el punto de partida, y no el punto final. Las técnicas y el equipo desarrollados en las zonas alpinas se adaptaron para su uso en altitudes extremas. La ascensión del Everest sin oxígeno fue un nuevo paso adelante, que ha llevado los límites de la resistencia humana un poco más lejos aún. Y muchos han quedado en el camino.
Me alegro de haber escalado el Everest en los días de la inocencia, cuando todo era nuevo y suponía un reto constante, y al menos para mí la publicidad era algo que sonaba a broma. Lo siento por los escaladores de hoy, siempre en busca de algo nuevo e interesante para hacer en las montañas, algo que al mismo tiempo les proporcione la atención del público y el respeto de sus camaradas. Subir y bajar la montaña en 24 horas, una carrera hasta la cumbre… ¿qué inventarán después? Afortunadamente los tratos comerciales se olvidan pronto y las más recientes ascensiones del monte Everest incluyen esfuerzos magníficos y heroicos. Estoy seguro de que el futuro traerá otros más. Estas son las cosas que merece la pena recordar. Las técnicas, el equipó y la pericia de los escaladores cambian rápidamente a lo largo de las décadas, pero nada reemplaza al valor, una motivación sólida y una pizca de buena suerte. Tales cualidades separan el fracaso y el desastre de los momentos de éxito y triunfo. Naturalmente, las grandes historias del monte Everest no siempre han terminado con la feliz llegada del equipo a la cumbre. Los escaladores que más me motivaron -Mallory, Smythe, Shipton- fracasaron, pero todos ellos, en sus tentativas, apostaron muy fuerte a costa de inmensos esfuerzos. Yo he sido uno de los afortunados que han llegado a la cumbre y han podido descender sanos y salvos.
Nadie triunfa solo. En cierto sentido, todos ascendemos a hombros de esos vigorosos personajes que nos han precedido. En la propia cumbre del Everest, me sentí sorprendido de que Tenzing y yo fuéramos los afortunados. Y sin duda, el Everest fue para mí un comienzo, no el final. Quedan muchas aventuras por vivir, muchos retos a los que hacer frente. ¡Puede que sea un camino muy largo!
Sir Edmund Hillary
